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Carlos Dávila: «Anatomía de tres chulos llamados Sánchez, Iglesias e Illa»

El matadero será España entera y las reses mayores somos todos nosotros

Carlos Dávila: "Anatomía de tres chulos llamados Sánchez, Iglesias e Illa"
Sánchez, Iglesias e Illa. PD

Con sorpresa, gran enojo y chulería acogió este jueves el Gobierno la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de declarar contrarias a los derechos fundamentales las medidas de confinamiento decretadas por el Frente Popular.

Y tras la primera reacción de asombro, una decisión: “Ahora os vais a enterar, os confino y ya está”.

La sorpresa vino porque el miércoles mismo y, desde Moncloa, se filtraba la “esperanza” (literal) de que el Tribunal, dada -se decía- la emergencia sanitaria que nos asola, se inclinara por las razones del  Gobierno.

Un Gobierno en el que, curiosamente, segundas filas coincidían en que la Orden de Sanidad firmada por una secretaria de Estado, había constituido un error básico que el jueves, a la postre, evidenciaron los magistrados del TSJM.

Gran enojo porque la “factoría Redondo”, esa que presume de tener controlados todos los escenarios posibles en cualquier circunstancia, se había tenido que comer con patatas el acto de la “resiliencia”, pianista cursi incluido, preparado para mayor honra y gloria del llamado, por él mismo, “líder mundial” Pedro Sánchez. El acto estalló como una mascletá ensordecedora cuando llegó la sentencia del Tribunal.

Sorpresa, enojo, y, sobre todo, chulería. Illa se fue al Congreso para, con un rostro avinagrado y amenazante, comunicar que al Gobierno le importaba “cero” cualquier otro condicionante que no fuera la salud de los españoles, que ¡hay que ver! Y chulería -o sea enorme insolencia al hablar según la RAE- la que desplegó el presidente aún del Gobierno cuando desde Argel, en un viaje absolutamente prescindible, amenazó con enorme prepotencia con vengarse de Ayuso, o sea, propinarle un patadón en el tafanario de todos los madrileños.

A Sánchez, con enorme placer, le secundaba, digo, el ministro Illa que, fuera de sí como un ratero pillado con las manos en la masa, se encaraba con los diputados retándoles a un combate de suburbio.

Y, mientras se sucedían estas reacciones volcánicas en el Gobierno, desde el Partido Popular nacional se pedía al regional de Madrid “contención” en la euforia, más allá de un comprensible: “¡Hemos ganado!”.

Esa recomendación duró no más de un cuarto de hora, el tiempo en que Iglesias, con su nuevo look de estudiante harapiento y sórdido, se dedicaba en el Senado a conminar también a los parlamentarios de la oposición, instándoles con tonillo de agrio e irascible maestro ciruela, a que le guardaran respeto. Y no se conformaba con eso: les advertía que nunca más volverían a gobernar en España, segunda edición de lo escuchado hace diez días en el Congreso, donde este individuo, al estilo de La Pasionaria más acre, avisó a sus contendientes políticos que no volverían a tocar moqueta mientras él estuviera en el Gobierno socialleninista.

Las tres actitudes mencionadas dibujan el estilo de un Gobierno que no soporta que nadie, tampoco la Justicia, le llame la atención por sus fechorías. Sánchez, desde Argel, vino a decir al coro de sus periodistas de cabecera: “No quieren taza, pues taza y media, ya se van a enterar de quién manda en España”.

Algún tipo sensato de los que aún trabajan en La Moncloa debió advertirle que ese amago de alarma en el coco de los madrileños encerraba grandes y notorias pegas legales y, sobre todo, atraería sobre él mismo y su Gobierno una ola de irritación generalizada, el enojo brutal de quienes ya se veían en el bar de su pueblo, o en la Playa de la Malvarrosa, pero Sánchez, erre que erre, engordó su ira y ordenó a sus fieles, cada día más críticos con sus modos, que asedieran sin piedad a la “muñequita” (invento de Redondo) porque él no podía soportar que el país le considerara culpable de los desatinos en los que había caído.

El mal ya estaba hecho porque el enfado de los ciudadanos ante el sinnúmero de contradicciones del Gobierno, ya era imparable. Como decía un viandante en pleno Arco de Cuchilleros de Madrid. “Este tío nos quiere volver locos”. Más gráficamente imposible.

Y es que en plena segunda oleada vírica no hay nada peor, incluso más malvado, que confundir a un personal ya muy afectado en sus ansias de certidumbre nada menos que desde marzo pasado.

Sánchez tiene en este país el mismo crédito que un VAR balompédico manejado por el más tonto (que hay muchos) árbitros españoles. En sólo veinticuatro horas, los tribunales han dejado dos veces en pelotas a su vicepresidente, segundo, tercero o cuarto yo-qué-sé, con sentencias que le han estallado en el cogote al leninista, y han desprestigiado también a los asesores jurídicos de La Moncloa, hasta el punto de que ahora mismo algunos abogados del Estado se escandalizan porque el Gobierno les ha convertido en petimetres jurídicos ante los diferentes tribunales.

Sánchez, Illa e Iglesias forman un trío de perdonavidas cuya anatomía psicológica puede acogerse con toda propiedad a una de las definiciones del vocablo “chulo” que recoge en su punto seis la citada RAE: “Chulo: hombre que ayuda en el matadero al encierro de las reses mayores”.

Póngase en plural al hombre, en este caso son tres hombres; el matadero será España entera y las reses mayores somos todos nosotros”.

Sus víctimas que, como cantaban antiguamente los reclutas de cualquier campamento: “Estamos hasta los c……”. Pues eso: hasta las narices de chulos a los que, encima, les pagamos la soldada.

Postdata: chulo, según dejó escrito Lázaro Carreter, de ningún modo es un insulto, es, enfatizó, la calificación de una conducta arbitraria y despótica.

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