Llega un momento en la vida en que, por tener ya pocas cosas que vivir, te dedicas a revivir el pasado. Digo que me quedan pocas cosas que vivir, no por las que vivir; no por las que escribir. Si Dios me ha regalado un don, tengo claro para qué tiene que aprovechar, y a quién tiene que servir.
Este tiempo que ahora vivo, es para mí como un compás de espera, sin un ápice de pesimismo, porque no puede ser pesimista aquel que ha tenido, inmerecidamente, el privilegio de conocer que hay un más aquí; un más allá. Y aquí y ahora, para algunos afortunados, es donde entra en juego, eso que llamamos fe.
La fe hace que nos concentremos en el final del viaje; un final que los creyentes, por nuestras convicciones, tenemos la confianza que será feliz. Todo lo demás que nos acontezca durante el itinerario, quedará -afortunadamente- envuelto por la niebla de la incertidumbre, que hará que vayamos lidiando los trances, conforme vayan llegando, atendiendo a las palabras de Jesucristo en Mateo 6:34: «No os preocupéis por el día de mañana, porque el mañana traerá sus propias preocupaciones. Cada día tiene ya sus propios problemas.»
Si tuviésemos la certidumbre, como la que poseía Jesucristo, estaríamos contemplando todos los malos trances por los que aún tenemos que pasar necesariamente, viendo entonces a pequeña escala, lo que Él vio -como hombre- en el Huerto de los Olivos; y lo cierto es que había que ser el Hijo de Dios, para no echar a correr y cambiarse el apellido, ante lo que le venía encima. Por eso, entre la certeza y la fe, me quedo con la fe, y lo único que pido al Padre, es que no me falte nunca.
Miremos hacia arriba, caminemos hacía adelante provistos de chichonera y escapulario, y que sea lo que Dios quiera.
NOTA BIOGRÁFICA: En la fotografía, sobre las rodillas de mi madre, junto a mi hermano José Luis, me encontraba yo admirando la vida, en el Madrid de 1955, donde tras nacer en Valencia, viví hasta los tres años de edad, ignorante y feliz.

