No todos los políticos son iguales, como no todas las tormentas son iguales

La gota que colmó el vaso

Algunos políticos, como algunas tormentas, arrasan pueblos

La gota que colmó el vaso

En el tumulto y la exaltación por la indignación ante una injusticia o atropello, a menudo surge la tabula rasa en forma de frase: «…si es que todos los políticos son iguales…». Y las consecuencias de la riada en Valencia, Albacete y Cuenca son un perfecto ejemplo de tales ocasiones. Cuando parece que ya no se pudiera denunciar más, esta frase acaba con el siguiente paso natural de la conversación: denunciar las causas y convencerse de las soluciones. Esta frase sentencia la conversación a un deporte de desahogo que no tiene consecuencias efectivas y la reduce sólo a un momento de lucidez y honestidad en el reconocimiento de la realidad. Se corta cualquier expresión de análisis profundo en busca de una alternativa, se renuncia al coste que supone analizar las causas de la situación para ponerle remedio. En su lugar, una invitación agria y templada a la resignación –si es que todos los políticos son iguales– pasado el torbellino de pasión inicial. La consecuencia es que la decepción y el enfado quedan estériles en generar un cambio real que prevenga futuras decepciones y enfados.

Una declaración comprensible pero absolutamente perniciosa, erosiva, una condena a futuro para permitir la dependencia venidera. ¿Por qué este discurso de pasividad que invita a la calma incómoda ante una indignación legítima?. Los dictadores se sirven de esta resignación, de ese discurso de renuncia personal a combatir actuaciones ilegítimas o directamente criminales, como la mejor arma para mantenerse en el poder. La acción del sátrapa consiste en fomentar el caos, Zapatero dixit, para que sus víctimas, es decir, los ciudadanos perciban una fuerza superior, impredecible, que escapa a su control y cuya criminal acción queda oculta ante lo que parece una situación sobrevenida y natural. Sólo queda pues, al ciudadano, –y esto es lo que el sátrapa busca– la aceptación de lo que percibe como destino, al albur de las fuerzas de la fortuna sin capacidad para determinar su rumbo. Una rendición ante el supuesto azar y una consecuente dejación de funciones para analizar las causas de la situación. Así encuentran consuelo intelectual, un sucedáneo de consuelo, las pobres víctimas que se quejan amargamente de su impotencia pero que están unidas en el devenir caprichoso de lo que perciben como incontrolable e inevitable. Esta aceptación es una muerte en vida y está basada en una falsedad y sobre todo, permite perpetuarse a la escoria gobernante.

Efectivamente, no controlamos las nubes ni la redondez de la tierra, pero sí podemos ejercer control sobre las consecuencias, podemos predecir para mitigar y manejar los resultados, incluso a veces a nuestro favor. ¿Acaso no hemos aprendido a predecir el tiempo con cierta precisión y llevar un paraguas cuando anticipamos que va a llover? ¿Acaso no sabemos en qué estación se ha de cultivar cada especie de planta? ¿Acaso no hemos aprendido a llegar a destino navegando a través en nuestros viajes, prediciendo la posición y el rumbo con brújulas y demás artilugios? ¿Acaso no se ha aprendido a predecir el peligro de una mina con pájaros a modo de detectores? ¿Acaso no nos hacemos una radiografía para diagnosticar una neumonía y tomamos antibióticos para prevenir la muerte? En ninguno de estos casos nos rendimos ante la supuesta rueda de la fortuna, ni dejamos de intentarlo aunque la empresa se demuestre complicada. En ninguno de estos casos alguien aceptaría no aplicar el conocimiento para predecir en la mejor medida y actuar en consecuencia. No hacerlo sería pura negligencia y dejaría el curso de las cosas al azar de forma deliberada. No es extraño que entonces el desastre ocurra en toda su crudeza como crónica de una muerte anunciada.

Pues ¿quién ha tirado los dados apostando en nuestra contra? Todos sabemos que Sanchez en primer lugar, pues no todos los políticos son presidentes del Gobierno. No todos los políticos son iguales. Algunos están autorizados a usar el Falcon, y otros, no. No todos los políticos son iguales. Algunos pueden convocar un Consejo de Ministros y aprobar un decreto de estado de emergencia, otros no. Algunos pueden decidir que se mande un contingente de rescatistas a Marruecos en las primeras 24 horas cuando hay un terremoto, otros no. Si todos los políticos fueran iguales, ¿serían recibidos como Sanchez en la India con todos los honores cual marajá?. Si Sanchez cuenta con las prebendas del cargo de Presidente del Gobierno, y se le anuncia así cuando llega a codearse con la élite mundial, entonces también tiene la correspondiente responsabilidad y capacidad. Y ¿por qué no la ejerce? ¿Es sólo incompetencia? O, ¿más bien es propósito?. En absoluto, pues al igual que es negligente no hacer la radiografía o no poner antibióticos ante signos de neumonía o meningitis igualmente lo es destruir presas condenándonos a la sequía y a los torrentes y no construir las necesarias que hubieran sido determinantes. Es negligencia con alevosía, anular alertas, no enviar militares y otras dotaciones en las primeras horas, como sí hizo con el terremoto de Marruecos y rechazar ayuda extranjera por razones políticas de Nayib Bukele, de Francia, de tantos otros, como hiciera Chavez con la Tragedia de Vargas de 1999, las inundaciones que asolaron Venezuela con 30.000 muertos. ¿Cuántas personas arruinadas y destruidas se encuentran en la lista homicida de Sánchez?

No es incompetencia, es negligencia, y es negligencia culpable, un delito criminal, y lo más sangrante es que no es por desidia, es contumacia, propósito criminal, conducta dolosa que tiene únicamente un objetivo político: poder gobernar sobre la miseria, la división y el caos, que sin duda es más fácil para un oportunista carroñero. ¿Quién le dió los dados a este embustero miserable que se sirve de la percepción de impotencia para alzarse en el mar de la desesperación? Los ciudadanos dimos el poder a este jugador, un psicópata que coloca personas como peones en un tablero, como escudos humanos de su negociete mafioso. Todo es una oportunidad para él, y él está bien. Produce el problema para después vender dependencia en forma de compresión y empatía. Él te lo da y él te lo quita. Bendito sea su santo nombre.

¡Ya basta! Los españoles ya se dan cuenta qué personajes son Sanchez y todos sus acólitos, todos los eslabones de su destrucción. La gota fría ha sido literalmente la gota que ha colmado el vaso, no puede haber mayor bajeza moral y por fin hemos entendido a qué se refería con el «fango», ha dejado de ser metáfora. Cada uno de nosotros, como ciudadanos, no seguimos su ejemplo podrido, ya sabe que son muchos los españoles que no son como «todos los votantes», desinteresados en tomar las riendas, sino muy al contrario un clamor de justicia y responsabilidad y cada vez más. Sanchez ya siente la denuncia sobre su cabeza y pronto el insomnio del culpable y el aliento de los justos en el cogote. ¿Acaso no tienen nombre y apellidos los que nos llevan al precipicio?
Sí, si tienen. Apuntemos con el dedo a nuestros verdugos con clarividencia de justiciero, y no olvidemos lo que un día hicieron a nuestra nación.

No todos los políticos son iguales, como no todas las tormentas son iguales, algunos políticos, como algunas tormentas, arrasan pueblos. Y todo el mundo sabe quiénes son. Señalemos con el dedo al culpable, llevemosle ante la justicia que no se rinde a sus manipulaciones y contubernios.

GRAN SELECCIÓN DE OFERTAS MULTI-TIENDA

CONSOLAS

ACTUALIZACIÓN CONTINUA

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído