Escucho, con abundante frecuencia, una propuesta, para mí disparatada, proveniente de personas, con toda la razón del mundo, indignadas ante el lamentable espectáculo que ofrece a diario la Televisión pública: Verdadera bazofia, tendenciosa y falaz. Ciertamente, hay razones más que suficientes para subirse por las paredes; pero la solución que ofrecen es nada menos que ¡cerrarla!
Podría estar equivocada, pero el problema es muy otro y, en consecuencia, la posible solución también ha de ser diferente.
La madre del cordero reside en que en esta España de nuestros pecados, existen Leyes, muchas Leyes. Pero, lo que debería ser su imprescindible complemento, medidas eficaces para lograr que efectivamente se cumplan, de esas, lamentablemente, no tenemos ni una.
Resulta que, cuántos más canales de información llenen las ondas, más necesaria se hace una televisión para todos, realmente digna y eficaz; realmente manejada por profesionales independientes; servicio público realmente; en definitiva, de la que podamos fiarnos en todo momento.
Llamo su atención hacia las veces que repetido el adverbio “realmente”. En seguida descubrirán por dónde van mis tiros.
Lo repito: cada vez se hace más necesaria esa Televisión realmente pública.
Imagino que la Ley que actualmente rige su funcionamiento estará llena de buenas intenciones; pero, una vez más, nadie se ha tomado la molestia de garantizar razonablemente su efectivo cumplimiento.
Ahí está el auténtico quid.
¡Nada de cerrarla! Muy al contrario, se hace más necesario que el comer, llevarla a una dimensión menos mastodóntica, siempre en busca de la mayor eficacia.
¡Y ponerla a funcionar de inmediato! Como claro contraste a los cientos de canales, cada uno de su padre y de su madre, que vaya usted a saber para quién vendimia cada uno de ellos.
Promúlguese, pues, una Ley que determine su funcionamiento y deje también claros sus objetivos, repito, un verdadero servicio público, profesional e independiente.
Tendríamos ya la primera parte.
Faltaría la segunda, no menos imprescindible: dotarnos de un modo seguro, eficaz y difícilmente vulnerable, sea cual fuere el Poder que quisiera hacerse con su control absoluto.
Vuelvo a aquel “realmente” tantas veces repetido unas líneas más arriba.
En España, el único Poder verdaderamente independiente, por encima de Partidos e intereses varios, es la Corona.
Acudamos, pues, a ella.
Creemos una especie de Consejo General formado, a lo sumo, por tres o cuatro personas.
Podrían ser, por ejemplo, significados profesionales del Medio, ya jubilados, lo que supondría, para empezar, un indudable aporte de experiencia.
Súmese a ello su trayectoria independiente, quiero decir, al margen de cualquier Partido o Sindicato.
Póngase al mando a ese Consejo General, que tendrá toda la autoridad a la hora de decidir nombramientos y destituciones, además de cuánto se refiera a contenidos y tratamiento.
¿Quién nombraría a los miembros de ese Consejo?
¡Pues, naturalmente, el Rey!
¡Si eso no es “arbitrar”, función, por cierto, atribuida al Jefe del Estado por la actual Constitución…!
Si a alguien se le ocurre otro modo razonable de garantizar su funcionamiento, repito, realmente público, profesional e independiente, que lo diga ahora mismo… o calle para siempre.
Pero, amigos de cerrar TVE, ese y no el que ustedes proponen, es el mejor camino hacia una Sociedad más y mejor informada.
Una Sociedad cada vez menos manipulada.
Quiero decir, una Sociedad más libre.
O sea, justamente lo contrario de la que actualmente padecemos.
Practiquen conmigo un sabroso ejercicio de imaginación.
Han pasado diez, veinte años desde que se implantó este audaz sistema para dotarnos de una verdadera televisión pública.
¿De verdad creen ustedes que la gente votaría lo mismo que ahora?
¿De verdad creen ustedes que tendríamos Partidos Políticos parecidos a los de ahora?
¿De verdad creen ustedes…?
Pues eso.
