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Carlos Dávila: «El autócrata Sánchez, socio preferente del Covid»

Aquí radica el mal que todavía sigue atragantando nuestras vidas

Carlos Dávila: "El autócrata Sánchez, socio preferente del Covid"

Sí: el culpable de lo que está sucediendo ahora con el maldito virus es el autócrata Pedro Sánchez. No son los jóvenes. La ya inocultable quinta oleada no estaría acaeciendo si no ocupara la Presidencia del Gobierno un enfermo de poder.

Él es el principal responsable. Y esto por tres razones: la primera, porque de nuevo ha ignorado los avisos que preveían los epidemiólogos; la segunda, porque también de nuevo ha desviado a las regiones, haciéndose el sueco como si el problema no fuera con él, la gestión de la pandemia; la tercera, porque de nuevo, sin embargo, se ha querido apuntar el tanto del triunfo sobre el Covid con un ¡fuera máscaras! y la renta de la vacunación.

Hoy, no hay más que verlo, nuestras calles  están repletas de viandantes que siguen embozados. No han hecho caso a la proclamas del presidente y de su Gobierno de incapaces.

Nada más natural. Es probable que si hubiera sido la presidenta Ayuso la que hubiera dicho a los ciudadanos: “ya pueden desproveerse de la mascarillas”, todos nosotros pulularíamos por el exterior a cara descubierta, sin la protección de ese adminículo que se ha convertido, durante año y medio, en nuestra segunda piel.

Ahora otra vez y en pleno verano (¿no era cierto que durante el estío el virus también estaría de vacaciones?) la propaganda oficial, directa o subrepticiamente, vuelca sobre los jóvenes el protagonismo letal de la quinta ola. Y en efecto, gran parte de esta población -digámoslo festivamente- está cometiendo el pecado y en consecuencia paga, con la enfermedad, la penitencia.

Pero su informalidad es mucho menor que la pena que debe atribuirse a este individuo que ya hace un año presumió de haber ganado una enorme guerra contra el virus, que allá por la Navidad última presumió, incluso, de que una vacuna española estaba a punto de entrar en el mercado, y que no hace ni quince días se personó en las televisiones para anunciarnos que ya no tendríamos que seguir disfrazados con la enojosa careta.

Nadie ha creído al autócrata. Menos mal. Desde luego, los jóvenes han ignorado espectacularmente los consejos vejunos (ya son así) del jefe político del Gobierno. Pues: ¿nos les dijo a ellos y a todos en general que el virus era un bichito inofensivo de tres al cuarto? ¿no obligó a su portavoz, el infortunado Simón, a declarar que la primera ola, y después la segunda, la tercera, la cuarta y hasta la presente, la quinta, sólo deberían preocupar a unos pocos desprevenidos? Y han pasado dieciocho meses y más de de ciento veinte muertos. Aquí radica el mal que todavía sigue atragantando nuestras vidas.

Han mentido tanto él y sus conmilitones del Gobierno que nadie hace ni siquiera caso de las evidencias. Los jóvenes se han pensado inmunes, sobre todo porque se les aseguró, con otra falacia más, que con ellos no iba la cosa, que el virus no tenía nada contra sus personas. Y ahora, como consecuencia, se infectan como el más veterano de epidemias anteriores, aunque afortunadamente se mueren muy poco, casi nada.

Al mocerío, como en el chiste del japonés al que el médico, ignorante de la procedencia del enfermo, sentenció “porque este color amarillento de su cara no me gusta nada”, la escasa letalidad del Covid no le está llevando mayoritariamente a la tumba. Se trata de jóvenes.

Pero la infección no reposa, no se toma un minuto de ocio. A los chavales y a los maduros de corta edad (la población que frisa los cuarenta años) parece interesarles más una noche de farra y roce en plazas y playas que una decena de días confinados con una patología que, para ellos, según creen, es poco más que un incómodo catarro.

Por eso, pero sobre todo por la torpe propaganda con las que se les ha sobado el lomo presentándoles como resistentes pertinaces al virus, no son los principales responsables. Claro que no escarmientan; hacen, siguen haciendo, lo que mejor les viene en gana. Se les animó, ¡hale!, a veranear como en el 2019, pero, eso sí, publicitando en las televisiones todo tipo de artilugios y potingues para que su sexo sea seguro. Nada contra esas campañas.

Pero ni un céntimo del Presupuesto nacional se han gastado Sánchez y sus ministros en concienciar de que también a ellos, a los jóvenes, el Covid estaba dispuesto a hacerles mucha pupa, como realmente así está sucediendo. Vale que nuestros chavales (y, por favor, también chavalas) no están saturando las UCIS de los hospitales y vale que sus padres empiezan a estar completamente vacunados, pero algo es patente: la recurrente pléyade de afectados “de rebaño” (aquí sí que sirve exactamente el término) está siendo usada fuera de España, caso ministro francés, para desanimar a nuestros presuntos turistas a que se vengan por aquí.

Un dinero que se ha perdido y que es mucho más copioso del que se podría haber manejado para concienciar a los jóvenes de que nada se había ganado, de que el maldito virus seguía moviéndose libérrimamente por nuestros aerosoles.

El auténtico culpable de tanta desgracia no es el muchacho que se llena de alcohol (y hasta de más cosas) en Palma, sino el tipo que no ha logrado, porque no lo ha pretendido, que el rapaz que ha terminado el instituto o el colegio sepa verdaderamente a lo que se está exponiendo.

Mientras los chicos caen como moscas en los téntaculos del bicho, Sánchez, que no pisa una sola calle del país porque le acribillan a insultos, se larga ayer a Letonia y mañana de viaje de turismo -él si lo hace- a Estados Unidos, mientras sus alegres colaboradores le preparan un bodrio intolerable para que, si nos llega, otra calamidad como el Covid, él no sólo pueda secuestrarnos en nuestras propias casas, sino meter la mano a discreción en nuestros bolsillos, movilizarnos como reclutas, o confiscar nuestras habitaciones.

Ningún virus en la historia de la Humanidad ha sido más útil para un gobernante que éste que ha colocado a Sánchez en posición de ponernos a todos, como soldados de cuota, en fila. A su mando, sometidos a un autócrata sin principios, ni fundamentos, ni escrúpulos.

Carlos Dávila

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