DIRECTOR DE OKDIARIO

Eduardo Inda: «Pongamos que hablo de un nuevo tamayazo en Madrid»

Los rumores de moción de censura se esparcieron como la mierda por parte de los líderes del PSOE y de sus periodistas de cámara

Eduardo Inda: "Pongamos que hablo de un nuevo tamayazo en Madrid"
Díaz Ayuso (PP), Aguado (CS), Gabilondo (PSOE) y Franco (PSOE). PD

Permanecerá indeleble en mi memoria el día en el que Francisco Granados nos narró en OKdiario cómo en 2009 le ordenaron desde arriba resolver el marronazo que se le había planteado al PP de Madrid al resurgir cual monstruo del Lago Ness un Eduardo Tamayo que se antojaba en el baúl de los recuerdos desde que aquel 10 de junio de 2003 diera la espantada en la investidura de Rafael Simancas.

El a la sazón consejero de Presidencia aceptó, leal hasta el paroxismo como era, las instrucciones de un Ignacio González que era el pecado original de un aguirrismo que fue tan sobresaliente en la gestión como extraordinariamente deficiente en el respeto a la ética en la vida pública.

“Tamayo se presentó en la sede del PP para exigir el dinero que se le debía de los 3 millones que se acordaron con él a cambio de cargarse el salto a la Presidencia regional de Rafael Simancas”, rememora en público y apuntala en privado.

Y allá que se fue el obediente soldado de Valdemoro a negociar con el chantajista que cambió el curso de la historia de Madrid. Pidió suelo urbanizable en Villaviciosa de Odón y vaya usted a saber si se lo dieron o no, el caso es que jamás volvió a decir esta boca es mía ni a poner encima de la mesa ofertas padrinescas de ésas que no se pueden rechazar. Se hizo el silencio. Y hasta hoy…

Lo cierto es que las maniobras orquestales en la oscuridad las ejecutó el sinvergüenza de Ignacio González, el cerebro de Lezo, el dueño de ese ático adquirido a través de una sociedad radicada en el paraíso fiscal de Delaware. Su amoralidad le permitió acometer una tarea que parecía imposible tras las elecciones autonómicas de 2003: darle la vuelta a una investidura para la que no salían los números ni por equivocación. Tal vez por eso nadie le tosió en 12 años de mangancia en la Comunidad de Madrid.

El caso es que el tan honrado como ahora radicalizado Rafael Simancas se quedó sin el sueño de su vida, la Presidencia de la Comunidad de Madrid, y sin esos siete trajes que se hizo para el nuevo cargo, prendas que acabaron en el trastero de su humilde hogar. El leganense de Alemania, hijo de la emigración, no pudo imaginar ni por lo más remoto que a un partido de estricta obediencia como era y es el PSOE se le escapase la Comunidad más preciada de España.

Una región que en aquel entonces llevaba ocho años en manos del PP, una minucia al lado del cuarto de siglo transcurrido ya desde que Alberto Ruiz-Gallardón conquistase para el partido de José María Aznar una institución que se le resistía cual gato panza arriba desde el banderazo de salida de la autonomía allá por 1983.

Primero se trataba de destrozar la imagen de Ayuso. Lo intentaron hasta la extenuación retratándola como una incompetente

La tan brutal como burda cacería de Isabel Díaz Ayuso, desatada en marzo para culparla de una pandemia en España (manda huevos) que tiene un único culpable, el desahogado de Pedro Sánchez, tiene sus timings. Primero se trataba de destrozar su imagen. Lo intentaron hasta la extenuación poniéndola de chupa de dómine, retratándola como una incompetente que había permitido que Madrid batiera récords de Covid.

Cuando en honor a esa verdad que tanto desprecia esta gentuza hay que recordar que ella no autorizó la barra libre en el aeropuerto de Barajas ni ese 8-M que multiplicó por cinco la incidencia de una pandemia que, de no haber sido por ese capricho se hubiera quedado en las estadísticas de Portugal, Grecia, Alemania, Corea del Sur o Taiwán.

El segundo episodio de esta campañeja del listillo de Iván Redondo pasaba por equiparar a la presidenta madrileña a los ojos de la opinión pública a una corrupta. Su autoaislamiento en un hotel del gran Kike Sarasola generó más noticias que los ERE de Andalucía, el robo de 680 millones de euros, cantidad menor donde las haya como todo el mundo sabe.

El quid del nuevo montaje antiAyuso consistía en que el hijo de Pitxirri, el íntimo de Felipe González, había regalado la estancia a la presidenta madrileña. Cuando se demostró que había pagado, 80 euros diarios exactamente, los medios de argumentario monclovita se cogieron un mosqueo de tres pares de narices. Y, pasadas unas horas, había que dar tiempo a que Redondete le diera al coco, volvieron a la carga.

“Cobrar 80 euros por una habitación que vale 200 también es corrupción”, argumentaban al unísono los chicos de Iván. Olvidaban que el resto de clientes astillaba la misma cantidad y que con Madrid confinado, con tres clientes, un hotel no podía cobrar lo que se cobraba en los buenos tiempos. Un detalle sin importancia. La polémica quedó zanjada cuando un servidor, tirando de ironía para desmontar tamaña tontería, sentenció en La Sexta Noche: “Aquí el que ha estafado ha sido Sarasola a Ayuso, ¡cómo puedes cobrar 80 euros por una habitación cuando tienes todo el hotel vacío!”. La gente se desternilló, los Iván boys quedaron en ridículo y a otra cosa, mariposa.

