ANALISIS

José Antonio Marina: «Memoria histórica»

Tal vez deberíamos distinguir entre la Historias contingentes y la Historia esencial, la que todos deberíamos conocer y no olvidar

José Antonio Marina: "Memoria histórica"
José Antonio Marina. PD

Lo publica el sabio José Antonio Marina en ‘Biografía de la Humanidad‘, bajo un epígrafe en negrita que solo dice Holograma 7 (El formidable estacazo del filósofo José Antonio Marina a esos universitarios catalanes que van a la huelga pero no quieren hacer exámenes):

En abril de 1598, Henri IV, rey de Francia, firmó en Nantes el edicto que puso fin a las guerras de religión, legalizando la libertad de conciencia. Comienza diciendo:

«La memoria de todos los acontecimientos ocurridos (…) quedará extinguida, como si esas cosas no hubieran sucedido».

Se ordena, pues, el olvido. En sentido contrario, desde los años noventa hay una corriente que propugna el «deber de recordar», para evitar traicionar a las víctimas. Primo Levi, superviviente de un campo de concentración, lo expresó dramáticamente: «Sabía que si sobrevivía, debería contarlo (…) No vivir y contar, sino vivir para contarlo».

Son dos posturas en tensión durante siglos, porque plantean gran número de problemas teóricos y prácticos. Quienes reivindican la memoria apelan a razones de justicia hacia las víctimas, o a la necesidad de aprender del pasado para que no se repitan trágicos sucesos. Los que reclaman el olvido, como hace David Rieff en «Elogio del olvido» (Debate,2017), piensan que desdichadamente la justicia no lleva siempre a la paz, y que no es evidente que el conocimiento de las atrocidades haya evitado otras atrocidades.

Nicholas Winton, que salvó a tantos niños judíos, expresaba así su pesimismo: «En realidad nunca hemos aprendido nada del pasado. Auschwitz no nos vacunó contra Pakistán oriental en 1971, ni Pakistán oriental contra Camboya bajo los jemeres rojos, ni Camboya bajo los jemeres rojos contra el poder hutu en Ruanda en 1994». No estoy de acuerdo.

Creo que es necesario «conocer» lo que pasó. Por eso mi apasionada reivindicación de la Historia, en contra de un extendido escepticismo posmoderno que piensa que no hay posibilidad de conocer objetivamente el pasado, que solo hay «relatos», «perspectivas, «interpretaciones», «discursos».

En los años noventa hubo en Francia un profundo debate sobre la Memoria y la Historia (utilizo el nombre con mayúscula para referirme a la ciencia). La pregunta crucial era: ¿Quién conoce mejor el pasado, el testigo o el historiador? Es evidente que el testigo es el único que tiene un conocimiento directo de lo sucedido, pero ¿de qué?

En «La cartuja de Parma», Stendhal cuenta la historia del joven Fabrizio del Dongo, un joven apasionado bonapartista, que se incorpora al ejercito del emperador en unas circunstancias que ahora sabemos poco propicias: cerca de un lugar llamado Waterloo. Hay mucho trajín y escándalo. Ve algunos soldados que corren, se oyen gritos y un gran estrépito en la lejanía.

Desde el carro de una cantinera, Fabrizio contempla el paso de unos caballos al galope, hombres enardecidos, la aparición divinamente efímera sobre un montecillo del emperador y su séquito, explosiones cada vez más cercanas, ruido y agitación, y por fin la presencia de la muerte en tres jinetes destrozados por la metralla. Todo el espectáculo desaparece porque un proyectil hiere al muchacho, que pierde el sentido.

Cuando se recupera, se encuentra en un tranquilo albergue. Pasan los días, Fabrizio reflexiona y – cuenta Stendhal- unas preguntas infantiles comenzaron a acosarle. Aquellos fragmentos de acciones que había visto ¿eran una batalla? ¿Se puede ver una batalla?¿Se puede ser testigo de una guerra? No. La guerra es un concepto histórico abstracto, del que millones de personas experimentan sólo un pequeño escorzo.

Historiadores, como Pierre Nora o Annette Wieviorka- se quejaban de que la experiencia de un testigo pretendiese tener una verdad «más verdadera» que la veracidad de la Historia. Jacques Le Goff, otro gran historiador, subrayó que «las ingenuas tendencias recientes parecen preferir los recuerdos, que serían más auténticos, más «verdaderos», mientras que la Historia sería artificial y, en último tiempo una manipulación de la memoria».

