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Eduardo Inda: «De Azaña a Sánchez y de Companys a Junqueras»

El presidente del Gobierno con menos escaños de la democracia lo hace por conveniencia, por egoísmo, para favorecer a los socios que le sostienen en La Moncloa

Eduardo Inda: "De Azaña a Sánchez y de Companys a Junqueras"
Sánchez, Azaña, Companys y Junqueras. PD

La vida sería un error permanente si no tuviéramos ese pasado que nos permite determinar con bastante fiabilidad qué hay que hacer, qué no, qué está bien, qué mal, qué cosas funcionan y cuáles no.

Por esa perogrullesca razón los pueblos, los pueblos tontos más bien, que olvidan su historia están condenados a repetirla.

Esta máxima del hispanoestadounidense Jorge de Santayana, el primer ciudadano made in Spain que estudió en Harvard, es tomada a beneficio de inventario por nuestros gobernantes.

Sólo así se puede entender que estemos reeditando, paso a paso, sin prisa pero sin pausa, los mismitos errores que llevaron a esa primera democracia española que fue la Segunda República a una guerra fratricida de malos contra malos.

José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente más simpático y más normal pero también el más frívolo, acabó con ese Pacto de la Transición que es lo mejor que hemos hecho en este país de caínes y abeles en nuestra más reciente historia. Un gran compromiso de concordia en el que se cumplió a rajatabla la máxima de Santayana arrojándose al baúl de los recuerdos el odio, el rencor, el sectarismo, el pasado en definitiva, con el sano propósito de mirar todos juntos al futuro.

Funcionó, vaya si funcionó, durante casi 27 años, los que transcurrieron entre las primeras elecciones libres y la llegada al poder, 11-M mediante, del segundo primer ministro socialista.

Un somero ejercicio de retrospectiva permite adivinar que el caso catalán no es la excepción que confirma la regla de la repetición compulsiva de los errores históricos.

El golpe de Estado de los independentistas puede sonar a nuevo a los más jóvenes, a los iletrados o a los desmemoriados. Pero no. Es clónico al que consumó la Generalitat de la mano de Lluís Companys en octubre de 1934 aprovechando esa sublevación de Asturias liderada por la UGT y el PSOE que dejó miles de muertos por el camino. El tan desdentado como masón president catalán salió al balcón de la plaza de Sant Jaume y no se anduvo por las ramas:

—En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán de la República Federal Española—.

La reacción del Gobierno legítimo de Alejandro Lerroux no se hizo esperar.

La Fiscalía se puso manos a la obra, pidió el procesamiento de Companys y su Govern y finalmente fueron condenados a 30 años de prisión por rebelión.

El paralelisimo milimétrico entre los años 30 del siglo XX y los 20 del XXI prosigue sin solución de continuidad: Azaña decretó en febrero de 1936 la amnistía de los golpistas catalanes. Y los golpistas catalanes, de la mano del siniestro Companys, se envalentonaron y empezaron a matar a diestro y siniestro. El muy asesino jefe de ERC decretó 8.400 sentencias de muerte, que fueron fielmente ejecutadas, entre otras la de su paisano Joan Rovira, alcalde de Lérida, cuyo delito consistía en haber organizado una Cabalgata de Reyes en la Epifanía inmediatamente anterior.

Ahora no sé si vamos por el mismito camino o por uno parecido. Espero que sea sólo lo segundo.

Porque aquella manera de hacer política nos reportó miles de fallecidos, decenas de miles de huérfanos, cientos de miles de familias destrozadas y una crisis de convivencia que perdura a día de hoy. Cambien ustedes a Companys por Puigdemont o por Junqueras, a Lerroux por Rajoy y a Azaña por Sánchez y tendrán un panorama inquietantemente similar.

Pedro Sánchez no le llega a Don Manuel ni a la altura del betún. Azaña era, con todos sus defectos, un intelectual. Abogado, número 1 de su promoción, doctor en Derecho y miembro de la Academia de Jurisprudencia, nada tiene que ver con el actual presidente, que sacó Económicas de aquella manera, robó la tesis y no tenía donde caerse muerto hasta que un mix de suerte y tenacidad le colocaron en una Moncloa que jamás tuvo un inquilino más vulgar.

Todo lo cual no quiere decir que Pedro Sánchez no se esté comportando de la misma manera que el talentoso a la par que ingenuo de Azaña. La gran diferencia es que mientras al político alcalaíno lo jibarizó su entorno, un entorno que se aprovechó de su ausencia de maldad, el actual no es muy listo pero sí plenamente consciente de lo que hace.

Al punto que cabría colegir que el maridísimo de la licenciada y catedrática ful Begoña Gómez es el mal en estado puro.

El apóstol de la paz, la piedad y el perdón amnistió a los golpistas porque pensaba que era lo mejor para una nación partida en dos; el socio de ETA, ERC y los sicarios de Maduro y Jamenei porque quiere estar en Moncloa hasta el Día del Juicio Final a ser posible.

Pedro Sánchez debería ser pelín más precavido y pensar que si esa apuesta por la impunidad salió una vez mal es más que probable que acabe como el rosario de la aurora a las segundas de cambio. Azaña actuó presionado por tierra, mar y aire por el PSOE de los asesinos Largo Caballero y Prieto, pero pensando sinceramente que era lo mejor para España.

