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Carlos Dávila: «Basta ya de chorradas en la derecha española»

Los tres partidos situados en ese lugar del llamado espectro coinciden en un diagnóstico que, es por otro lado, de dominio público: la continuación de Pedro Sánchez en La Moncloa acompañado del leninista Iglesias, es un torpedo contra la línea de flotación de España

Carlos Dávila: "Basta ya de chorradas en la derecha española"
Abascal (VOX), Casado (PP) y Arrimadas (Cs). PD

Leyendo con dedicación el último sondeo de este periódico es imprescindible plantear la siguiente pregunta: ¿qué pensarán de los resultados los partidos del centro derecha o de la derecha, como ustedes gusten llamarla? Sin reserva alguna de equivocarme, se lo revelo. El Partido Popular afirmará que después de todo lo que se le ha caído encima, nada le va tan mal y eso le confiere la posibilidad cierta de que los otros dos se unan a su pelotón.

Vox seguirá encelado en la presunción de que el futuro son ellos y el casposo pasado el PP. Ciudadanos, tercero en discordia, se continuará haciendo fuerte, contra todas las luces de la razón demoscópica, insistiendo con su vocera Arrimadas al frente en que “nosotros somos el centro y el centro siempre termina por ganar en España”. En resumen y para los tres: un disparate suicida en cada uno y homicida entre los tres.

Me remito al antecedente de 1981, ahora que está tan de moda ese año. Antes de las elecciones que dieron abrumadoramente el triunfo a Felipe González, el agónico centro de UCD y la disparada -entonces- Alianza Popular de Manuel Fraga, estuvieron a punto de formar una coalición que, en opinión de todos los estudios postelectorales, hubiera rebajado sustancialmente esa pléyade de doscientos dos escaños que se llevó el PSOE a la buchaca.

Fue el logro más estruendoso de la democracia española de todos los tiempos, II República incluida.

Los democristianos fluctuantes estuvieron a punto de conseguir la aleación política, pero cuatro tontos del bote que no se habían enterado de que UCD caminaba directamente a la extinción, impidieron el acuerdo. El balance ya lo hemos apuntado: trece años de absoluto dominio del socialismo.

Una constancia que ahora tiene pinta (la encuesta antedicha lo refleja así) de volver a repetirse; vamos, que se está repitiendo ya. El PP está ahora mismo en ver cómo sale de ésta y Vox en aprovecharse. Si los primeros hubieran entendido que su catástrofe de Cataluña se basó, sobre todo, en que Abascal fue mucho más listo que ellos, para Casado el panorama aparecería menos turbio. Vox se trabajó una campaña muy arriesgada y optó por presentarse en los lugares menos confortables. Apareció por Vich, feudo arrebatado del secesionismo más feroz, en la certeza de que sus representantes iban a ser molidos a palos.

Y así ocurrió: los filoterroristas de la CUP y compañeros mafiosos se pusieron las botas apedreando a los paracaidistas españoles que, de verdad, sabían a dónde acudían. Es como si un osado se presenta con la bufanda del Real Madrid al cuello en la grada del Nou Camp: es seguro que alguna pedrada le llega a la cabeza.

Tan seguro como que, tras cada adoquín lanzado sobre los valerosos españolistas, viajaban unos centenares de votos.

El PP se limitaba en respuesta a llevar a sus estrellas invitadas Feijóo, Ayuso… pero no arrastraba ni una voluntad, como no fuera la de los antiguos militantes que se quedaron en casa.

Pero, volvamos al caso, como poetizaba don José María Pemán. ¿Cuántos avisos más se le tienen que endosar a la derecha española para que se encierre un fin de semana en Gredos, pongamos por ejemplo, porque allí no hay más que invierno y monte? ¿Cuántos?

Los tres partidos situados en ese lugar del llamado espectro coinciden en un diagnóstico que, es por otro lado, de dominio público: la continuación de Pedro Sánchez en La Moncloa acompañado del leninista Iglesias, es un torpedo contra la línea de flotación de España, de su historia y de su presente. En ocasiones, cuando los menos definimos la situación de ahora mismo en estos términos recibimos los denuestos de los tontos del haba de una supuesta derecha que mantiene que la cosa no es para tanto, y que el presidente del Gobierno, más pronto que tarde, procederá a disolver la coalición con los comunistas.

¡Qué enorme insensatez! Seguirán -ya lo hemos escrito esta misma semana- juntos porque esa y no otra es la estrategia que les mantiene en el poder.

Por tanto, como antiguamente rezaba la publicidad del Circo Price: “A la lucha ya, vamos esta noche al Price”. En el caso, a intentar el derribo, todo lo democrático que se  quiera, de esta coyunda salvaje que está dejando al país para el tinte, sin que ya se le pueda reconocer. Si la derecha sigue embotada arreándose pellizcos de monja en los costados, la ultraizquierda en España va a durar mucho más que las tres guerras carlistas juntas. Ni Casado es la “derechita cobarde” con la que Abascal aburrió  hasta la contestación irritada a todo el el PP, ni este partido es un conmilitón de Sánchez.

Por lo demás, el personal de Vox es, en general, un recuelo de asociados antiguos del PP a los que Rajoy, esa es la verdad, maltrató sin despeinarse. Los franquistas en Vox son los menos, pero lo cierto es que todos creen algo que, de entrada parece imposible: que son los profetas de la derecha de toda vida, la que devolverá a la derecha al poder, merendándose a los antiguos hermanos del PP.

Y, ¿qué decir de Arrimadas? En manos como está de un tal Cuadrado, que dejó en sus negocios de Brasil más trampas que una película de chinos, Ciudadanos tiene ya el mismo porvenir que la Falange Auténtica.

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