¡Cuidado al abrir la boca/político en ejercicio!/Puedes caer en el vicio/de decir lo que no toca/Política y verdad no son lo mismo/para ese timo que es el progresismo.
Loa antiguos romanos habían descubierto, y lo proclamaban en latín para que no todos lo entendieran, que el alcohol suele soltar la lengua: “In vino véritas”
Nosotros, más sencillos, y también más eficaces, lo expresamos en forma de refrán, precisamente para que lo entienda todo el mundo: “Los niños y los borrachos dicen siempre la verdad”
Tal como están las cosas, hemos de matizar tan sabia sentencia: hoy día hay muchos, sobre todo, políticos, que ni borrachos dejarán de mentir.
La verdad, lo que siempre hemos entendido por verdad, es cada vez más, una especie en extinción. O casi. A lo mejor es por lo barato que sale el decirla… y lo caro que puede llegar a costarle al que se le escape una no muy políticamente correcta.
Próximo a Santander se encuentra el Valle del Toranzo. Allí, en la colina de Cereceda, se erguía, siglos ha, la casa solariega de los Gómez de Quevedo; hecho éste que, si no prueba, tampoco le andará demasiado lejos, que mi querido Profesor Cereceda muy posiblemente esté emparentado con nuestro sublime poeta. No me extrañaría en absoluto. De alguien tuvo que heredar este ilustre amigo su agudeza y buen tino.
Pues bien, Don Francisco de Quevedo, un genio hasta en sus ratos libres, al comienzo de su “Epístola satírica y censoria” nos regaló nada menos que esto:
“No he de callar, por más que con el dedo/ya tocando la boca, ya la frente/silencio avises o amenaces miedo/¿No ha de haber un espíritu valiente?/¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?/¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Fue escrito hace aproximadamente quinientos años; en una época, no lo olvidemos, en que los censores de todo tipo estaban siempre al quite; para asfixiar implacablemente cualquier muestra de ingenio no agradable para los diversos Poderes que pastoreaban aquella España de nuestro Siglo de Oro. Que en ese acoso, cada vez se va pareciendo más a la actual. O eso pretende, al menos, nuestro amado Presidente. Desde luego, está en ello, el hombre, con su mala idea de costumbre. Y tiene mucha, como podemos comprobar a diario.
Pues bien, en ese ambiente tan opresivo, nuestro poeta clamaba por la verdad, como bien supremo para quien empuñe una pluma y tenga algo de dignidad.
La verdad hay que decirla, gritarla a veces, por mucho que llegara a costarnos tamaña osadía.
¡Qué hermosa declaración! Y también, ¡qué olvidada está por estas fechas!
Nuestra amadísima clase dirigente disfruta pródigamente otros vicios: drogas caras, prostitución cara, coches caros, ropas caras, joyas caras, amigas caras, viajes caros, en no pocos casos, atracos caros…No parece que el alcohol se encuentre entre sus consumos favoritos; supongo que se apartarán de él por miedo a hacer buena aquella sentencia romana: con mucho vino en el cuerpo podrían hablar demasiado. Quiero decir, que se les escapase alguna desagradable verdad. Y eso, el jefe, no lo perdona. Les exige siempre que tomen buen ejemplo de él.
Hagamos un ejercicio de imaginación: supongamos que algunas de nuestras figuras políticas formulasen, en claro estado de embriaguez, y públicamente, alguna declaración.
Por ejemplo, una señora, de la que no daré más datos, sino que está casada:
“Señoría, yo creo que, en vez de enumerar ante este Tribunal los chanchullos en los que estoy metida, sería mucho más práctico declarar en cuáles “no” estoy implicada… todavía. O nos daban aquí las del alba”
O cierta Ministra, a la que se le preguntara cuántas viviendas sociales iba a construir su Departamento en la próxima Legislatura:
“Por si puesto que ¡ni una sola! Estaría yo loca; prometer, eso sí, lo de costumbre: unos cuantos millones, ya pensaré cuántos exactamente. Sería un tremendo error: la gente, en cuanto se convierte en propietaria de algo, suele votar fascista. Cuánto menos tengan, mejor”
Y no digamos, si el entrevistado fuera Presidente del Gobierno. ¿Qué respuesta daría, completamente borracho, a la pregunta “¿por qué cada vez que promete algo termina haciendo, siempre y sin excepción, justamente lo contrario?”
“Porque como aquí mando yo, sólo yo, únicamente yo y, además, tengo a mis pies todo lo que se mueve…digo y hago lo que me da la real gana. Por cierto, lo de “real”, habrá entendido usted que va con segundas. Es casi lo único que me falta.
Así pues, cuando toca hablar, hablo; por el contrario, cuando toca hacer, hago. Observará usted que “hablar” y “hacer” son dos verbos muy diferentes. ¡Como si no supiera distinguirlos!¡Qué pegunta más tonta!”
Se han dado casos de políticos que, pillados en alguna mentira, se han visto obligados a dimitir. Eran otros tiempos y otras costumbres. Aunque ya entonces se decía: “Los políticos no se dividen en sinceros o mentirosos. Muy al contrario, las dos clases las componen aquéllos a quienes se ha descubierto y, el resto, a los que, todavía, no”
Por supuesto, hemos de hacer justicia con algunos de ellos. Por definición, “mentir” es decir lo contrario de lo que se piensa. Por lo tanto, los incapaces de pensar, quedan automáticamente excluidos de la posibilidad de caer en ese vicio.
Esto cabría aplicarlo, por ejemplo, a algún Ministro que otro… sin olvidar a cierta Ministra… sí, la misma en la que está usted pensando: la que dice lo que dice y no dice lo que no dice…sin terminar de decir lo que debería decir. De ese modo ¡cualquiera sabe si miente o no… o ambas cosas a un tiempo, que de esta gente se puede esperar cualquier cosa!
Hace poco vi un reportaje de preguntas en la calle; imagino que las respuestas sensatas habrían sido eliminadas del montaje final; todas aquellas personas que confesaban haber votado al PSOE, cuando se les hacía ver que era un Partido que, continuamente, decía una cosa y hacía la contraria, los entrevistados ¡sin excepción! contestaban: “¿Y qué? ¡Todos mienten…!”
Para esa gente, y siguiendo su lógica, a partir de que los asesinatos rebasaran una determinada cifra, habría que declararlos legales.
Soy incapaz de dar con un razonamiento que acepte como deseable el ser gobernados por una clase política que nos mienta a diario.
Si alguna de estas personas estuviera casada… ¿tendría la misma tolerancia con los engaños de su cónyuge, a partir de la disculpa “como hay mucho adulterio…”?
Para terminar, un tópico: “Cada pueblo termina teniendo lo que se merece, según el grado de insensatez sus ciudadanos”
No estoy de acuerdo; no del todo, al menos.
¿Por qué razón la España civilizada ha de pagar las barbaridades que comete la otra?
¡A ver quién es el guapo que da con la solución a este dilema!
Que, por cierto, sería también el principio de la solución a la caída en picado (y en moto, para que sea más rápida) de nuestra España de hoy.
A lo mejor la clave va a estar en conseguir que nuestros políticos beban más.