El presidente del Gobierno con menos escaños de la democracia lo hace por conveniencia, por egoísmo, para favorecer a los socios que sostienen su Ejecutivo, en una actuación que Manuel Marchena ha calificado magistralmente de “autoindulto”.

Una figura, por cierto, proscrita en virtud del artículo 102 de la Carta Magna. Y, para más inri, no se cumple ninguna de las condiciones sine qua non para otorgar esta medida de gracia: justicia, equidad e interés público. Sí incurre en ese vicio que señaló la Sala de lo Contencioso del Supremo cuando anuló el indulto de Gallardón al kamikaze valenciano: la arbitrariedad.

El todavía secretario general socialista, el hombre que ha roto los consensos más elementales pactando con los que asesinaron a 856 compatriotas y con los secesionistas, actúa movido por un apego al poder jamás visto no sólo en España sino en cualquier nación de nuestro entorno. Quiere seguir yendo a ver a The Killers en Falcon, no piensa viajar en el ecológico tren ni en el tedioso coche a trayectos de menos de dos horas y media, va a continuar volando a Valladolid o a donde haga falta en el Airbus 310 del Grupo 45 de la Fuerza Aérea y para él Moncloa, Quintos de Mora o Doñana son un remedo del barco de Chanquete y su “no nos moverán”.

El PSOE en particular y la democracia en general también le importan un pepino. Es capaz de cargarse el partido, la socialdemocracia y nuestro régimen de libertades si con ello consigue dormir un día más en Palacio disfrutando de edecanes, doncellas y una vidorra que él regatea al común de los españoles. Más vil aún que eso ha sido la escenificación de lo que no es sino un acto de prevaricación nivel Dios. Azaña se pudo equivocar, que de hecho se equivocó, pero hubiera preferido morir súbitamente antes que asegurar que sancionar penalmente un golpe de Estado representa “un acto de venganza o de revancha” como nuestro desahogado protagonista manifestó esta semana con un par.

La barbaridad ética, intelectual y hasta estética es de las que hacen época. Es la sacralización desde el poder de la impunidad y del aquí vale todo, amén de una conculcación de libro del principio de igualdad ante la ley que prescribe la Constitución. Cualquier Juan Español de la vida se planteará: “Si los golpistas se van de rositas, ¿por qué no doy yo uno?”. Y esta filosofía es extrapolable al robo, al terrorismo, al asesinato, a la pederastia o al estupro, por poner algunos de los más graves tipos penales que figuran en nuestro ordenamiento.

Si aplicar el Código Penal, el Civil, el Mercantil, el Administrativo o la mismísima ley de leyes es “una venganza”, ¿qué narices pinta en la cárcel David Oubel, el Satanás que asesinó a sus dos hijas con una sierra radial? Continuando con el diabólico argumento sanchista, ¿por qué no se excarcela inmediamente a El Chicle, el hijo de perra que martirizó hasta la muerte a Diana Quer?

¿O por qué se ha metido hasta 54 años a los islamistas que colaboraron en el atentado de La Rambla barcelonesa en agosto de 2017? Y, ya puestos, ¿no habría que indemnizar a los asesinos etarras por el acto de revancha que supusieron sus sentencias? Y ahora que estamos en plena campaña de la Renta, ¿por qué no nos perdona nuestras deudas la revanchista Hacienda Pública?

Sánchez es una suerte de Belcebú en versión guapito de cara. Es el tipo que convirtió el mal en el bien y el bien en el mal, el blanqueador de ETA, el íntimo del criminal Otegi, el aliado de los independentistas catalanes y el hombre que se acostó políticamente con el tipo más indeseable que ha figurado jamás en un Consejo de Ministros, Pablo Iglesias. Se puede ser más listo que él, de hecho es relativamente fácil, pero no más amoral. Ahí no hay dios que le gane. Soy consciente de que no ha leído un libro en su puñetera vida, se lo habrán leído en todo caso. Que sabe de Historia lo mismo que yo de astrofísica.

Y tampoco se me escapa el hecho de que ya no oye ni escucha porque el Síndrome de La Moncloa no le raptó a los seis años como a Felipe o a Aznar sino a los seis meses. Pero si hay alguien que le quiere bien no estaría de más que le recordara cómo acabó Azaña: devorado cual Saturno inverso por sus propias criaturas, con Companys tomándose la justicia por su mano y llevando al paredón a un elenco de 8.400 catalanes en el que predominaban católicos, monárquicos, empresarios, liberales y españolistas de toda ralea. Antes o después, más pronto que tarde, el presidente que nunca debió ser terminará despedazado por Podemos, por los independentistas, por los proetarras o por los tres a la vez. Ya se lo ha avisado el habitualmente sensato Salvador Illa, que asegura que ERC sigue optando “por conjugar los verbos confrontar o desafiar”. Más claro, agua.

En el pecado llevará la penitencia. Ojalá sea más pronto que tarde. Si Dios, el destino o la oposición no le paran los pies, de nuestra democracia no quedarán ni las raspas en menos de dos años. No es una hipérbole, como no lo eran tampoco los desesperados avisos a navegantes de Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Madariaga, Menéndez Pidal y tantos otros en aquel 1936 que nunca deberíamos repetir.

“¡No es esto!”, “¡no es esto!”, que diría Don José.

Eduardo Inda

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