LA SEGUNDA DOSIS

Alfonso Rojo: «El Islam es incompatible con la democracia»

Lo ocurrido en Afganistán, lo que está pasando en estos momentos en Kabul, con todo el horror, pánico, incertidumbre y desesperación que genera, demuestra al menos tres cosas:

La primera y más relevante, para espanto de los ayatolás de la corrección política y los fanáticos de la Alianza de Civilizaciones, el multiculturalismo, el Islam es incompatible con la democracia.

Lo segundo es que Occidente y en particular sus profesionales de la ‘bondad’, son de una estupidez casi criminal.

Lo tercero y más obvio es que la inmensa mayoría de nuestros políticos y buena parte de nuestros tertulianos habituales, no saben de esto nada.

De esto último, da buena prueba el cenutrio de Gabriel Rufián, quien ha tenido la osadía subir a Twitter un post culpando a Aznar de haber propiciado la invasión de Afganistán, aportando como supuesta prueba una foto con Bush de 2003.

Vaya por delante que EE.UU derrocó a a los talibanes en 2001, usando como fuerza de choque a las tribus de la Alianza del Norte, dos años largos antes de que el entonces presidente del Gobierno español y el presidente de EEUU se hicieran la foto de las Azores.

Hay muchos lugares comunes sobre Afganistán y se escuchan estos días tremendas bobadas sobre los afganos, por no decir falsedades.

Una es que no ha sido nunca un país conquistado por nadie. Basta echar un vistazo a la Historia para comprobar que fue conquistado en dos años por Alejandro Magno, quien fundó lo que es la ciudad de Herat y hasta dio su nombre a fuertes, valles y montañas.

Se repite una y otra vez que se abate a partir de ahora un infierno sobre las mujeres.

Es cierto, pero las mujeres viven en un infierno desde hace siglos y con la excepción de peñas zonas y actividades en Kabul, han estado sometidas siempre al Burka, el latigazo, la humillación y el oprobio, casi siempre con su aquiescencia.

He estado muchas veces en Afganistán.

En 2001, después de los atentados del 11-S y justo antes de que Estados Unidos atacara a los talibanes por albergar a Bin Laden y a los jefes de Al Qaeda, entré en Afganistán desde el norte.

Fue un viaje durísimo, que comenzó en Dushanbe, la capital de Tayikistán e incluyó el cruce de las alambradas que antaño marcaban el Telón de Acero y vadear de noche un río, para emprender una travesía espeluznante a bordo de un Lada hasta Sarobi, 60 kilómetros al norte de Kabul.

Fuimos juntos, apretados como sardinas en lata para ahorrar, el ruso Igor Mihalev, Diego Merry del Val del ‘ABC‘, Ramón Lobo de ‘El País‘, Gervasio Sánchez del ‘Heraldo de Aragón‘ y yo.

Tras sortear pasos a más de 5.000 metros de altura, esquivar precipicios escalofriantes y recorrer el Valle de Panjshir, llegamos a nuestro destino y allí, en lo que restaba de una antigua cooperativa soviética, nos pasamos dos meses observando el martilleo aliado sobre las posiciones talibanes.

A la hora de la verdad, hartos y viendo la Navidad casi encima, Ramón Lobo, Gervasio Sánchez y Diego Merry del Val se volvieron a casa. Ocuparon su puesto Evaristo Canete, Miguel de la Fuente, Vicenç San Clemente y Fran Sevilla, los chicos de TVE y RNE con los que entré en Kabul a bordo de una pick up justo a los diez días, cuando los que habían ‘desertado’ estarían entrando en casa o en sus respectivas redacciones.

Eso fue en 2001. Antes las cosas eran todavía más complejas.

Durante la fase ‘soviética‘ de la Guerra de Afganistán, que se prolongó toda la década de los ochenta, y hasta el asesinato del presidente Najibullá, la única manera de unirse con los grupos guerrilleros islámicos que operaban desde la frontera paquistaní con financiación saudí, apoyo del torvo servicio secreto de Islamabad y misiles Stinger enviados por Ronald Reagan, consistía en conseguir una recomendación de un facineroso local, dejarse barba veinte días, lavarse poco para no desentonar con los nativos, disfrazarse de guerrero pastún y tumbarse en el fondo de una furgoneta con una recua de malolientes mujaidines.

En caso de ser descubierto, el embrollo se arreglaba soltando unos billetes a los corrompibles policías tribales o volviendo con el rabo entre las piernas a Peshawar.

En 1989, cuando los veteranos del Ejercito Rojo se retiraban del país, tuve la fortuna de encontrar en el Hotel Greens de Peshawar a Muhammad Rafiq, un caduco conductor que tenía un truco mágico para atravesar el Paso del Kyber y la media docena de puestos de control anteriores a la frontera afgana.

Lo había descubierto Jorge Melgarejo, un reportero de corazón tierno que adoptaba niños afganos y los traía a curarse a España.

El taxista, a contrapelo de lo que parecía lógico, me aconsejaba vestirme de occidental y calzarme gafas de sol.

Escondía bajo la rueda de repuesto el turbante, el ‘chapán‘ en forma de chaqueta local y los pantalones bombachos que me harían falta después para no desentonar excesivamente con los locales.

También las cámaras y se ponía en camino recordando severo que había que mantener la boca cerrada en toda circunstancia y lugar.

Si no te sentías cómodo enturbantado, porque no es tan sencillo ajustarte dignamente en la cabeza tanta tela, se optaba por el pakul, esa variedad flexible y redondeada de sombrero masculino afgano, hecho de lana y siempre de color terroso: café, negro, gris…

Cada vez que nos detenían en los controles de la Policía Tribal, el taxista señalaba hacia mi y decía muy serio:

«El doctor va a ver al coronel.»

A ninguno de aquellos indocumentados bigotudos se le ocurría preguntar quién era el coronel y mucho menos pedir los documentos que me identificaban como médico.

Los que cuidan de la salud ajena en estas zonas deprimidas del mundo son más venerados por la población que los sacerdotes o los catedráticos.

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