Juan Pérez de Mungía: «Los verdugos de la ejecución de Noelia Castillo»

Juan Pérez de Mungía: "Los verdugos de la ejecución de Noelia Castillo"

Noelia ha muerto. Una víctima de las 14 violaciones que ocurren cada día, una de las 2432 personas que han solicitado la eutanasia, un escándalo que se repite día a día en el suicidio de las más de 4000 víctimas cada año, primera causa de muerte entre jóvenes abandonados a su suerte ante la ausencia total de asistencia a la salud mental, muertes a las que se suma el suicidio asistido que protegen las leyes de una élite de lobos asesinos, vestidos de ovejas compasivas. A Noelia la siguen despedazando, ya muerta. Ella, desgraciadamente, siempre ha sido una cosa para otro, un medio o un objeto, nunca un fin. Violada en su integridad física, y arrebatado su desarrollo personal  ha sido usada por todos y ahora, una vez más, en su muerte. Bendecida por la secta de la destrucción. Noelia fue arrebatada a su familia, fue arrebatada por los servicios sociales que debían tutelarla, encarcelada en un centro de menores por insuficiencia de recursos familiares, por disfunciones familiares tratables, mientras se financia y se premia a toda suerte de inmigrantes ilegales. El Estado no le proporcionó más formación que para ser víctima, no proporcionó ayuda a sus familiares directos, ni  vivienda, ni atención social. El Estado ofrece la muerte, la aniquilación. La consigna nihilista del socialismo sanchista: no tendrás nada y serás feliz. Solo serás feliz cuando te hayamos ejecutado. La abuela le recuerda su visita a Lourdes, el maravilloso futuro que le espera en la otra vida, junto a ella cuando muera. Los totalitarios quieren eliminar cualquier vínculo que haga que una persona tenga identidad: su familia, su trabajo, su vivienda, su comunidad, su patria. A Noelia le arrebataron su identidad y tras haberla perdido, le ofrecieron arrebatarle su vida. El ataque es un feminicidio encubierto que no solo destruye su identidad social, sino la mismísima posibilidad de ser reconocida como sujeto. Como pasa con cada suicida.

Noelia Castillo ha vivido en un estado de indefensión aprendida, como un objeto de consumo, como una cosa para otros. Ni siquiera se atreve a denunciar las agresiones sexuales mientras estaba recluida bajo protección pública, porque ha desarrollado esa conciencia de víctima, víctima, también, de las feministas proislámicas que la han abandonado a su suerte, que no han protegido la interposición de una denuncia, que aceleran el paso para facilitar la eutanasia. Noelia Castillo como víctima actúa como un sujeto que desconoce tener propósitos, que los pierde en el proceso suicida de liberarse de una angustia inmanejable, cualquier situación la desborda, cualquiera la humilla, mientras, somete a prueba el deseo del otro porque viva. Su padre presente no pudo hacer nada cuando se arrojó al vacío. El padre ausente se devana los sesos, consciente de su fracaso. Noelia se desmerece a sí misma y se pregunta por su existencia, y concluye su inutilidad y experimenta hastío. Esa representación de sí misma que se describe como un estado de alienación subjetiva, donde el sujeto no se experimenta como un agente autónomo, deseante y deseable, se percibe como una cosa objetivada al servicio exclusivo de cualquier otro actor. El resultado es una pasividad extrema, la ausencia de proyecto vital y la convicción de que “nada depende de lo que haga”. Noelia Castillo no es parapléjica, un bulo que extienden los medios que viven del erario público.  Noelia presenta una paraparesia consecutiva a un intento de suicidio, que no le impide subir las escaleras para ver a su abuela.

La indefensión de Noelia Castillo no era solo cognitiva: era existencial; ya no se reconocía como sujeto. Un siniestro diagnóstico psiquiátrico lo etiquetaba como trastorno límite de la personalidad. Noelia Castillo sentía náusea ante su propia existencia, sentía cansancio de rumiar sobre un yo que solo le producía una experiencia de repugnancia. El “desprecio masivo” se vuelve, entonces, en el único sentimiento estable: el desprecio hacia sí misma que se experimenta como hecho objetivo, no como opinión. La experiencia internalizada del desprecio de los demás. Prueba constantemente “el deseo del otro porque viva” porque, en el fondo, se siente una carga insoportable; la supervivencia misma se vive como una imposición ajena que hay que verificar una y otra vez. De ahí surge el pensamiento pre-suicida como liberación: no como deseo de morir por odio, sino como último acto de agencia posible ante una angustia que ya no se puede habitar. El odio no está permitido. La muerte aparece como el único modo de escapar de la humillación constante y de dejar de ser esa “cosa” que solo molesta o sirve. Una inversión narcisista de la personalidad. Y aparecen, entonces los comehostias, esa patulea de ganapanes que le requiere que atienda a una voluntad abstracta, seguir una doctrina, creer en un dios que la ama o en la vida eterna de la mano de su abuela.

Quiere ser perfecta y fracasa. Ese es el fondo de un diagnóstico psiquiátrico perverso que dá cobertura a la ejecución legal, un trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno límite de la personalidad, las conductas autolíticas, insuficientes para ignorar su libre voluntad, porque hay que defender la eutanasia como política de Estado. La libertad de ser no existe, es inducida, la libertad se predica, no se practica. Un progreso hacia el abismo cuando desaparece el capital social, cuando nada se espera de otro en favor de sí mismo.

