Manuel del Rosal

A Pedro Sánchez, el sátrapa, ya solo le falta usar los Ferraris del rey emérito y salir bajo palio como Franco.

Mientras España y los españoles sufren rebrotes, penurias e incertidumbre y su economía adelgaza día a día, él posa mayestáticamente en La Mareta

A Pedro Sánchez, el sátrapa, ya solo le falta usar los Ferraris del rey emérito y salir bajo palio como Franco.

El gobierno menos malo es aquel que hace menos ostentación, que se hace sentir menos y que resulta menos caro” Alfred de Vigny, poeta, novelista y dramaturgo francés

Definición de sátrapa según la RAE: “Persona que gobierna despótica y arbitrariamente y que hace ostentación de su poder”

A Pedro Sánchez no le basta con el poder, ha de hacer ostentación de él. Desde el minuto uno en que ocupó la Moncloa, las ostentaciones de poder se han sucedido. Del Falcon a La Mareta pasando por los aplausos en el Consejo de Ministros y en el Congreso, la ostentación no ha parado de manifestarse. Después de La Mareta, parece ser que serán los Ferraris que el rey emérito recibió como regalo de sus amigos árabes y donó a España, lo próximo a ser empleado como símbolo de poder. Si esto es así, ya le quedarán solo dos pasos para acaparar todo el poder y, por supuesto, hacer ostentación de él: La Zarzuela y salir bajo palio, como Franco. ¡Cosas veredes Sancho!

Sátrapa era el nombre que recibían los gobernadores de las provincias de los imperios persa y medo. Gobernaban de forma despótica y arbitraria y no para el pueblo, sino que, a través de esquilmar al pueblo, amasaban enormes fortunas. Los sátrapas hacían ostentación de su poder como forma de amilanar a las gentes, como forma de hacerles ver que su poder era ilimitado y contestarlo era inútil.

Mientras España y los españoles sufren rebrotes, penurias e incertidumbre y su economía adelgaza día a día, el sátrapa Sánchez posa mayestáticamente en La Mareta, como antes lo hizo en el Falcon y entre los aplausos de sus lacayos. Sus posados no son de presidente de gobierno, sino de “L’etat c’est moi”. Se le ve satisfecho de sí mismo, con una sonrisa de péndulo y unos andares cadenciosos como de actor de películas del oeste. A su paso va dejando efluvios de cosmético caro y, cada cierto tiempo, deja escapar una mirada con la que anuncia su decisión de mantenerse en el poder y acrecentarlo sin importarle nada más. Su ostentación es tan evidente que, incluso cuando quiere parecer humilde, aparece ostentoso. Y si el poder ejercido arbitrariamente es malo para los ciudadanos, también lo es la ostentación por ser esta una indecencia, una manifestación de mala ley que nada aporta al bien general porque, nada hay más inútil que la vana ostentación de quien nada tiene dentro. Entre los hombres auténticos que se muestran tal como son sin alardear de sus conocimientos y los hombres falsos que, para hacer demostración de lo que carecen, hacen una continua ostentación – en palabras de Benito Feijoo – “Hay la misma diferencia que entre un mercader de géneros de calidad y un buhonero. Aquel guarda en su tienda los géneros para que quién los necesite los vaya a buscar; este se echa a cuestas su mísera tiendecita y no hay calle, no hay plaza, no hay rincón donde no la expongan al público”. Pedro no deja momento, lugar, rincón, calle, estrado, cámara de televisión, radio donde no muestre su tiendecita de géneros ostentosos, pero carentes de calidad, de mercancía brillante y llamativa, pero mercancía averiada. Y es que la ostentación es una exhibición estúpida y pretenciosa, diseñada – en este caso por Iván Redondo – para atraer la atención. No en vano la palabra ostentación deriva del latín “ostentationem” que significa “exhibición vana”.

Quiero terminar con una frase y con una receta. La frase: “La puta y el fanfarrón tienen poca duración” La receta: “Mezclar un poco de ostentación con una cucharada de soberbia y un chorrito de mala leche sin cortar, agregar unas gotas de necedad y una mente cuadrada. Calentar unos segundos y tendrás un delicioso gilipollas”

Manuel del Rosal

 

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