Es indudable que los recuerdos nos proporcionan el dramatismo de la experiencia, pero por su carácter subjetivo pueden enfrentarse a otros recuerdos encontrados. El recuerdo de las víctimas del terrorismo choca con los recuerdos de las familias de los etarras. En ese nivel, el acuerdo es imposible. Para salir del enfrentamiento de perspectivas hay que buscar la objetividad.

 

En Francia, se asignaron dos tareas al Comité d’histoire de la Seconde Guerre mondiale: salvaguardar el recuerdo de los mártires, y elaborar una Historia científica para que las generaciones futuras pudieran conocer imparcialmente lo que sucedió. Hay un «deber de recordar», pero hay, sobre todo, un «deber de conocer». Sólo así se podrán evaluar los sucesos debidamente. Por eso aparecieron en varios países, tras etapas terribles, las Comisiones de la Verdad.

En este momento político, los historiadores tienen que recuperar la confianza en la capacidad de la Historia para permitirnos conocer el pasado. Más aún, la capacidad de la Historia para comprender los comportamientos humanos. Y, por supuesto, debemos exigirles una rigurosa deontología profesional. Con demasiada frecuencia han formado parte de la «intelligenzia» al servicio del poder. Instrumentalizar la Historia es una tentación poderosa y perversa.

De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno de los historiadores. Para fomentar la identidad, o el amor patrio, muchos no han dudado en maquillar la historia, llegando incluso a las excentricidades del Institut de Nova Història catalán. Es posible, incluso, que toda construcción nacional se base en algún olvido, error, o mito. Esa fue la tesis de Ernest Renan, en su conferencia de 1882,»¿Qué es una nación?».

Oigámosle:

«El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y por eso el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad. (….) La esencia de una nación consiste en que todos los individuos tengan muchas cosas en común, y también en que todos hayan olvidado muchas cosas. Ningún ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo, visigodo; todo ciudadano francés debe haber olvidado la noche de San Bartolomé, las matanzas del Mediodía en el siglo XIII. No hay en Francia diez familias que puedan suministrar la prueba de un origen franco, e inclusive tal prueba sería esencialmente defectuosa, a consecuencia de mil cruzamientos desconocidos que puedan descomponer todos los sistemas de los genealogistas».

Los habitantes de la nación y del humanismo renanianos son «libremente desmemoriados». El fundamento de la nación «es menos metafísico que el derecho divino, y menos brutal que el pretendido derecho histórico». No está en el pasado, sino en el futuro. No se basa en la memoria, sino en la voluntad.

Lo cierto es que cuando aparece la idea de «nación», sus impulsores necesitan crear una «memoria colectiva» que aglutine a los ciudadanos en torno a ese relato canónico , y difundirlo y transmitirlo por todos los medios propagandísticos o educativos. El concepto de «memoria colectiva» fue expuesto por Maurice Halbwachs en «Les cadres sociaux de la mémoire».

La instrumentalización de la Historia en la educación ha sido estudiada en España por Mario Carretero:

«Documentos de identidad. Enseñanza de la historia y memoria colectiva en un mundo global», (Paidos, 2008). Pero la Historia es también la mejor medicina para curar esas patologías. Tzvetan Tódorov , que ha tratado estos temas con extraordinaria agudeza, escribe. «El conocimiento de la verdad histórica es el arma más eficaz para combatir a la filosofía totalitaria puesto que esta se construye siempre a partir de su voluntad de falsear los hechos».

Como señala Rieff, «la memoria histórica colectiva tal como las comunidades, los pueblos y las naciones la entienden y despliegan -la cual es siempre selectiva, casi siempre interesada y todo menos irreprochable desde el punto de vista histórico- ha conducido con demasiada frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor y al resentimiento, más que a la reconciliación».

Por eso, Avishai Margalit, en su obra «Ética del recuerdo», sostiene que deberíamos intentar tener una «memoria compartida, basada en unos mínimos morales generalmente aceptados».

Habría «pesadillas morales » que deberían permanecer en nuestra memorias colectiva, porque son ejemplos destacados del mal radical, como la esclavitud, las deportaciones masivas, el extermino en masa. Acabo de recibir el libro de Bernard Bruneteau «Génocides» (CNRS Editions, 2019), un ejemplo claro de la necesidad de mantener la memoria. Tal vez deberíamos distinguir entre las Historias contingentes y la Historia esencial, la que todos deberíamos conocer y no olvidar.

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