JERÓNIMO PÁEZ

Jerónimo Paéz: «Las tenebrosas investigaciones chinas sobre los virus»

Las autoridades chinas actuaron con absoluta opacidad y falta de transparencia y retrasaron la información a otros países

Jerónimo Paéz: "Las tenebrosas investigaciones chinas sobre los virus"

Cuando los primeros virus a finales del pasado año comenzaron a afectar a algunos ciudadanos de la macrourbe de Wuhan con unos 11 millones de habitantes, la viróloga Shi Zhengli, de 55 años, recibió una llamada de su jefe y una orden: «Deja todo lo que tengas entre manos e investiga un nuevo patógeno».

«Estuve a punto de perder la cabeza y a duras penas podía conciliar el sueño», ha dicho en una entrevista a la revista Scientific American.

«Me obsesionaba la idea de que esta peligrosa infección pudiera deberse a una fuga de mi laboratorio».

Esta llamada y sobre todo la preocupación de Shi impactó a los gobernantes chinos.

Debieron quedar anonadados tan sólo de pensar que el brote tuviera algo que ver con sus avanzadas investigaciones. Sin duda reafirmó su convicción de que no debían dar noticia alguna hasta que conocieran el informe de esta doctora, su cerebro gris en este campo.

En consecuencia, y dado cómo funcionan los regímenes políticos autoritarios, no estaban dispuestos a informar y menos a reconocer cualquier fallo que pudiera haber existido.

Desgraciadamente, algo parecido sucede hoy día en algunos países democráticos, que tratan de enmascarar sus errores e imputárselos a sus adversarios políticos.

El Gobierno chino obligó a retractarse a los doctores que habían informado del brote epidémico, entre ellos a Li Wenliang, al que posteriormente honraron cuando tuvo la desgracia de morir a primeros de febrero tras haber contraído el coronavirus.

Tanto la llamada como la respuesta de Shi Zhengli clarifican lo que estaba sucediendo. Echa por tierra la tesis de que era un virus artificial que China había creado para debilitar Occidente.

Muestra que el Gobierno chino no conocía la naturaleza del virus ni el origen de la pandemia.

Pero habían cometido el error de no informar, lo que fue un grave problema desde el principio, que se ha agravado hasta extremos insospechados, ya que este virus tiene un potencial destructivo como ningún otro anteriormente, sobre todo en materia política y económica. Políticamente, porque ha reforzado la guerra fría que enfrenta a la Republica China y los Estados Unidos; y económicamente, porque ha paralizado el mundo.

Shi Zhengli se graduó en la Universidad de Wuhan en 1987.

Recibió su maestría en el Instituto de Virología de Wuhan, Academia de Ciencias de China (CAS), en 1990, y se doctoró en la Universidad de Montpellier el año 2000.

La llaman Batwoman, la mujer murciélago, toda vez que lleva dedicada casi dos décadas, de forma rigurosa y obsesiva, al estudio de los virus.

Fascinada y obsesionada por ellos, fue la primera persona que descubrió en el año 2004 la secuencia completa del SARS. Fue entonces cuando empezó su carrera y posiblemente cuando el Gobierno chino inició el camino para convertirse en el primer país del mundo en investigación vírica y producción de materiales sanitarios.

Hoy sabemos que ha triunfado en su apuesta. Orgullosos de sí mismos, están seguros de que consiguen cuanto se proponen. No se arredran ante ninguna dificultad. Y no dudan: el fin justifica los medios.

La pasión de Shi por conocer los virus, analizarlos y conseguir vacunas es tal que cuando encuentra cuevas donde moran los murciélagos permanece en ellas junto con su equipo en condiciones realmente peligrosas, protegidos como buzos en el fondo del mar, y obtienen todo tipo de muestras de sangre, saliva y de excrementos, con el riesgo de infectarse.

Algún científico considera que la infección de un colaborador de este equipo pudo generar la pandemia. Y es que este tipo de arriesgadas investigaciones puede que aporten más perjuicios que beneficios.

Como dice William H. McNeill que revolucionó la historia cuando en la década de los 70, publicó su libro Plagas y Pueblos: «Siempre es posible que algún organismo parasitario, hasta entonces ignorado, pueda escapar de su acostumbrado nicho ecológico y exponer a las densas poblaciones humanas a una nueva y quizás devastadora mortalidad».

El escenario de pesadilla que en principio se había apoderado de la doctora Shi Zhengli terminó cuando, tras revisar frenéticamente sus propios registros de laboratorio de los últimos años, conoció los resultados:

«Ninguna de las secuencias coincidía con la de los virus que su equipo había tomado de las cuevas de murciélagos».

