A lo largo del siglo XV los habitantes de unas tierras lejanas y desconocidas vivían en armonía y paz. Aquella Arcadia no tenía nada que enviar a la idílica de la antigua Grecia, al contrario, la superaba en felicidad y bienestar. Las relaciones entre los oriundos eran el perfecto ejemplo de la cortesía y la educación. Nada podía desvirtuar aquel ambiente placentero y de concordia. Al menos eso creían sus habitantes, pero un día todo se torció, llegaron unos hombres extraños, barbudos, malhumorados y peor intencionados, que los sometieron a base de malos tratos, vejaciones y humillaciones múltiples.
Al parecer, esto es lo que sucedió en la conquista de Méjico cuando Hernán Cortés llegó a San Juan de Ulúa en 1519. Así lo debe pensar el Ministerio de Cultura, al programar una exposición como la que se va a inaugurar el próximo 9 de abril que lleva el título: “Nación Trans”, y en la que pretende argumentar todas las fechorías que cometimos los españoles contra las comunidades transgénero precolombinas.
A mí, personalmente, me parece una broma más de este gobierno desnortado y disparatado que tenemos, pero es una realidad que se verá durante los próximos meses. En el anuncio de la exposición se dicen cosas muy interesantes, tales como que el proceso de colonización: “no solo implicó despojo territorial y marginación racial, sino también imposición de un orden moral basado en el binarismo de género y la sexualidad normativa”. La verdad es que hay que tener imaginación para atreverse a escribir un “axioma” de estas características. No voy a incidir en lo que, hoy en día, cualquiera que quiera sabe, es decir, que los mexicas de Moctezuma eran unos asesinos antropófagos que dominaban al resto de los pueblos de Mesoamérica a base de asesinatos en masa para implorar a los dioses; me cuesta creer que los indios homosexuales, perdón trans, que es más actual, tuviesen un status acomodado en aquella sociedad.
Además, para intentar hacer creer que han estudiado a conciencia a la civilización que había antes de que los españoles llegaran a América, apelan a la cantidad de sociedades indígenas que había con “identidades de género diversas”, tales como: los muxes zapotecos, los empupillan mapuches, los nadleeh navajos o las wigudun gunas. Nombres exóticos que dan empaque a la exposición, pero que no muestran más que eso, el carácter exótico que desea el comisario de la misma. Dudo mucho, que haya documentación sostenida suficiente como asegurar que esas sociedades tenían hombres que reclamaban su dimorfismo sexual y que, además, se le respetasen. La homosexualidad existe desde civilizaciones mucho más antiguas que estas de América, no hay más que leer los textos de Safo de Lesbos que vivió en la antigua Grecia entre los siglos VI y VII antes de Cristo. Y si me apuran, desde antes porque el mito de Hermafrodito cuenta como éste, que fue hijo de Hermes y Afrodita, se fusionó con Salmacis en un solo cuerpo que tuvo características sexuales masculinas y femeninas.
La estrategia para mantener sus enclenques y raquíticas argumentaciones es irse hacia atrás en el tiempo, costumbre muy empleada por otros grupos mucho antes que ellos. Como ejemplo, valga el personaje de Hiram Abif, al que la masonería internacional nombra como su fundador, allá por el siglo X a.C. cuando participaba en la construcción del Templo de Salomón. Es un buen recurso el hecho de remontarse a tiempos lejanos de los que es difícil encontrar documentos para argumentar algo que quieres llevar a tu terreno.
Pero la declaración de intenciones de la singular exposición no acaba ahí, continúa diciendo que: “el sistema colonial borró progresivamente estas identidades, reduciéndolas y reprimiéndolas bajo categorías occidentales excluyentes”. Intentar explicar algo de la verdad histórica a este grupo indigentes intelectuales es una misión harto complicada, pero sin llegar a profundizar sólo les recordaré que, gracias a la intervención española, en la que nunca hubo colonias sino Virreinatos que eran territorios bajo la Corona exactamente igual que los de España, se generó una nueva civilización basada en la Evangelización y la Educación al indio. Como muestra quedaron las Iglesias, las Catedrales, las Misiones, las Universidades, el desarrollo de medicinas como la quinina, el desarrollo tecnológico local como la construcción de barcos para surcar el Pacífico, la enseñanza de la música con importantes muestras de barroco indígena (El festival de música renacentista y barroca de Moxos en Bolivia, se sigue celebrando hoy en día) y lo más importante la legislación para proteger al ser humano que allí habitaba.
Y como la lúcida mente que ha escrito el anuncio de la exposición, el día que lo escribió estaba en estado de gracia remata con lo siguiente: “Nación Trans propone una comunidad basada en la solidaridad, la lucha por la autonomía del cuerpo y nuevas formas de pertenencia desde los márgenes”. Por favor, que me lo explique, dispuestos a decir sandeces se ha llevado la palma.
En 1884 se publica El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado de Friedrich Engels. El libro muestra un estudio de la civilización americana basado en los estudios antropológicos de Morgan, el cual los inició en su primer estadio al que llamó: salvajismo y barbarie. En este inicio las sociedades vivían en común practicando el sexo libre sin condiciones de ningún tipo y sin imposiciones morales. Pero yo me pregunto: ¿Qué será lo que entienden estos señores por imposición moral? Imagino que estos defensores del “relativismo cultural”, esa corriente que en definitiva no acepta ninguna verdad, ni principio, simplemente por falta de compromiso, aceptarán que la verdad en la que cada uno de forma particular acepte. De ser así, y tal y como argumentaba Protágoras en sus Antilogías, ¿qué es lo que se debe aceptar por verdadero, moral o razonable? Y ponía los siguientes ejemplos: “los macedonios consideran bello que las muchachas sean amadas y se acuesten con un hombre antes de casarse, y no después de que se hayan casado; para los griegos es feo tanto lo uno como lo otro (…). Los masagetas hacen pedazos los cadáveres de sus progenitores y se los comen considerando como una tumba bellísima quedar sepultados en sus propios hijos; pero si alguno hiciera esto en Grecia sería rechazado y condenado a morir cubierto de oprobio por haber cometido un acto feo y terrible. Los persas consideran bello que los hombres se adornen igual que las mujeres y que se unan con la hija, la madre o la hermana; en cambio, los griegos consideran feas e inmorales tales acciones”
¿Quién decide entonces la imposición moral señor comisario de la exposición? ¿La moralidad es defender la transexualidad diciendo que ya era algo común y totalmente aceptado en las sociedades antiguas americanas? ¿No se da cuenta de cómo Protágoras ya en el siglo V a.C. nos hacía ver que para unas sociedades unas cosas son aceptadas, pero para otras no? ¿Esto quiere decir que vale todo? La respuesta es no, el ser humano tiene la capacidad de razonar para poder elegir entre lo que razonadamente está bien y lo que está mal. Las prácticas nefandas están mal, les guste a ustedes o no. Les cuesta creer en la evolución del ser humano y en la moralidad. Los españoles no impusimos ningún régimen estricto que coartase la libertad, de ningún tipo, al indígena, simplemente les ayudamos a integrarse en una civilización nueva, sufrieron un proceso de inculturación, exactamente igual que lo hicimos nosotros con la entrada del Imperio Romano en la Península Ibérica, allá por el año 218 a.C. La cultura que les transmitimos tenía como base la religión cristiana, en la que, por supuesto, la moralidad y la racionalidad imperaban y de ahí los resultados que dio la conquista que fueron muy exitosos hasta que los virreinatos se emanciparon en el siglo XIX y a la vista está cómo han llegado a nuestros días.
