Se encontró un labrador una serpiente encima del asiento de su tractor, y sujetándola con un trapo, levantó con su mano la hoz.
Entonces la serpiente, mirando fijamente al humano, dijo con sibilina voz: – ¿Qué vas a hacer desgraciado? ¿Te quieres buscar la ruina? ¿No sabes que mi especie está protegida?
El labrador, dudando, aflojó, pero la bicha no escapó, sino que, revolviéndose, mordió al hombre en la mano.
El humano se moría, pero aún en su agonía, se encaró a la serpiente y le murmuró: – ¿Por qué lo has hecho?
La serpiente, sonriendo, le contestó: – Porque mi especie está protegida, pero la tuya no.

