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El mal conlleva la ausencia del bien, pero la ausencia del bien no tiene por qué conllevar la presencia del mal, del mismo modo que la ausencia del mal no tiene por qué comportar la presencia del bien.
Y es que en esta vida, si de moralidad hablamos, no todo es blanco o negro. Existe el gris; el color de aquellos que no son ni frío ni caliente, sino tibios, melindrosos, anodinos… Gente que no se atreve a retratarse y decir lo que piensa, ni escondiendo su rostro tras una máscara.
El gris es el color del mediocre moral; el de aquel que nunca da la cara y cual veleta se deja arrastrar por el viento dominante, arribando al sol que más le conviene en cada momento.
El gris, cuando no el naranja, es el color de los que encienden a escondidas una vela a Dios y otra al diablo; de los tiralevitas, de los chaqueteros, de los indefinidos; de los eternos indecisos que no ven más que a través de su interés particular y para los que lo bueno y lo malo no tienen más referencia que su empolvado ombligo.
Tanto al bueno como al malo los ves venir porque obedecen a un código de conducta previsible que jamás te pillará por sorpresa. Pero con los tibios… ¡Ay los tibios! Ni Dios los soporta: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” Sagrada Biblia, Apocalipsis 3:15.

