Si el prójimo (del latín “proximus”) lo componen aquellas personas más próximas a nosotros, y va y resulta que el Evangelio manda a los cristianos que amemos al prójimo como a nosotros mismos, [Mateo 22:39], pues va a ser que como cristiano tengo un problema serio, ya que hay una pequeña parte de ese prójimo a la que, contraviniendo lo dicho en el Evangelio, amo más que a mí mismo, y que son la célula base, principio y fin, de aquello que llamamos patria.
Pienso que lo que da sentido al vivir, es tener por quién morir sin dudar, por amarlo más que a tu propia vida.
Algo difícil de entender, para aquellos que jamás darían la vida por nadie, ni por nada.
Conforme envejeces podría parecer que esa entrega incondicional, pierde mérito, pero no es así, porque la entrega generosa, al igual que el maldito egoísmo, siempre han estado; siempre están; porque es algo personal e individual, que va desde, la cuna hasta la sepultura, para bien o para mal.
No es cuestión de edad.

