Santiago Abascal a Pablo Iglesias: "Matón, no mandes sicarios, ven tú"

Esto va a terminar a hostia limpia, pero son ellos los que se han buscado los escraches

La miserable ideologización del coronavirus desde La Moncloa, donde preocupa mucho más no ser barrido en las urnas que salvar vidas de españoles, está disparando el odio.

Esto va a terminar a hostia limpia, pero son ellos los que se han buscado los escraches

Se está calentando esto y va a terminar a ‘hostia limpia’, porque Pedro Sánchez es un irresponsable peligroso y se ha rodeado, empujado por su obsesión por seguir durmiendo en La Moncloa, de lo peor, más oportunista y mediocre del panorama político español.

“Matón, no mandes sicarios, ven tú«, respondió Santiago Abascal a Pablo Iglesias este 19 de mayo de 2020, cuando el vicepresidente de Sánchez amenazó con mandar a las turbas podemitas a acosar el domicilio familiar del líder de VOX.

«Hoy vienen los de derechas a la puerta de mi casa, mañana irán los de izquierdas a la de Ayuso, Abascal, Espinosa de los Monteros o Casado», soltó untuoso el de la coleta por la mañana, durante una entrevista en LaSexta de Antonio García Ferreras, con la que Podemos y sus amigos de Atresmedia contraprogramaron la rueda de prensa del Gobierno posterior al Consejo de Ministros.

Iglesias no irá a la casa de Abascal. Ni ahora, porque quedaría feo teniendo en cuenta que ya es ‘casta’, tiene mansión campestre que defender y cobra al año tres veces más que la media de los vecinos del opulento Barrio de Salamanca, a los que niega el derecho a expresarse libremente, ni nunca.

Tampoco hubiera ido en el pasado, porque escrachar a Rosa Díez en la universidad, arropado por una turba de zarrapastrosos era cosa fácil, pero presentarse ante el hogar del actual presidente de VOX, con el tamaño y la historia de combate contra facinerosos que tiene este, entraña algún riesgo.

La izquierda usa una doble vara de medir según la cual las caceroladas contra la derecha son un justo ‘jarabe democrático’.

En cambio, contra ella son actos irresponsables propios de un fascismo destructivo de las libertades.

Que les pregunte lo que opinan de esto, además de a Rosa Díez, a Sáenz de Santamaría, Cristina Cifuentes, González Pons, Álvarez de Toledo o Inés Arrimadas.

En el escaparate de LaSexta, en tono chuleta, Iglesias no se quedó en los políticos opositores durante su plácida charleta con Ferreras, sino que amenazó también a algunos periodistas a los que no citó por su nombre: «En breve, habrá gente en casas de los periodistas, esos que se han convertido en referente ideológico».

A Periodista Digital ya nos mandó un burofax firmado de puño y letra. No sabemos si pronto tendremos en la puerta manifestantes, pero durante meses sufrimos con reiteración -hasta que ajustamos las cámaras de video y enganchamos un cable eléctrico al mástil- que arrancasen de la fachada la bandera española.

No nos vamos a sumar a esa ‘apuesta segura’ de condenar los escraches –‘vengan de dónde vengan’-, a la que se apuntan bienintencionadamente la mayoría de los periodistas.

Quien siembra vientos recoge tempestades, como dice un viejo proverbio español, y Pablo Iglesias y sus colegas del PSOE no han cesado de desparramar odio.

Las declaraciones de varios ministros, de sus terminales mediáticas y de los periodistas de la Brunete Pedrete delatan la piel tan fina que tiene la izquierda cuando los ciudadanos se quejan y apuntan como culpables a PSOE o Podemos.

Es importante reseñar que estallaron las primeras protestas espontáneas contra el Gobierno socialcomunista, que se han extendido ya por buena parte de España, comenzaron en el Barrio de Salamanca de Madrid, pocas horas después de que Iglesias, durante la sesión del Congreso de los Diputados del pasado 29 de abril, insultara y amenazara en tono guerracivilista a los casi 4 millones de votantes de VOX y a todos sus dirigentes:

«Ustedes ni siquiera son fascistas, son parásitos. España se quitará de en medio la inmundicia que ustedes representan».

Hicieron falta exactamente 17 días para que la cacerolada llegara a la puerta del casoplón de Iglesias y Montero en Galapagar y apenas unos minutos para que el ministro Grande-Marlaska desplazará con urgencia dos docenas agentes de la Guardia Civil al lugar, ordenara cortar la calle y prohibir la protesta.

De poco les va a servir, como tampoco tendrá mucho efecto el despliegue policial que montan cada tarde frente a la sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid.

La miserable ideologización del coronavirus desde La Moncloa, donde preocupa mucho más no ser barrido en las urnas que salvar vidas de españoles, está disparando el odio.

Suena a chiste, pero ese virus que tan peligroso les parece a Sánchez y sus expertos, cuando se reúnen unos cuantos ciudadanos a protestar con banderas españolas y cacerolas, es el mismo que supuestamente no contagiaba en las masivas marchas feministas del 8M, ni en el apretujado entierro del comunista Anguita o en los homenajes a asesinos etarras que ellos autorizan en Pamplona.

Por orden del ministro, la Policía Nacional investiga a los organizadores de las protestas para actuar penalmente contra ellos y el delegado del Gobierno en Madrid amenaza día y noche con sancionar a los manifestantes, pero la gente está demasiado harta para detenerse ahora. Esto tiende a crecer.

Vamos a ver como digiere este Gobierno censor las caravanas en coche que VOX ha convocado para este sábado 23 de mayo y en las que se reclamará la dimisión del Gobierno.

De momento, las ha autorizado en ciudades, provincias y comunidades como Ciudad Real, Cuenca, Granada, Castellón, Cantabria, Cáceres, Guadalajara y La Coruña y las ha prohibido en Cataluña y Castilla y León.

Todo es muy pacífico y hasta hay cierto tono festivo en la protesta, pero se irá agriando la cosa a medida que pasen los días y el otoño de 2020, con 8 millones de parados reales, cientos de miles de empresas en quiebra, incontables autónomos arruinados y el futuro más negro que el sobaco de una hormiga.

 

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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