Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra: «Viento sur y Javier Sádaba. Somos imbéciles y nazis»

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra: "Viento sur y Javier Sádaba. Somos imbéciles y nazis"

Hay textos que buscan convencer. Otros aspiran a abrir un debate. Y luego aparecen artículos como éste, que resuelven la discusión antes de empezar: quien no piensa como el autor es, sencillamente, un «imbécil». El señor Javier Sádaba, de VIENTO SUR es uno de ellos. Es una estrategia magnífica. Si los argumentos son escasos, siempre queda el insulto. Es mucho más barato que demostrar una tesis y bastante más cómodo que responder a quien discrepa.

Lo sorprendente no es el calificativo, sino la contradicción. El autor pretende presentarse como defensor de la razón, de la ciencia y del pensamiento crítico. Sin embargo, su primera herramienta no es la evidencia, sino la descalificación. Curiosa manera de reivindicar el racionalismo: empezar expulsando del debate a todo el que no aplauda.

Una de sus afirmaciones estrella consiste en sostener que la expresión «humano no nacido» sería anticientífica. Magnífico. Lástima que no aporte una sola prueba científica para justificar semejante sentencia. Se limita a proclamarla con solemnidad, como si la contundencia sustituyera a la demostración. La ciencia funciona de otra manera: las afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias. Aquí no hay ninguna.

Resulta todavía más llamativo que reduzca toda oposición al aborto a la influencia del catolicismo. Con ese sencillo movimiento desaparecen de un plumazo embriólogos, genetistas, filósofos, juristas, ateos, agnósticos y científicos que discrepan por motivos completamente distintos de la religión. No se rebate ninguno de sus argumentos; simplemente se finge que no existen. Es una manera muy eficaz de ganar un debate imaginario. Le recomiendo al Sr Sádaba que busque las Web de Secular Prolife y de Progressive Anti Abortion Uprising, sólo para saber si también los considera “imbeciles”.

El artículo tampoco explica por qué una convicción religiosa debería perder automáticamente legitimidad cuando entra en el espacio público. En democracia los ciudadanos votan y opinan con sus convicciones, sean religiosas, humanistas, liberales, socialistas o ecologistas. Pretender que unas cosmovisiones son aceptables y otras deben quedarse en casa no parece precisamente un ejemplo de pluralismo.

Después llega uno de los recursos más previsibles del argumentario contemporáneo: la comparación con el nazismo. Según el autor, determinadas ideas sobre la defensa de la vida conducirían intelectualmente a los mismos terrenos que alimentaron aquella ideología. Es el equivalente intelectual a pulsar el botón rojo de emergencia: cuando ya no quedan razones, aparece Hitler. La historia demuestra que ese recurso suele señalar el final de una argumentación, no su momento más brillante.

La ironía resulta difícil de superar. El nazismo negó la igualdad en dignidad de todos los seres humanos y decidió que unas vidas merecían protección y otras podían ser eliminadas. Precisamente por eso la comparación resulta tan desafortunada: utilizar aquella tragedia como arma arrojadiza en un debate contemporáneo empobrece la historia y degrada el propio debate.

Hay otro detalle revelador. El texto habla continuamente de libertad, pero no concede libertad intelectual al discrepante. Habla de pensamiento crítico, pero caricaturiza al que piensa distinto. Habla de racionalidad, pero sustituye la demostración por el dogma. En realidad, el lector recibe un mensaje muy simple: acepte mis conclusiones o prepárese para ser etiquetado como reaccionario, fanático, imbécil o sospechoso de simpatías ideológicas inconfesables.

Quizá lo más llamativo sea la ausencia casi total de datos. No hay referencias científicas relevantes, no hay discusión de literatura académica, no hay análisis jurídico comparado, no hay confrontación seria de argumentos. Lo que hay es una sucesión de opiniones expresadas con enorme seguridad. Y la seguridad nunca ha sido sinónimo de verdad. Si lo fuera, cualquier tertuliano sustituiría mañana a toda la comunidad científica.

El artículo pretende vestir de filosofía lo que en demasiados momentos no pasa de ser un panfleto. Filosofar consiste en preguntar, argumentar, responder objeciones y aceptar que existen cuestiones complejas. Un panfleto, en cambio, empieza repartiendo etiquetas y termina convencido de haber ganado una discusión que nunca llegó a producirse.

Defender el aborto es una posición legítima en una sociedad democrática. Defender lo contrario también lo es. Precisamente por eso sorprende que quien reclama respeto para una postura niegue ese mismo respeto a la otra. El verdadero pluralismo no consiste en permitir únicamente las opiniones que coinciden con las propias, sino en aceptar que la discrepancia forma parte de una sociedad libre.

En definitiva, el problema de este artículo no es que defienda el aborto. El problema es que apenas defiende sus argumentos. Prefiere el insulto a la evidencia, la caricatura al razonamiento y la asociación histórica a la demostración. Y cuando un texto necesita comenzar llamando imbéciles a quienes discrepan y terminar insinuando que quienes defienden la vida prenatal caminan intelectualmente hacia el nazismo, el lector tiene derecho a sospechar que el autor no ha escrito un ensayo, sino un ejercicio de descalificación envuelto en un barniz de superioridad moral.

EN FIN, TODOS LOS QUE HACEN CIENCIA Y TODOS LOS QUE TIENEN CONVICCIONES MORALES, SEGÚN EL SR SÁDABA, SON IMBÉCILES.

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