La madrileño-abulense ganó el primer round. Pero como no es la tonta que nos intentan presentar sino tan lista como la mejor Esperanza Aguirre, se puso los guantes de boxeo a la espera de un combate que antes o después acabaría por llegar. El diario del Ibex El País relató con todo lujo de detalles el conciliábulo presidido por Pedro Sánchez, con Redondete de consejero áulico, en el que se fulminó de facto a Ángel Gabilondo por “blando” y en el que se pergeñó la operación matemos a la soldada Ayuso.

Lo intentaron en agosto pero no les salían las cifras: Aragón y Cataluña estaban disparados en contagios, Madrid no, Madrid aguantaba los embates del puto virus razonablemente bien. La maldad de esta banda resolvió lo que la madre naturaleza se resistía a cambiar. Mantuvieron abiertas de par en par las puertas del aeropuerto de Barajas, donde el Covid entraba como Pedro por su casa, no pidieron PCR a ni dios y en unas semanas el cristo estaba montado. Tan sencillito como eso.

Y fue aquí donde aparecieron todas las ratas que durante tantos meses habían permanecido escondidas. La presidenta ordenó restricciones a la movilidad en las zonas más afectadas el 18 de septiembre, nada más certificar que el coronavirus se volvía a ir de madre. El Frente Popular bramó con esa repugnante excusa de mal pagador que supone asegurar que semiconfinó los barrios más humildes mientras los “más ricos seguían pegándose la vida padre”.

A Ayuso, que no es una cayetana sino una hija de la clase media, muy media, le importaba un comino el nombre de los barrios. Su único punto de referencia eran, y son, como no puede ser de otra manera, las estadísticas. Y donde había tsunami, limitó los movimientos, y donde ni estaba ni se le esperaba, dejó hacer para no agravar una crisis que de momento se ha llevado por delante 200.000 empleos en la región de Madrid, sin contar los cientos de miles que aparecerán de sopetón cuando se coloque el The end a esos ERTE que no son un chicle que se puede estirar hasta el infinito.

Los rumores de moción de censura se esparcieron como la mierda por parte de los líderes del PSOE y de sus periodistas de cámara. Un leve desencuentro entre Ayuso y su vicepresidente Aguado se vestía como una encarnizada pelea Tyson-Holyfield. Y, entre tanto, a Arrimadas se le hacían mil y un guiños desde Moncloa y la antaño gran esperanza blanca caía cual pichona en cada uno de ellos.

Se presentaba por la mañana como la reencarnación de Adolfo Suárez y por la tarde su nueva pareja política, Pedro Sánchez, se acostaba con el terrorista Arnaldo Otegi. Al día siguiente volvía a mostrarse servil y su nuevo socio le respondía dándose el pico con los golpistas catalanes. Ésos que la amenazaban, insultaban, escupían y pegaban hace no tanto. Esos matones que acabaron por echarla de Cataluña.

El cerrojazo gubernamental a Madrid, que agravará exponencialmente nuestra ruina, y la dimisión anteayer de Alberto Reyero, el tramposo consejero de Asuntos Sociales, un personaje que parece salido de la obra cervantina Rinconete y Cortadillo, permite adivinar por dónde van a ir las cosas. El individuo deja la Consejería pero no el escaño, con la cual el PSOE, Más Madrid y Podemos se quedan a dos de su sueño golpista.

Teniendo en cuenta que Arrimadas está rodeada de partidarios de pactar con el PSOE (Carlos Cuadrado y José María Espejo fundamentalmente), seguramente porque saben que Ciudadanos se hunde cual Titanic de cartón piedra y quieren pillar cacho, los augurios no son precisamente los mejores para la supervivencia de un Ejecutivo autonómico de centroderecha que está gobernando con moderación, sensatez y respetando esa baja presión fiscal que ha hecho de Madrid la región más rica de España.

A continuación, sin solución de continuidad, surgen varios interrogantes: ¿se atreverán Arrimadas y cía a ser los socios en Madrid y a nivel nacional del socio de Otegi, Iglesias y Junqueras? ¿Compartirán moción de censura con el bolivariano Errejón y con la delincuente Isa Serra, condenada a 17 meses de cárcel por atacar a la Policía (si no, aritméticamente es física y metafísicamente imposible)? ¿Han pactado ya la Presidencia para Aguado a cambio de que triunfe el golpe de Estado o del Estado (que ya no sé muy bien de qué se trata) contra Ayuso? ¿Está habiendo movimiento de maletines?

¿Se están prometiendo cargos, que es una forma tan dudosamente legal como claramente inmoral de sobornar a un político? Ahí los dejo. Yo concluyo sabinianamente: pongamos que hablo de un nuevo tamayazo en Madrid.

Las cosas son normalmente lo que parecen. Si es como un pato, anda y nada como un pato y dice “cuá-cuá”, es un pato. Veremos si se atreven. Poderoso caballero es don dinero.

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