Podríamos hablar de la Global Sumud y de su ridículo planetario.
Encabezada por Ada Colau y Greta Thunberg, la flotilla partió hace una semana de Barcelona con grandes aspavientos, anunciando que su misión era “liberar a los palestinos de Gaza del yugo israelí”.
Pues ya ha regresado a puerto dos veces, y no para reponerse de sus heridas tras heroicos enfrentamientos con el ejército sionista, sino porque la cuadrilla de activistas se mareó y echó la pota con las primeras olas del Mediterráneo.
También podríamos despotricar a propósito de las nuevas claudicaciones de Sánchez ante Puigdemont y los separatistas catalanes, que, además de Hacienda propia, van a tener acceso a nuestros datos fiscales y recibirán, vía cupo, el triple de dinero que el resto de los españoles.
Tendremos tiempo para eso, porque la cosa va para largo.
Prefiero, antes de que se enfríe la indignación por la violación de una niña española de 14 años, que reflexionemos juntos y en voz alta sobre el espinoso embrollo de la inmigración ilegal.
El discurso de la izquierda española en relación con ese asunto baila entre la estupidez y el buenismo suicida.
No solucionas los problemas cambiando de nombre a las cosas o cerrando los ojos, porque la realidad termina golpeándote en la cabeza, como acabamos de ver en el barrio madrileño de Hortaleza.
En las zonas de lujo, donde ha comprado su nueva mansión Zapatero, tiene Bono sus propiedades inmobiliarias o residen los dirigentes del PSOE y los malandrines progres que nos malgobiernan desde hace ocho años, los inmigrantes no existen más que en la forma de jardinero, empleada del hogar, repartidor, obrero de la construcción o camarero.
Es en los sectores humildes donde pasan las cosas malas y ocurren las desgracias.
Y no es racista, aunque los periodistas de la Brunete Pedrete y el Ministerio del Interior de Marlaska se empeñen en ocultarlo, que el violador de Hortaleza es un marroquí de 17 años, con historial delictivo y multirreincidente.
Como tampoco lo es dejar patente que más del 30% de los delitos graves —violaciones, agresiones, robos con violencia y atracos— son perpetrados por extranjeros, cuando solo representan el 12% de la población de España.
Las víctimas no son esos MENAs a los que corrieron a palos unos encapuchados, ni los que acarrean carne humana en patera, a 5.000 euros por cabeza.
Aquí, las víctimas, además de esa niña y su desventurada familia, son todos esos españoles que sufren en sus carnes la delincuencia derivada de la inmigración ilegal, combinada con el descontrol administrativo, la desidia oficial, un Código Penal desubicado, un sistema judicial bobalicón y un Gobierno cínico y en la inopia.