Sufría una despersonalización propia, una cosificación radical del yo, ese lugar que se vive como instrumento, medio u “objeto a” cuyo único valor radica en satisfacer deseos ajenos, a merced de otros, mientras los propios se desconocen, se niegan o se vuelven invisibles. Solo fue feliz en la infancia. Esa misma experiencia de alienación donde cobra sentido la venganza sobre otros lacerándose, lesionándose con conductas autolesivas, e hiriendo su cuerpo, como ocurre en la bulimia o la anorexia. Ese cuerpo que se trata como simbólico, como medio de intercambio con otros, para vengarse de otros. Es la transformación del “yo soy” en “yo soy para ti / para ellos”. Un estado de conciencia que  genera una escisión: el yo real se vacía y solo permanece ante el yo-espejo, el yo-que-sirve. El “ser-para-otro” de Sartre, reducido a carne, a cosa, expuesta y sin interioridad propia. Se confiesa ante la cámara, y niega complacencia para que extraigan sus órganos. La condición de donante de órganos, es por defecto, preceptiva, para cualquier ciudadano que no haya declarado sus últimas voluntades. La ficción de la donación gratuita del cuerpo por incomparecencia. Si siente repugnancia de su existencia, no quiere ser donante de sus órganos. Esa repugnancia del cuerpo se presenta en la apotemnofilia, en el tatuaje, en las perforaciones de un cuerpo que se repugna, en los implantes mamarios, en las uñas postizas, en la miriada de conductas que niegan el valor del cuerpo, la razón de existir, en la cirugía estética, compulsiva, del aumento de pechos, hasta la autoasfixia, la doctrina que cultiva la frivolidad y el narcisismo de las féminas que se copian unas a otras, del «hermana yo si te creo» propia de la vulnerabilidad despersonalizante, la compulsiva sugerencia de las que viven las feminazis portada de Cosmopolitan.

Los ejecutores del gobierno nombran comisiones de evaluacion, 19 expertos, 13 informes, ninguno competente para juzgar la salud mental que ignoran como causa, para decidir lo que ya han decidido. Como la inexistente comisión de expertos en la pandemia del Covid bajo el inefable Fernando Simón. Como estafadores quieren vender que defienden la autonomía de la persona y su independencia. Te dan las opciones, tú eliges. Solo hay dos opciones, o te matas tú o te matan ellos.

Noelia creía que tendría identidad en su muerte, creyendo que no la tenía en vida. El Estado la ha complacido. Que ella misma accediera a su propio sacrificio sólo es reflejo de su desesperación por sentir que controlaba su destino, sometida a los azares y la impunidad de una sociedad destructiva. Pero tampoco en su muerte.  No hay muerte digna, sino vida digna. Como en las peores distopías, una burda caricatura de la realidad. Ahora, el asesinato consentido es un tratamiento médico. Los bomberos que sofocaban incendios, ahora los provocan, para forzar el crecimiento de la plantilla. Antes los médicos curaban pacientes, ahora los ejecutan. Por defecto, el principio supremo primum non nocere, desaparece por el designio de sicarios y verdugos bondadosos. 19 verdugos, elegidos a dedo por el consejero de salud de la Generalidad de Cataluña, casualmente financiados por la propia consejeria, con claros vínculos con la asociación Derecho a Morir Dignamente. Ciertos miembros de esa Comisión de la muerte forman parte de asociaciones de donación de órganos y han manifestado pública y reiteradamente que querrían que los procesos, para que se ejecutara la eutanasia a la persona solicitante, fueran mas rápidos.

La Constitución consagró el derecho a vivir, ahora el gobierno consagra el derecho a morir. El Estado, ocupado por una mafia fanática, extiende  sus tentáculos de propaganda y convierten el asesinato consentido en algo deseable y positivo.  ¿Por qué se libera al asesino y se impide la pena de muerte? Los mismos que se oponen a la pena de muerte de un reo desalmado, los mismos que creen que son reinsertables los violadores, los asesinos, los pedófilos y los terroristas, los mismos que creen que es peor evadir impuestos que matar, aplican la muerte a la víctima. Los nazis, bajo la Ley de Hitler, para la Prevención de la Progenie con Enfermedades hereditarias, primero repararon en el gasto, luego en la bondad de la ejecucion de locos y mal formados, ¿qué mejor destino podría tener una vida inviable, e invivible?. Hoy la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. El mal siempre se hace en nombre del bien. En los regímenes totalitarios ocurre así, lo revisten de derecho para deshacerse de aquellos que consideran inútiles, costosos, desechables.

Abocada a un vaivén de azares destructores decidió reafirmarse en lo único que una sociedad, manipulada por el Estado, le ofrecía para construir su identidad postrimera, sólo podría controlar su muerte. Noelia creía que tendría identidad tras su muerte, creyendo que no la tenía en vida, lo único que decidió en su vida, la solución final, ofrecida por un sistema que desprecia la vida.

Esta sociedad  podrida que no puede resarcir a la víctima ni tampoco siquiera protegerla, decidió ejecutarla, para ocultar su infamia y vestirla de éxito, vestirla de empatía asesina. Que no tiemble nadie ante la adversidad, que no muestre nadie ni un ápice de debilidad, ni se atreva a cometer un desliz en este país que persigue y penaliza a cualquiera que se salga de la secta de la psicología positiva. Si no eres feliz, suicídate, te ayudamos. El culto a la muerte que despedaza a sus integrantes en el altar de la falsa compasión. Estos debates están en el marco que el gobierno ha impuesto, hay un derecho a morir y van a utilizar todos los recursos a su alcance para que así sea. Habrá que implementar la eutanasia involuntaria para aquellos que hacen sufrir a otros y los primeros en esa lista están en el Gobierno socialista de Sánchez.

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