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Carlos Dávila: «¡Qué desvergüenza! ¡Qué revancha miserable!»

De las checas socialistas y comunistas de Madrid salieron no menos de veinticinco mil personas para ser asesinadas vilmente por milicianos ensalzados por el Gobierno del Frente Popular

Carlos Dávila: "¡Qué desvergüenza! ¡Qué revancha miserable!"
Milicianos republicanos quemando iglesias y profanando tumbas, en 1936. PD

En Madrid, a partir de 1936, se abrieron trescientas cuarenta y cinco checas, de las cuales algunas más de cien se instalaron en habitáculos incógnitos.

De ellas salieron no menos de veinticinco mil  personas para ser asesinadas vilmente por milicianos ensalzados por el Gobierno del Frente Popular.

Las checas (César Vidal escribió un memorable volumen sobre ellas) eran agujeros malditos donde, en el mejor de los casos, se detenía y se retenía a personas inocentes sin juicio, otras, igualmente infortunadas, pasaban ante “tribunales populares” sin capacidad de defensa alguna, y a las más se les daba lo que los propios criminales denominaban con una feroz inhumanidad: “el paseíllo del señorito”.

De aquellas cárceles sanguinarias gobernadas por animales, escribió en su momento y muy gráficamente el que durante la Guerra Civil era cónsul de Noruega en Madrid, Félix Schlayer.

Su libro “Un diplomático en el Madrid Rojo” explicaba el demoniaco funcionamiento de las tales checas y en un capítulo sabroso y riguroso, contaba las “sacas” que los asesinos perpetraron en Alcalá de Henares y Paracuellos, donde al menos los pistoleros del Frente Popular (antecedente político de este Gobierno social comunista que nos amenaza) fusilaron a dos mil quinientas personas.

Hace doce años se publicó un libro: “La gran revancha”, cuyos autores (uno de ellos este cronista) accedieron a toda la compilación de las victimas religiosas antes y después de la Guerra Civil. Esos tomos, rigurosamente almacenados y ordenados en un monasterio vallisoletano, recogen la relación de los más de seis mil sacerdotes, monjas y religiosos asesinados a manos de sicarios del Gobierno de entonces sencillamente por sus creencias. Naturalmente acribillados a tiros sin juicio alguno y en algunos casos, ejecutados en las propias iglesias en las que los pobres desgraciados prestaban sus servicios eclesiásticos.

Aquel libro narraba con todo detalle la peripecia política del abuelo paterno de Zapatero,  el capitán Lozano, un  acreditado masón sobre el que Zapatero articuló la primera oleada de la Memoria Histórica de la que ahora Sánchez quiere realizar la segunda entrega. El libro demostraba sin ambages y sin discusión que el precursor familiar del entonces presidente fue en realidad un agente doble que, naturalmente, trabajaba para los dos bandos, y que fue procesado y pasado por las armas simplemente porque los nacionales le aprehendieron antes que los llamados rojos. Cuando Zapatero se enteró de los hallazgos de la obra, ordenó a la editorial correspondiente que terminara con su edición. Así ocurrió.

Tampoco hace tanto tiempo que un fiscal metido a ministro de Justicia, el abominable Bermejo, advirtió, muy cómplice de las fechorías de su jefe Zapatero, sobre la tal Memoria, que en adelante la revancha iba a notarse más y más porque, según avisó textualmente: “Hemos terminado con los hijos; ahora vamos a por lo padres”.

Bermejo fue destituido tras su concomitancia, cacería ilegal incluida, para explotar la Gürtel con Garzón y la ahora fiscal Delgado, y en ese tiempo se supo que su progenitor había sido nada menos que jefe local del Movimiento en Arenas de San Pedro, provincia de Ávila. Un periódico del momento editorializó así:  “Mírese por dónde el ministro ha decidido desenterrar a su propio padre y volverlo a enterrar, Dios sabe en qué estado”.

Ni Zapatero, ni mucho menos Bermejo, pudieron llevar a cabo su ingente venganza, pero ahora su sucesor Sánchez, ayudado por el ministro Marlaska, de estirpe familiar genuinamente conservadora, es decir, de las gentes que ayudaron a Franco a ganar la Guerra, se dispone a cumplimentar el deseo de aquel correligionario suyo. Una miserable revancha vengativa.

Y, por lo que vamos conociendo no se ahorrarán gestos guerra civilistas brutales, como esa idea de demoler la Cruz del Valle de los Caídos, un atentando que, de cumplimentarse y parece que así será, se parecería mucho a aquel fusilamiento del Sagrado Corazón de Jesús que unos canallas milicianos perpetraron en el kilómetro cero de todas las Españas.

Los barreneros de ahora mismo no se van a quedar atrás con una Ley que de democrática tiene lo que sus autores, el principal Pedro Sánchez, y que pretende derogar todas las leyes posibles, una de ellas la de Amnistía que reconcilió a todos los españoles a principios de la Transición. Un tipo como Sánchez, que, hipócritamente, hace constantes llamadas a la unidad, está dejando pálido a Largo Caballero, que inundó de sangre a España con la Revolución de 1934, y que, por mérito propio fue apodado el “Lenin español”.

Ahora el Lenin del Siglo XXI se llama Pedro Sánchez; quiera la Providencia que nunca se convierta en Josef Stalin, el “padrecito” que  de haber ganado la Guerra Civil los favoritos de Sánchez hubiera convertido a España en una Checoslovaquia, Hungría, Rumanía o Albania más. Ese es el modelo radical comunista de país que ahora mismo edifica para España el gobernante más felón y embustero que haya padecido nunca nuestro país.

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