El pasado 8 de marzo, España no vivió una fiesta de la igualdad; vivió un ejercicio de matonismo ideológico amparado por las cámaras de televisión. Bajo el disfraz de la “sororidad”, las calles se convirtieron en zonas de exclusión donde la libertad de pensamiento fue apaleada. Mientras los telediarios editaban vídeos de cánticos y purpurina, la realidad cruda era otra: insultos, empujones y agresiones físicas contra periodistas, ciudadanos de a pie y mujeres que se negaban a comulgar con ruedas de molino.
La Gran Mentira del Feminismo de Salón
¿Desde cuándo la defensa de la mujer consiste en expulsar a mujeres de una manifestación? ¿Desde cuándo la igualdad se protege liberando a violadores con leyes chapuceras mientras se señala al hombre por el simple hecho de serlo? La presencia de figuras políticas que han blindado legalmente a delincuentes sexuales en estas marchas es la mayor bofetada a las víctimas reales. No es feminismo, es control social. No buscan justicia, buscan un pensamiento único que criminaliza la disidencia y utiliza el miedo para silenciar a quien se atreva a cuestionar el chiringuito ideológico.
El Acoso a la Información y el Odio a la Juventud Disidente
Uno de los episodios más oscuros de esta jornada fue el acoso sistemático contra quienes no portaban el carné de buen militante. Periodistas y reporteros fueron hostigados, insultados y agredidos físicamente simplemente por intentar ejercer su deber constitucional de informar sobre la verdad de lo que allí ocurría. Se intentó tapar objetivos, se gritó al oído de quienes grababan y se llegó a las manos para impedir que el país viera la cara menos amable de la marcha. Para el feminismo hegemónico, la prensa no es un servicio público, sino un altavoz que debe ser silenciado si no se limita a repetir la consigna oficial.
Del mismo modo, asociaciones juveniles que acudieron para defender una visión distinta de la feminidad o para cuestionar las leyes actuales fueron recibidas con una violencia desmedida. Jóvenes que, con la valentía de quien no se deja adoctrinar, se atrevieron a pisar la calle para defender principios contrarios a la masa, sufrieron el asedio de grupos que, paradójicamente, dicen luchar contra la opresión. Se les rodeó, se les escupió y se les expulsó bajo amenazas, demostrando que en el 8M no cabe la diversidad de opinión, solo el pensamiento único impuesto por el rodillo ideológico.
Las Verdaderas Feministas no Estaban en la Marcha
Mientras las calles del centro se llenaban de proclamas vacías y consignas de odio, las verdaderas protagonistas de la España real estaban trabajando.
La granjera que se levantó antes del alba para cuidar su ganado.
La autónoma que levantó la persiana de su negocio asumiendo el doble de trabajo porque sus empleadas “hacían huelga” de escaparate.
La profesional que no necesita que una ministra le diga cuánto vale, porque su valor lo demuestra cada día con su esfuerzo y talento.
Esas mujeres, que sostienen la economía y la familia sin pedir cuotas ni privilegios, son las grandes olvidadas. Para ellas no hay cámaras, porque su realidad —la del mérito y el sacrificio— no encaja en el relato victimista del feminismo hegemónico. Estaban trabajando mientras otras se dedicaban a agredir a quienes no repetían su dogma.
El Silencio Cómplice de los Medios
La farsa no estaría completa sin una prensa que mira hacia otro lado. Se ocultan las agresiones a asociaciones cívicas, se pixelan los rostros de los violentos si son “de los suyos” y se vende una marea de alegría que solo existe en sus guiones. La censura no es solo borrar palabras; es decidir qué agresiones merecen ser noticia y cuáles deben ser enterradas.
¿Queremos una sociedad que avance de la mano de la libertad y el respeto, o una dictadura emocional que agrede al que discrepa? La igualdad real no se grita en una manifestación financiada con dinero público; se ejerce respetando la ley y valorando a la mujer por su capacidad, no por su ideología.
