Rusia ha perdido la guerra. La está perdiendo. La perdió. Tres momentos que indican la caída anticipada de Putin. Retomando el pasado, cuando se intentó la toma de Kiev y esta fracasó con un daño inconmensurable contra las tropas rusas, Putin perdió la guerra y el relato: lo que iba a ser un paseo militar fue una trampa para su ejército.
A medida que ha ido pasando el tiempo se ha comprobado la tenacidad de los ucranianos por defender su patria, algo que sorprende a los antipatriotas europeos que jamás serían capaces de luchar en defensa de sus países. Una Europa cínica, pusilánime, cobarde. Ha sido la admiración por Ucrania, por su valentía, la que ha permitido que la ayuda europea y americana siguiera fluyendo con restricciones. La ayuda ha sido con la boca pequeña, tardía, mientras Ucrania se desangraba, solo había gestos, dinero y muchos viajes de solidaridad, pero nada efectivo. Un ballet silencioso. Ayuda por la “vergüenza” que le produce la valentía ajena, y no por una convicción propia de defensa de la libertad.
Todos saben que el frente avanzó, se detuvo, retrocedió y volvió a avanzar en diversas ofensivas y contraofensivas. De nada le ha servido a Rusia dinamitar presas, matar a los civiles ucranianos mientras Kiev ha aplicado un método quirúrgico que poco a poco estrangula la yugular del petróleo y cercena la capacidad operativa de su corrompido ejército.
Ucrania se ha convertido en una potencia militar y, al mismo tiempo, en un espejo incómodo para el régimen de Putin, que acelera abiertamente la restauración de la dictadura soviética. En mayo de 2026, mientras los bosques de Katyn siguen guardando las fosas comunes de los más de 22.000 polacos e intelectuales asesinados por orden de Stalin en 1940, el Gobierno ruso ha inaugurado allí mismo una exposición que habla de “diez siglos de rusofobia polaca” y “nazis ucranianos”, sin mencionar el pacto Molotov-Ribbentrop ni la masacre. Justo esta misma semana, en Tomsk, el Kremlin desmontó por primera vez un monumento a las víctimas de la represión política soviética.
Putin ha renombrado la academia del FSB (sucesor del KGB) en honor a Félix Dzerzhinski, fundador de la Cheka, la policía secreta bolchevique responsable de miles de ejecuciones. Al mismo tiempo, se reescribe la memoria oficial: un museo que debía recordar la represión interna soviética y sus millones de víctimas (gulags, Gran Terror) se transforma este año en “museo del genocidio del pueblo soviético” a manos del nazismo, borrando toda alusión a los crímenes cometidos por el propio régimen.
Todo esto tiene un nombre y una fecha: La Orden 1564, firmada por el primer ministro Mijaíl Mishustin en junio de 2024. Este documento reescribe completamente el “concepto de política estatal para la preservación de la memoria de las víctimas de la represión política”. Según sus nuevos cánones, las represiones soviéticas ya no fueron masivas, las amnistías liberaron a “banderovtsi” y otros supuestos fascistas, y se difumina quiénes fueron los verdugos y quiénes las víctimas. La fundación Memorial, que durante décadas documentó con rigor los crímenes soviéticos, ha sido declarada “extremista” y liquidada.
Este borrado sistemático del pasado no es un detalle cultural: es la prueba de que el putinismo está reconstruyendo el andamiaje ideológico y represivo de la dictadura soviética. Se venera a Stalin y a la Cheka mientras se persigue a quien recuerda los gulags. Se niega la historia para justificar la represión actual y la guerra de agresión contra Ucrania.
Ucrania ha inventado un nuevo modelo de guerra donde los drones y su tecnología de visualización del campo de batalla se han convertido en el eje principal de la contienda. Ucrania fabrica drones suicidas a un ritmo superior al que Rusia reemplaza a sus soldados. Un dron ucraniano elimina un soldado ruso, pero no muere un soldado ucraniano. La tele-guerra o batalla a distancia es el arma secreta.
Ahora empieza a ganar la guerra con la capacidad ucraniana de alcanzar objetivos a mayores distancias y golpear con más intensidad la infraestructura logística, de producción de petróleo y armamento. No son bombardeos anecdóticos. Apenas causan víctimas civiles, solo destruyen la industria militar y económica y los rusos ven cómo lo que iba a ser la gran Rusia se ha convertido en un hazmerreír, mientras pasan dificultades para vivir el día a día.
Rusia ha celebrado el aniversario de la victoria sin ejército en la Plaza Roja, sin tanques. Ha sido una parada militar, nunca mejor dicho. No tiene ejército que mostrar, Putin es un fantasma paranoico, ha desaparecido, una sábana mortuoria cubre su cuerpo. No existe relato, solo terror. No puede parar la guerra: sería su eutanasia y Kiev debe perseverar pese a su incansable sacrificio.
Rusia solo puede amenazar, las élites rusas no van a permitir el uso de su fuerza nuclear porque desaparecería su riqueza y bienestar. Solo esperan el momento para sustituir a Putin. Putin está solo desde que mató a su cocinero porque estuvo a punto de robarle la comida. Putin vive aterrorizado por ser envenenado, como el mismo practica con sus enemigos. Se ha rodeado de una guardia pretoriana, al modo de la Guardia Revolucionaria de Irán, pero ese proceso no le asegura su supervivencia desconectado de una sociedad civil que arruina a sus próceres tanto como a sus oligarcas. En cualquier momento puede convertirse en un muñeco inútil, a medida de su progresiva decrepitud.
El delirio nacionalista también tiene sus límites. Por más que se quiera profundizar, la ruina colectiva asegura el caldo de cultivo de una sublevación interna que adelantarán quienes estén a salvo de la KGB restaurada para evitar una insurgencia colectiva. De ahí el interés de Putin por evitar la implicación de su pueblo. Ahora, sin embargo, viven cada día más las consecuencias de la guerra. Solo falta que algunos de los drones caigan en edificios oficiales para poner de manifiesto la vulnerabilidad del régimen.
No hace falta mencionar ciudades, barcos, incursiones que a los occidentales cuesta pronunciar y a duras penas conocen su significación. Cuatro años diluyen la información en un río de noticias, pero todos los ríos van a dar en la mar, que es el morir. Rusia muere, Ucrania vive. Slava Ukraini.
