Hazañas en la vida hay a montones, como aquella de ese Juanito cargando doce sacos de cemento a la espalda. Como la de aquella Josefina hincándose siete vasos de aguardiente y caminando después, toda tiesa, serena como un cirio, por el filo de una cornisa. Abundantes y coloridas hazañas hay en el mundo, que arrancan exclamaciones justificadas de asombro. Pero pocas proezas como la de buscar y encontrar a un ser humano que se adapte a nuestras costumbres, a nuestras singulares virtudes, y que acepte con buena cara y relativa indulgencia todos nuestros defectos, y que comparta a su vez con nosotros sus inquietudes, sus más íntimos sueños.
Más allá de esas modernas aplicaciones que prometen inmediatas uniones sentimentales y que no son otra cosa que grotescos y repugnantes mercadillos de carne humana, el anhelante soltero se empeña, empapado en colonia, en merodear cafeterías, gimnasios, lugares de afluencia común, con la frase amable memorizada y presta, con el gesto risueño bien ensayado. Se arroja el sedal prácticamente al azar, a ver si pica algo en cualquier marea. Se disparan cañonazos al aire al paso de cualquier bandada de pajarillos. Se calcula el momento en que cruzarse con la vecina en el portal, ahogándose uno en los vapores del perfume. Se le ponen ojitos tiernos al compañero de trabajo en el mostrador de la panadería, con meditada puntualidad, asfixiada una en ese pantalón de minúscula talla. Y si surge la ocasión, pintada calva, se tira de improvisada verborrea: «¿Vienes mucho por aquí, guapa?» «Sí, a recoger a mis nueve hijos. Cuatro salen ahora de inglés, y otros cuatro de piano, y al pequeño lo tengo pinchando vaquillas en un curso de rejoneo. Cualquier día se nos cae del caballo.» «Anda, qué interesante», dice el donjuán, sujetándose la sonrisa con cuatro imperdibles, y luego echa a correr como si lo persiguieran seis demonios. A aquel soltero cuarentón, que todavía conserva cierto porte, cierta mirada perturbadora, también se le arroja el hilo: «¿Vives solo, corazón?» «No, vivo con mi madre y sus tres gatos. Tenemos una relación muy sana basada en la confianza y el respeto. ¿Quieres subir a tomar un poleo?» «No, tengo alergia.» «¿A los gatos?» «A las situaciones patéticas».
Esa urgencia por encontrar una amorosa media naranja, ese terror a la visible individualidad, esa cosa negra de convertirse en paria a quien nadie ama… ¿Hay algo más triste, existe algo más miserable y penoso que aparecer sin compañía en la fotografía de perfil de las redes sociales? Hallar a la persona que recorra junto a nosotros, ay, estos senderos espinosos de la vida, y mostrar apresuradamente las dos cabecitas en el circulito del perfil, las dos cabezas asomadas, sonrientes, mejilla contra mejilla, con una sentencia al pie en letras de molde: «Encontré el verdadero y definitivo amor de mi vida. Otra vez». ¿No podrían las autoridades rebajar la rigidez de las normas y permitir que en la fotografía del DNI pudieran aparecer también las dos amorosas cabezas? ¿A qué tantas trabas? ¿A qué tantos obstáculos para impedirnos exhibir nuestra completa felicidad al mundo entero? Triste corolario: ¿qué sentido tiene encontrar por fin esa ansiada pareja si nadie va a ser testigo de nuestra dicha, si nadie va a envidiar nuestra suerte?
