Las grandes desgracias reales llegan siempre sin cita previa, sin tener siquiera la gentileza de llamar a la puerta. Simplemente la tiran abajo, sorprendiéndonos y noqueándonos con un brutal y seco golpe que nos deja perplejos, destrozados y sin capacidad de reacción.
Sin embargo, todas las amenazas y peligros futuros que, por previsibles, tememos, y que constituyen esa nebulosa de fantasmas del porvenir que, como espinas del pensamiento, nos amargan la existencia del aquí y ahora, no existen más que en nuestro analítico cerebro. Y digo esto porque, en la mayoría de los casos, al final pasan sin pena ni gloria, o simplemente no acontecen nunca.
Y es que la vida puede parecer así de borde. Es como aquel que prepara un examen a conciencia, haciendo especial hincapié en los temas que lógicamente le pueden salir, y al final va y le preguntan, de un cuestionario de mil preguntas, justo las tres que no se había ni leído.
Paradójicamente, solemos sufrir otras desdichas diferentes a las previstas; golpes que suelen venir por donde menos esperamos. Infortunios que golpean con saña donde más duele. Es como si alguien quisiera que fuéramos conscientes de nuestra incapacidad a la hora de escribir, sin tiritas ni mercromina, el libro de nuestra vida.
Así pues, nos pasamos media vida amargados por problemas que nunca llegan, y la otra media apaleados y abatidos por problemas reales que, descortésmente, nos abofetean sin avisar.
Claro que no es bueno generalizar, por la simple razón de que no hay dos personas iguales y cada uno tiene su traje hecho a medida. En todo lo expuesto, lógicamente hablo por mí, ya que no lo voy a hacer por mi vecino.
En mi caso, desde luego, nunca han llegado los problemas previstos, salvo en un caso muy concreto en que se me concedió la angustiosa gracia de verlo venir y estar preparado para encajarlo.
Así, la vida, lejos de obedecer a un patrón y una construcción lógica de acontecimientos, está repleta de grietas, de absurdos y sorpresas, por planificar nuestro itinerario en base a una lógica humana que intenta, pretenciosamente, resolver ecuaciones faltando la mitad de los datos. ¡Qué puede salir mal!
Y es que esos datos que faltan se encuentran recogidos en el libro de identidad de cada alma. El debe, el haber y el debería de haber, que es lo que, aún sin saberlo, debemos cuadrar a lo largo de nuestra existencia. Algo que la adocenada lógica humana es incapaz de comprender, al no poder asimilar que sí hay más cera que la que arde. La acumulada en sus sordos y empíricos oídos.

