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Carlos Dávila: «Al borde de la Ley»

¿Quién o quiénes fueron los responsables del rótulo contra la Princesa Leonor y la Corona?

Carlos Dávila: "Al borde de la Ley"

Alguien duda de que los jefes de los golpistas del 23 de febrero de 1981 (cuarenta años se cumplen dentro de 10 días) no fue el espadón Tejero sino el dúo de generales Milans-Armada? ¿A que no?

Lo que sucede ahora es esto: Sánchez es -lo repiten insistentemente los psiquiatras- un psicópata narcisista que, por el poder, acepta ser cautivo de su socio y conmilitón Iglesias Turrión. Consulten a los escasísimos profesionales de TVE que no laboran bajo las órdenes del líder leninista. Pregúnteles:

¿Quién o quiénes fueron los responsables del rótulo contra la Princesa Leonor y la Corona?

La respuesta inequívoca: “La facción que obedece a Pablo Iglesias”.

Sigan preguntando: “¿Por qué durante dos minutos el director del programa y la presentadora del mismo permitieron que el rótulo permaneciera en pantalla?”

Contestación: “La versión más suave es que ninguno de los dos se atrevió a quitarlo, la más grave, y quizá la más cierta, es que estaban ambos de acuerdo con lo que se decía”.

La fuente de TVE, muy cercana a uno de los candidatos que pretenden presidir la corporación, añade:

“Ahora eliminan al tonto que hizo el rótulo, el guionista de la productora, pero los culpables siguen en sus puestos para seguir sirviendo a su señor”.

Desde la propia cadena se ha intentado devaluar la gravedad del episodio comparándolo con aquel, también en tiempos socialistas, en el que con una imagen de Butragueño anotando un gol con la camiseta de la selección nacional, aparecieron sospechosamente las siglas del PSOE. Aquel incidente duró un suspiro, por tanto, aunque fuera premeditado, que lo fue, distó bastante de ser tan zafio, tan brutal, tan grosero, tan predeterminado como el de esta semana. Porque, una cuestión más: un rótulo no aparece en la pantalla sin que antes se haya escrito, no llega del éter y se cuela en el receptor; no, se hizo para que saliera.

En todo caso y sobre este incidente que revela hasta qué punto la manipulación socialcomunista es una constancia en la televisión gubernamental, hay que añadir algo más: la presentadora del programa en el que se insertó el desmán, es la misma que en la anterior etapa promovió que las personas que comparecieran en público fueran vestidas de negro riguroso. Ella, meteoróloga entonces, fue la primera en vestir de luto. Ahora continúa silente como su primer y segundo jefe: Sánchez e Iglesias Turrión.

Ambos son los autores de esta involución que se está produciendo, gota a gota, en España. Ambos están armando una dictadura en la que el dominio de la televisión es imprescindible para sus afanes.

Fíjense en el cuadro de felonías totalitarias que han perpetrado en este largo año que llevan sometiendo a los españoles: han metido la mano en la independencia del Poder Judicial para reducirla a un negociado del Gobierno; se han cargado la transparencia de modo que los actos del Ejecutivo y, sobre todo los de su presidente no puedan ser fiscalizados; han manipulado durante ya doce meses las cifras reales del Covid, tanto la de los infectados como la de los propios fallecidos; se han ido adjudicando, paso a paso, poderes excepcionales para mandar arbitrariamente durante sendos estados de alarma, uno de los cuales, el último, durará hasta el próximo mes de mayo; han gobernado con un abuso no ya excesivo, sino incluso ilegal de los decretos leyes; han ninguneado al Rey y a la Corona, vejando a la institución como hace Iglesias, y permitiendo las agresiones como hace Sanchez; han intervenido el mercado inmobiliario que es uno de los bastiones de la propiedad privada; han  laminado las entidades educacionales que dependen de la escuela concertada; han prohibido el uso del español en territorios autónomos de España; están preparando una ley que no sólo despenaliza los insultos a la Corona, sino que incluso deja sin castigo las agresiones a las víctimas del terrorismo hasta el punto de que quieren legalizar la “okupación” permitiendo que los propietarios se conviertan en sujetos pasivos de los delincuentes.

Este glosario de anomalías democráticas son la decantación persistente de un proyecto que pretende barrenar la Constitución y construir una nueva España, la que quiere Iglesias y refrenda Sánchez, muy diferente a la que nació de la Transición, homóloga de los regímenes comunistas iberoamericanos, y copiada de la Rusia del espía Putin.

En esta situación es rigurosamente imbécil adjudicar la culpabilidad de esta regresión totalitaria por etapas al  insoportable Iglesias; no, el principal responsable es su tenedor, el tipo que, contra todas las luces de la razón democrática, amparándose en una exigua minoría parlamentaria de sólo 120 escaños (la menor de toda la democracia) solivianta un país hibernado y acallado por el virus, y no deja de él piedra sobre piedra. El golpe del 23 de febrero de 1981 duró apenas doce horas; el cambio de ahora mismo ya dura demasiado.

Todo ocurre sin que los españoles parezcan enterarse, sin que la postrada sociedad civil haga nada por evitarlo. Nuestros gobernantes están al borde de la ley, cuando no claramente vulnerándola. Este domingo, elecciones en Cataluña, esa sociedad civil de la región que al parecer transpiraba seny por todos los poros de su cuerpo, se dispone a votar a los secesionistas feroces o al inútil Illa.

Están en otra cosa; está en colonizarse con quien gane y seguir sacándole la pela a cambio de su lanar silencio y colaboración.

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