Federico Sánchez Arias: «Desarrolla tu fuerza interior»

Por bien que se hable, cuando se habla demasiado se acaba siempre diciendo tonterías. - Alejandro Dumas

Federico Sánchez Arias: "Desarrolla tu fuerza interior"

En las últimas décadas, se ha producido un cambio importante. Por fortuna, cada vez es mayor el número de personas que están adquiriendo conciencia de la vital importancia que tiene disfrutar de una buena salud y un verdadero bienestar integral. Pero no es menos cierto que esa preocupación se manifiesta, en muchas ocasiones de manera insuficiente o inadecuada, con excesivas concesiones a la superficialidad, a la apariencia física y estética, a aquello que se ha dado en llamar «culto a la imagen». Todo, en definitiva, en detrimento de nuestro verdadero equilibrio y ser interior, lo permanente de nuestro ser, lo que siempre está dentro de mí.

Es por ello por lo que muchas enfermedades con significativa prevalencia actual son conocidas por sus manifestaciones sintomáticas pero no por sus causas originales. Pongamos un ejemplo: la pelagra, el beriberi, o el escorbuto (bien conocidos históricamente) son desencadenados por déficits y carencias nutricionales que una vez subsanadas, remiten y se curan rápidamente; de igual manera, hoy día existen un sinfín de desequilibrios físicos, psíquicos y emocionales que poseen una clarísima componente nutricional, y que responden muy bien a la administración de complementos vitamínicos, minerales, enzimáticos, etc.

Podemos preguntarnos por qué están tan extendidas y tan arraigadas estas manifestaciones y cuadros patológicos. La clave está en la forma de vida actual. A pesar de todos los indudables avances y conocimientos tecnológicos, nos estamos alejando cada vez un poco más de nuestras verdaderas necesidades, de la esencia y naturaleza humana, de nuestra espiritualidad.

En nuestro empeño y afán constante por avanzar y adaptarnos a tantas exigencias, preocupaciones y objetivos que nos planteamos, estamos acallando e ignorando nuestra conciencia, corazón y la innata sabiduría interior, en una forma de proseguir nuestra loca carrera hacia… ningún lugar; en el fondo de nuestro interior sabemos que no estamos haciendo lo correcto. Reorientar nuestro rumbo (un tanto perdido) es una de las mayores urgencias y necesidades si no queremos transformarnos en auténticos desconocidos para el mundo y para nosotros mismos.

Recuperar nuestro poder interior es una tarea esencial para poder ejercer de capitanes y timoneles en este amplio navegar que es la vida. Dejar de delegar nuestras responsabilidades en otros, atribuir a las circunstancias o a la supuesta «mala suerte» nuestras dificultades, nos ahorrará mucho dolor y sufrimiento inútil, dejando de percibirnos como víctimas a merced del infortunio y la cambiante y caprichosa actitud de otros. No podemos –es cierto– controlar los pormenores o avatares de la naturaleza o la conducta y comportamiento de los demás; pero sí podemos elegir el modo en que actuamos y reaccionamos… y cuando lo hagamos sabia, intuitiva e inteligentemente, podremos ahorrarnos dosis añadidas de malestar, en cualquiera de sus manifestaciones: enfados, ira, o resentimientos que además de destructivos, no añaden, precisamente, salud, paz, ni alegría a nuestra vida. De todas las situaciones y realidades que llegan a nosotros, solo debemos extraer las mejores enseñanzas para aplicarlas en lo sucesivo, constructivamente, y no seguir regocijándonos en la impotencia, una y otra vez.

Estas lecciones y preciosas enseñanzas deberíamos transformarlas en el poder creador, que nos eleva por encima de los obstáculos, además de ayudarnos a comprender los complejos mecanismos que se esconden tras los comportamientos y conductas distorsionadoras (compulsiones, neurosis, miedos, complejos, inseguridades…), cuyos orígenes pueden remontarse quizás a nuestra infancia, en la que precozmente se nos «enseñó» a ejercer de verdugos o víctimas, al haberse visto minada nuestra confianza y valor personal, por la mayor o menor ignorancia inconsciente de quienes nos rodeaban. Se afianzaron así nuestros miedos y la percepción imperiosa de convertir la vida en una lucha y combate permanentes, contra todo y contra todos. En este entorno es donde se comienzan a generar las condiciones que más tarde influirán y determinarán en gran medida nuestra vida y nuestra salud.

Por ello, nunca será suficiente el amor y dedicación que entreguemos a nuestros hijos y a los niños en general, para formar seres humanos equilibrados, llenos de ejemplos y de valores humanos, en lugar de empeñarnos en crear robots eficientes, obedientes y productivos, para entregarlos a la voracidad de depredadores sin escrúpulos.

De ahí la importancia que tiene disfrutar de una vida verdaderamente satisfactoria y feliz (hasta los límites que podamos).

Hay que dedicarse a alimentar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu, con los mejores ingredientes: Amor, conciencia, paz, sabiduría, y serenidad.

Es un cóctel mágico, milagroso, para encontrarnos con el sentido y el propósito de nuestra existencia.

Lamentablemente, concedemos en general poco valor a lo determinante que pueden ser nuestras actitudes y conductas a la hora de configurar los caminos y modelos que guían y orientan nuestra vida; saber sostener la convicción profunda en nosotros de que cualesquiera que sean las circunstancias en las que nos encontremos, debemos de mantener una actitud confiada y esperanzadora, sustentada en la fe y en la certeza de que la vida y el universo cooperan y trabajan al unísono con nosotros, cuando transitamos por la senda del bien, y los objetivos y anhelos que nos trazamos responden a nuestras

Cuando se quiebra la confianza en nosotros mismos y en la sabiduría e inteligencia que animan e impregnan todo, comienza el declive y la zozobra en nuestro caminar.

Tendemos a considerar que la salud es sencillamente la ausencia de cualquier manifestación de dolor o malestar; sin embargo, un estado de plena salud comprende mucho más que esto: es aquel en el que se funden y equilibran distintos aspectos y factores que hacen posible a lo largo de nuestros días, un nivel más o menos regular de aceptación y satisfacción en los distintos planos de nuestra vida. Hay salud donde la alegría, la comprensión y la bondad no son episodios excepcionales. El maestro Peter Deunov define –creo que es la más acertada de todas las definiciones– la salud como «una vida consciente y organizada conforme a las leyes universales y naturales».

¿A dónde dirigirnos? Allí donde las relaciones constructivas y la apertura a los demás están presentes, y allí donde nos ocupamos (y no tanto preocupamos) de alimentarnos y nutrirnos razonablemente, evitando en lo posible ambientes, lugares, cosas y personas que nos trasladen un alto grado de perturbación. Y por encima de todo, rodear nuestra vida de amor, un amor que se extiende mucho más allá de la esfera de lo físico: amor a la vida, a los demás, y a nosotros mismos.

La indiferencia, la inconsciencia y la ignorancia son un mal triunvirato que nos avoca inexorablemente a una vida mediocre, cuanto menos; muchos de los hábitos que nacen de y en ellas, tienen su origen en una absoluta carencia de gratitud para con la vida y con nosotros mismos.

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Autor

Federico Sánchez Arias

Soy escritor y periodista con un bagaje de dieciséis libros publicados sobre autoayuda, crecimiento personal y espiritualidad; igualmente, también soy coach/mentor emocional y espiritual. Mi formación es de condición humanista, Dr. en filosofía y teólogo.

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