Has caído frente a mi casa, abatido, mas no derrotado ni vencido, y al hacerlo me ha parecido oír una voz que por mi nombre me llamaba.
Entonces he sentido tus ojos buscando los míos, y, cobarde, he bajado la mirada; tal vez por no ver tu rostro malherido, o acaso por no querer reconocer que era a mí a quien llamabas.
Pero no has insistido, porque Tú, Señor, nunca fuerzas ni avasallas.
Pero ya no has dicho nada. Tan solo he sentido un mudo silencio, roto por el suspiro de una lágrima que escapa. Una lágrima por mi, que me ha dolido, como al corazón duele la espada.
Y al sentir como la vergüenza incendiaba mi rostro, por segunda vez he vuelto a bajar la mirada, y al hacerlo he oído un apagado quejido…, un ahogado gemido y luego nada, tan solo el arrastrar de unos pasos que cuesta arriba se alejaban.

