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Eduardo Inda: «Illa o el no va más de la inmoralidad sanchista»

Les importa un comino que en las urnas se puedan contagiar miles de catalanes, muchos de los cuales acabarán falleciendo

Eduardo Inda: "Illa o el no va más de la inmoralidad sanchista"
Meme de Salvador Illa y Pedro Sánchez (PSOE). PD

Salvador Illa tiene pinta de buena gente. Pinta. Porque, visto lo visto en las últimas semanas, me apresto a concluir que estamos bien ante un individuo con cara de ángel y alma de diablo, bien ante un pobre mandado de Pedro Sánchez que ejecuta servilmente todos sus psicopáticos deseos.

Hasta que entró en campaña me caía bien porque era la antítesis del payasesco Fernando Simón: austero en la verbalización, serio en el rictus, consecuentemente poco dado a la risa y empático. Formalmente, el hombre perfecto para una coyuntura trágica. El fondo es otro cantar.

El drama, su drama, es que en las últimas semanas se ha quitado la careta. Al punto que ya no sé si constituye un remedo de Edward Mordrake, el inglés que nació con dos caras, una de las cuales se reía de la otra, o ante el protagonista de una de las novelas de mi adolescencia, El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde del genial escocés Robert Louis Stevenson ¿Un político con instinto asesino tras esa fachada benéfica?

Tal vez es que pasar tantas noches pernoctando, comiendo, cenando y desayunando en Moncloa con Pedro Sánchez, cual tercer hijo de la pareja presidencial, han lobotomizado a un buen hombre inyectándole en el organismo no la vacuna que no llega sino maldad en cantidades industriales. ¿Qué calificativo le otorgarían al hecho de que aproveche una tragedia vírica que ha causado ya 90.000 muertos para montarse una candidatura a la Generalitat de Cataluña y encima con cargo al contribuyente?

Hay que tener una catadura moral muy rastrera para, una vez haber aprovechado el tirón mediático que otorga la dirección de la lucha contra la pandemia, con ruedas de prensa urbi et orbi a diario, dejar tirados a los ciudadanos porque lo que te apetece ahora es ser president de la Generalitat.

O tal vez porque te lo ha ordenado tu caudillo y no has tenido redaños ni decencia para mandarlo a esparragar, que es lo que se merece Pedro Sánchez. No hace falta que les recuerde cuál es el animal que primero salta de un barco que hace aguas. Por muy mala que haya sido la gestión de este licenciado en Filosofía y Letras, más que mala ha sido inempeorable, algo más que Carolina Darias ya sabe del asunto. Vamos, digo yo.

Su sucesora no es médico o investigadora, es una simple licenciada en Derecho que sabe de virus o de gestión sanitaria lo que yo de Física Cuántica, entre cero y nada. Nada nuevo bajo el sol: en democracia sólo ha habido dos médicos en Sanidad: Ana Pastor y esa Carmen Montón que fue un visto y no visto por su adicción al plagio.

Fíjense lo poco en serio que se toman los presidentes este crucial Ministerio que hasta la indocumentada Celia Villalobos ostentó la cartera. A la desalmada malagueña, que calificó a los discapacitados psíquicos de “tontitos”, le sucedió lo mismo que a Illa: que como no tiene ni pajolera idea de la cosa, de nada en realidad, la lio parda. Ella con las vacas locas, acuérdense del caldito y los huesos de carne, él con el coronavirus.

Que Pedro Sánchez es más malo que la quina, tan malo como no muy listo, ya lo sabíamos. Pero desconocíamos que tuviera tan buenos émulos. Si emplear el atril de ministro de Sanidad para forjarte una enorme popularidad a cuenta de la tragedia del virus es repugnante, ¿qué calificativo endosamos al hecho de que hayan instigado la celebración de las elecciones en Cataluña el 14 de febrero, en el epicentro de una tercera ola que está siendo el doble de virulenta que la segunda y que cada día que pasa recuerda más a la primera?