Ése fue el momento en que el doctor Yuan Zhiming, director del laboratorio P4, su jefe y superior, hizo la siguiente declaración:

«Es imposible que el virus venga de nuestros laboratorios, tenemos reglas muy específicas y rigurosas para evitar fugas y estamos completamente seguros de que no se han producido».

Y añadió que tampoco se había contagiado ningún investigador.

Fue entonces, a finales de enero pasado, cuando cambió la actitud del Gobierno chino y empezó a suministrar información al resto del mundo. Pero el daño estaba hecho. La pandemia se había extendido, y además agravado por la falta de previsión de muchos países que no le dieron importancia. Ahora nos encontramos, como consecuencia de ello, en un mundo que hace agua por casi todas las costuras.

El epicentro de esta tragedia se centra en Wuhan, en las investigaciones de sus laboratorios y también en los mercados de compra y venta de todo tipo de animales, que contribuyen a transmitir los virus.

Algunos científicos de reconocida valía, como Jared Diamond, conocido por su libro Armas, gérmenes y acero, ha dicho que no se entiende por qué los chinos no habían controlado y sobre todo cerrado este tipo de mercados.

Los actuales laboratorios de Wuhan, el primero de nivel de seguridad P3 y el nuevo laboratorio de seguridad P4, que sirven para el estudio de los virus, cuya tasa de mortalidad es muy elevada como el ébola, que puede llegar a matar casi al 90 % de aquellas personas que contamina, se construyeron gracias a la cooperación chino-francesa, con la participación de científicos de alto nivel radicados en Montpellier y Lyon.

Cuando los chinos superaron a sus maestros franceses, cesó la cooperación. Algunas fuentes creen que se debió también a la desafección francesa, al considerar que podían compartir información con países no alineados con Occidente.

Hoy día los chinos protegen sus investigaciones de forma secreta, que recuerda el clima que rodeó a los científicos que consolidaron el poder militar norteamericano, cuando superaron a las demás potencias y se adelantaron fabricando la bomba atómica.

Aunque parezca increíble, están mucho más avanzados que cualquier otra nación: «Cerca de dos mil tipos de virus han sido descubiertos por los investigadores chinos en los últimos doce años, mientras que el resto del mundo solamente ha descubierto unos 284 en los últimos 200 años».

El pasado día 26 de abril, el periódico Le Monde publicó un largo reportaje que tituló nada más y nada menos, que «En la jungla de los laboratorios de Wuhan», donde recogía alguna de las informaciones anteriores y analizaba aspectos que siembran todo tipo de dudas, entre ellos la opacidad y falta de transparencia con que actúa el Gobierno chino, y la posibilidad de que los controles y la eliminación de desechos que requieren este tipo de laboratorios de alta seguridad no sea todo lo rigurosa que tiene que ser.

No cuestionaba el rigor científico y la meticulosidad de Batwoman, pero decía que las fugas a veces se producen y se tiene constancia de algunas en Francia y en los Estados Unidos, a modo de ejemplo.

Añadía que, según algunos expertos, «la investigación en China es sobre todo un instrumento al servicio del poder nacional que se realiza con poca transparencia y quizás con poco respeto a la ética científica y médica», para terminar diciendo que el Quai d’Orsay «tiene la convicción de que los chinos buscan desarrollar, al igual que otros países, un programa de investigación sobre armas biológicas».

Uno piensa que si éstas eran las dudas y desconfianzas que subyacían en las mentes de los políticos franceses cuando suscribieron la cooperación científica con China, no se entiende que firmaran acuerdo alguno.

Mucho más preocupantes todavía son las actitudes de los halcones chinos y, sobre todo, de los norteamericanos que rodean a Trump, quién impulsa el enfrentamiento entre la República Popular China y los EEUU, toda vez que teme perder las próximas elecciones presidenciales debido a su fracaso ante el coronavirus.

Recientemente Gideon Rachman, reputado columnista del Financial Times, ha mostrado su preocupación de que vayamos camino de cruzar algunas líneas rojas. Esperemos que no.

Todo ello refleja un mundo pavoroso. No sabemos si una vez que consigamos vencer la pandemia y sus terribles efectos seremos capaces de recomponerlo.

En todo caso, el primer objetivo debería ser que la ciencia médica y cuanto afecte a la sanidad mundial esté al servicio de la humanidad y no de los mesianismos y ambiciones políticas.

JERÓNIMO PÁEZ

Abogado y editor

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