TRIBUNA ABIERTA

Responda, señor Rufián, ¡responda!

JOSUÉ CÁRDENAS

Responda, señor Rufián, ¡responda!

El periodismo está en peligro de extinción.

Un peligro se cierne con nuestro país y deja a su paso un reguero de desolación y penumbra. Se percibe a la ciudadanía exhausta por la clase política que padecemos, pero poco se habla de la clase periodística que sale de las facultades y que deambula por los medios de comunicación. En el Congreso de los Diputados se unen políticos y periodistas al corro de la patata sin pensar en la deontología ni juramentos hipocráticos. No debo hablar de ello en tercera persona, soy parte del gremio pero en la jungla del parlamentarismo, sobran poses y falta honor.

El Congreso alberga dos poderes del Estado. Ejecutivo y legislativo, se entiende que deben establecerse para representar la soberanía de un pueblo. El famoso cuarto poder, encarnado en seres con una libreta y pocas horas de sueño, no debe confundirse con los amables ujieres de la Cámara al servicio de los políticos. Un periodista no está al servicio del político. No se debe al diputado, no le debe nada y el carnet que presenta para acreditarse, que yo sepa, no puede ser el de ningún partido político.

«Cuando un diputado te diga: ‘gracias por su pregunta’, ¡la has cagado, macho!» Esto me dijo el director de esta casa, Alfonso Rojo, y qué rabia le debería dar a un periodista cuando el político de turno agradece de forma pública una pregunta suya. Existió el periodismo que trataba de poner nervioso al poder y que mostraba las vergüenzas de los poderosos con el fin de dar voz a un pueblo indignado con la clase política. La publicidad institucional ha convertido esta profesión en servil esclavismo de lo políticamente correcto.

Rufián representa la decadencia de Occidente en su máxima expresión. Es el activo principal de una sociedad que cabalga a golpe de trending topic, hacia el abismo del relativismo y la inmoralidad. Un tipo cómico, de discursillo aprendido y falto de lealtad, incluso a la mano que le da de comer, España. Un hombre al que han hecho a sí mismo, a base de espectáculos faranduleros y una impresora que le regalaron. Este hombre fue capaz de retratarse de tal forma, que parecía un disco rayado de sus vecinos de Cornellá, Estopa. A su público le encanta verle ningunear a un periodista y más cuando este habla español o tiene pinta de gustarle la bandera de su patria.

Ante un diputado de este calibre, el periodismo debería avasallarlo a preguntas complicadas para que su andadura política durara lo que dura un telediario, de esos de TV3. En cambio, los masajes a Rufián son continuos, la complicidad entre los que preguntan y los que responden suena pedante. Para uno, que dentro de la mediocridad, pregunta algo con cierta perspicacia, se prepara la mundial y Rufián no sale de un bucle que lo lleva a convertir el Parlamento en un circo grotesco lleno de payasos.

Balada triste de trompeta. Tristeza por lo que hay pero esperanza por lo que se vislumbra en le horizonte. Comienza a notarse que hay voces decididas a poner en jaque al poder político y negarse a callar ante los intentos de algunos por ridiculizar nuestro trabajo. Es bonito ser valiente, es ridículo claudicar. El gusanillo del buen periodismo está penetrando en las mentes de jóvenes «juntaletras» que no se resignan. La repregunta es el camino que engrandecerá el mundo de la información. Las etiquetas, estigmatizaciones y demás comportamientos no deben frenar la bonita labor de hombres y mujeres que están despertando.

Responda, señor Rufián, ¡responda!

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