A veces es necesario recordar lo vivido, para comprender dónde estamos; de dónde venimos, y a dónde vamos. Es bueno poner a la ingrata memoria, cara a la pared, a recordar.
Sucedió hace 15 años, durante la última misa del día. Eran las ocho de la tarde, y en la pequeña nave apenas éramos, aparte del octogenario sacerdote, una docena de personas, la mayoría, mujeres de edad avanzada. Y es que siempre ha habido más viudas que viudos.
Los marcados silencios litúrgicos, durante la celebración eucarística, permitían oír el pacífico sonido de una pertinaz lluvia. Era invierno y hacía frío, mucho frío, y la paz que se respiraba era infinita.
Llegado el momento de la lectura del Evangelio del día [Juan, 20], sonaron a través de los labios del anciano cura, las palabras de Cristo al apóstol Tomás: “…porque has visto has creído; dichosos los que creen sin haber visto”.
En aquel instante, un servidor se vino arriba, no ocurriéndosele más que, en un desafortunado arranque de orgullo poco justificado, decir: ¡Señor, yo no necesito ver para creer! ¡Creo en ti, Señor!
Apenas había pronunciado mi boca la última palabra, cuando de repente, como una bofetada, vi pasar por mi mente, a velocidad de vértigo, el tráiler de mi vida. Una serie ininterrumpida de flases de mi pasado, en los que descubrí como la mano de Dios había actuado a lo largo de toda mi existencia; modelando, tallando y podando, el ser que ahora soy.
En ese momento me fue revelado que todo aquello que en su momento atribuí a la suerte o mi buena o mala estrella, no fue fruto del azar o la casualidad, sino de la Misericordia del Padre y el Amor del Hijo, que siempre habían estado a mi lado, protegiéndome y señalándome el camino que debía de tomar. Me fue mostrado el precipicio dónde hubiese acabado de no variar el rumbo, y como los golpes que en su momento recibí me salvaron de caer en él.
Aquello fue como una mezcla de la novela de Dickens “Un cuento de Navidad” y la película de Frank Capra “Qué bello es vivir”. Pero lo que yo había visto no era ni un cuento, ni una película. Lo que acababa de experimentar era tan real, como el aire que respiraba.
Cuando salí del templo las piernas me temblaban, y mientras la fría lluvia bañaba mi traspuesto rostro, recuerdo que fui consciente del regalo que acababa de recibir; un regalo que habría de marcar mis pasos a partir de entonces…
A veces oigo comentarios de amigos que se admiran de la fe que tengo, y dicen que soy afortunado por ello…; que tengo mucha suerte…; como si tener una fe inquebrantable, a prueba de obispos y papas, fuese una cuestión de suerte; una lotería del Cielo.
Lo cierto es que, en mi caso, la fe ha sido fruto de la constancia; de la perseverancia y la oración a lo largo de los años. Unas creencias que comenzaron por tradición cuando tenía siete años de edad, y que con el tiempo se fueron transformando en creencias por convicción…; en Fe con mayúscula.
Dios se me ha manifestado en tres ocasiones en esta vida, pero ninguna ha sido estando de fiesta en una discoteca, o en una reunión de negocios, sino que la experiencia mística ha estallado estando en el sitio adecuado, en el momento adecuado. A buen entendedor, con pocas palabras basta.
Vivimos en la sociedad del ´¡no sé lo que quiero, pero lo quiero, y lo quiero ya!´. Posiblemente, alguien consiga oír la voz de Dios en el momento que lo desee, al fin y al cabo, su misericordia es infinita; pero ese no ha sido mi caso.
A un servidor le ha costado muchos años, (más de media vida), descubrir que el Reino de los Cielos siempre ha habitado en mí. Ahora tan solo me falta ser digno de habitar en él.
En ello estoy, y no desespero de conseguirlo algún día…; en esta vida, o en las que aún me restan por escribir.