A esta banda les dan igual sus administrados y respetar las más elementales normas de Salud Pública, en resumidas cuentas, les importa un comino que en las urnas se puedan contagiar miles de catalanes, muchos de los cuales acabarán falleciendo. Han forzado la máquina porque las encuestas les salen. Si no fuera así, no hubieran roto el pacto que cerró el resto de los partidos catalanes. Hay que ser muy chungo para anteponer tu interés electoral a la salud de tus conciudadanos.

Y, como son malos hasta almorzar y después todo el día, Illa se ha despedido del Ministerio con dos actuaciones que en cualquier democracia de calidad le costarían al menos una investigación penal: ha reenviado 30.000 vacunas a Andorra, lo cual estaría muy bien si aquí sobrasen por aquello de hacer un gesto a minipaíses que no tienen acceso al mercado persa que se ha montado a cuenta del antídoto del Covid. Pero no se crean ustedes que ha sido falsa o franca solidaridad, pero solidaridad al fin y al cabo. No.

El motivo que ha movido al pollo a sisarnos tantas dosis lo captarán rápido si les desvelo que en ese paraíso fiscal a modo de Principado residen 13.937 catalanes con derecho a voto. Blanco y en botella.

Que esto tampoco fue una casualidad lo demuestra el tampoco inocente hecho de que se despidió del Ministerio del Paseo del Prado asignando a Cataluña un 12% más de vacunas per cápita que a Madrid. Otro más que presunto delito de malversación de caudales públicos. ¿Qué carajo es, si no, emplear el parné del contribuyente para engrasar tu candidatura en Cataluña? Lógicamente, los votantes de las autonómicas premiarán este gesto, por mucho que a los madrileños en particular y a los españoles en general nos parezca una cacicada punible.

Ahora son los catalanes los que tienen la última palabra. Ellos son los soberanos que deben resolver si quieren que les mande un socialista cuya amoralidad se aproxima al infinito y un gestor que en cualquier nación seria estaría relevado hace 10 u 11 meses. Con él al timón de la nave, España cuenta con el vergonzante honor de ser el país con más muertos y más contagiados per cápita en el primer ataque del virus, además de ser el número 1 en términos absolutos en sanitarios infectados, y de ostentar ahora en esta tercera acometida el lamentable récord europeo en contagios y fallecidos por cada 100.000 habitantes.

He de recordar también a los ciudadanos de la tierra de mis dos abuelas que éste es el pavo que se inventó un Comité de Expertos que sólo existió en su calenturienta memoria; el ministro que no confinó antes porque había que llegar como fuera a ese 8-M que degeneró en bomba vírica; el baranda que gracias a esa imposición de Irena Montera nos llevó a liderar el ranking negro a nivel mundial; el indeseable que aseguró en su día que las mascarillas no eran necesarias para combatir la pandemia; el manirroto u otra cosa que se gastó 38 kilazos en 5 millones de test que tenían una fiabilidad del ¡¡¡30%!!!; el rumboso que compró 659.000 test antiCovid fakes a una empresa catalana especialista en cremas antiarrugas, en geles íntimos, afrodisiacos y óvulos vaginales; el indeseable que jamás ha querido blindar Barajas por las tan perogrullescas como criminosas razones que imaginamos.

Pero, por encima de todo, estamos hablando de un desalmado o, en su defecto, de un bondadoso pobre hombre que no se rebela y hace el mal por obediencia debida.

La madre de todas las obscenidades la constituye la falsificación constante de las cifras de defunciones. La foto del cartel socialista en las autonómicas del Día de los Enamorados sigue manteniendo, erre que erre, con un par, que en España ha habido 50.000 muertos por la pandemia cuando mañana o el martes a lo más tardar estaremos en 90.000 reales, según el gubernamental Instituto Nacional de Estadística (INE).

El mismísimo The New York Times le sacó los colores en mayo:

“No conocemos otro país que haya quitado muertos”.

En fin, esperemos que el destino no premie a un hombre que sería civilmente un apestado en un país escandinavo, en Alemania, en Francia o en Reino Unido.

Los ciudadanos de países serios no perdonan nunca tanta mentira, tanto error, tanta incompetencia. La sentencia siempre es la misma: la muerte civil. Aquí a lo mejor hasta lo hacemos presidente de Cataluña.

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