Es previsible cualquier memez de un partido, como el PSOE, que, en un alarde de cinismo institucional, colocó al putero Ábalos al frente del discurso de la moción de censura «contra la corrupción».
El mismo partido que, con pompa retórica, denuncia la tecnocasta de las redes, la desinformación y los discursos del odio, lidera el uso masivo de esas mismas herramientas para fabricar desinformación y odio selectivo.
Pedro Sánchez no inventó la «máquina del fango» por casualidad: la puso en circulación porque la conoce a fondo, la ha operado durante años y sus huestes la manejan con la misma naturalidad con que gestionan la corrupción como un activo más del partido.
Por eso la Brunete Pedrete periodística, secundada por los pardillos de siempre que proliferan en los medios de comunicación de centroderecha, se ha apuntado con entusiasmo a la mamarrachada de que «musulmán el que no vote» es racismo.
Han pitado el himno de Egipto, cantado "musulmán el que no bote" y coreado el "Pedro Sánchez, hijo de puta", pero toda la llorera de los rojos viene por esto.
Así que no disimulen. pic.twitter.com/oM2UQSAmnz— Mr. Jones (@Mr_Jones_k) April 1, 2026
Antonio R. Naranjo titula hoy su columna en El Debate Español el que no bote.
El periodista, que a diferencia de lo que hemos hecho aquí, critica también los masivos y entusiastas cánticos de Cornellà, recuerda algo que es relevante, al menos en este país que gobierna el marido de Begoña y donde proetarras y golpistas separatistas campan a sus anchas y hasta hacen leyes: «se puede cantar «Español el que no bote», animar a ETA, insultar al Rey«.
En esta publicación del 4 de abril de 2026, el autor plantea una reflexión central: el Gobierno condena cánticos como «musulmán el que no bote» en un encuentro futbolístico de la selección española contra Egipto, pero hace la vista gorda ante ofensas sistemáticas hacia lo español provenientes de instituciones.
La columna pone de relieve la hipocresía en la respuesta a los incidentes ocurridos en los estadios.
«Se puede cantar «Español el que no bote», animar a ETA, insultar al Rey, pitar contra el himno y, además, ofender y denigrar todo símbolo nacional o religioso, con la seguridad de que nadie en el Gobierno protestará ni hablará de «odio»».
Naranjo ironiza sobre la necesidad de un manual oficial: propone que el Gobierno Frankenstein nos entregue un documento para saber qué se puede denigrar y qué no se debe ni mencionar, así todos estaríamos más tranquilos.
Este doble rasero es evidente en partidos disputados por equipos catalanes o vascos, donde los cánticos contra España son comunes sin causar revuelo mediático .
Profundiza además en la hispanofobia institucional, un descontento que va más allá de las gradas. Incluye este fragmento literal:
«Los españoles no son racistas, pero sí sufren a menudo hispanofobia institucional: la de cargos públicos que transforman su historia en un «genocidio», con infames brochazos sin réplica; la de cientos de eventos de exaltación o condescendencia con el terrorismo; la de incontables separatistas que atacan símbolos nacionales y la de un Gobierno que ve franquistas, homófobos, machistas y racistas por todas partes pero se vuelve sordomudo ante todos los ataques aquí descritos y otros tantos más que no provienen de una grada anónima hiperventilando durante unos minutos, sino desde partidos, organismos, instituciones y gobiernos perfectamente reconocibles e insistentes en su tarea.«
Aquí, Naranjo enumera agravios concretos:
- La transformación de la historia en «genocidio» por parte de ciertos cargos públicos.
- Eventos dedicados a ensalzar el terrorismo.
- Separatistas atacando símbolos nacionales.
- Un Gobierno ciego ante estos hechos pero extremadamente vigilante con otros .
Un párrafo clave destaca:
«y, al contrario, impulsará reformas legales para despenalizar las posibles consecuencias legales que pudiera tener ese tipo de comportamientos» . El autor contrasta la indignación generada por cánticos anónimos en Cornellá-Barcelona –donde se entremezclan aficionados de varios equipos, no solo del RCD Espanyol – con la normalización de insultos al Rey o llamamientos a ETA.
Con un estilo periodístico incisivo, Naranjo relaciona estos cánticos con un malestar social provocado por el islamismo radical presente en España , aunque subraya que esto no justifica actitudes racistas; simplemente expone una asimetría. Mientras algunas tertulias arden por «musulmán el que no bote», el «español el que no bote» queda relegado al olvido durante derbis catalanes o vascos . Propone coherencia: es necesario condenar todos los casos o ninguno. Esto refleja una sociedad radicalizada donde el fútbol actúa como amplificador de tensiones externas .
La glosa pone de manifiesto cómo estos debates suscitan pasiones intensas pero dejan flotando interrogantes sobre un criterio justo en épocas de gradas caldeadas.
Puntos clave del doble rasero
| Cántico o acto | Condena gubernamental | Ejemplos |
|---|---|---|
| Musulmán el que no bote | Inmediata, titulares | Partido España-Egipto, Cornellá |
| Español el que no bote | Ninguna | Partidos Cataluña-Euskadi |
| Animar a ETA, insultar al Rey | Tolerada o despenalizada | Estadios habituales |
| Ataques a símbolos nacionales | Impulsan reformas | Separatistas con tribuna |
Esta estructura revela la tesis de Naranjo: se hace urgente buscar equidad ante cualquier forma de odio, ya sea desde las gradas o desde los púlpitos. El debate sobre identidades en el ámbito futbolístico solo sirve para calentar motores hacia reflexiones más profundas sobre la cohesión nacional.
