Juan Pérez de Mungia: «Imagen del culpable: De como el espejo tiene la culpa»

Culpa del espejo
Culpa del espejo

La certidumbre de que morirá inaugura en el sujeto humano una cuestión fundamental. Una cuestión que no es, originariamente, una pregunta sobre la vida, sino sobre la existencia que sabe efímera, que nos vincula con todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras. La decisión de constituirse en sujeto no es un acto puro: ha asistido a su nacimiento sin conciencia, y asiste a su muerte sin conciencia de morir. El hecho inicial y el hecho final se sumergen en un tiempo y un espacio que dejan de pertenecerle en el mismo momento en que ocurren. En la encrucijada de decidir el sujeto afronta tres posibles escenarios. Esa encrucijada nace de las decisiones precursoras que adopta y no se resuelve por completo en el instante en que las adopta, sino tiempo después cuando se reconoce a sí mismo en la cadena de eventos, de aciertos y fracasos, que le han conducido al presente. Con suerte, habilitando al sujeto para pensar qué hacer en el tiempo que le resta.

Solo un ser probabilístico, un ser desconocido, razón de existencia de todas las cosas, sin rostro, sin personalidad, ciego a una lotería infinita, permite al sujeto adquirir esa conciencia trágica por la que viene a saber de su absoluta libertad, aquella por la que el sujeto se interroga, para qué. Y siente pánico, y se siente a la intemperie. El ser humano queda desconcertado frente a los hechos que ni siente que controla ni siente que puede controlar. Un estado de indefensión que le conduce a alguna de las aporías de la existencia humana. La existencia no consiste en suponerle un sentido, sino darle sentido de tal modo que el resultado de una decisión sea el que espera.

Tres condiciones son en teoría posibles en esta encrucijada. La primera es la expropiación. La cultura del esclavo: el siervo confía en que el amo provea. El sujeto no procura por sí mismo porque otro ha tomado el control o se lo ha arrogado con la carga de alimentarlo, nombrarlo, representarlo y responder por él. La libertad se cambia por manutención. La segunda es la enajenación, venir a ser determinado por otros. Ya no hay un amo visible, existe un código que deja al sujeto bajo tutela de un agente del enjambre al que pertenece, el código de la moda, la sumisión al líder de audiencia. Se confunde con la tribu a la que pertenece, aquella de la que ha adoptado sus símbolos. La aceptación del grupo se compra a precio de su identidad, a veces, incluso, pagando con su vida, discontinuando su existencia. La tercera es la autoasignación, la aceptación de un destino que debe afrontar bajo incertidumbre, porque ha aprendido que ningún deseo, ningún acto, ni ninguna decisión puede delegarse por completo. El sujeto no eligió lo que le precede, pero elige responder por sí mismo, afrontar su futuro mediante una acción inteligente, sin temeridad, con cautela, pero siempre dispuesto a aprender de los efectos de su acción. Es consciente de que no se ha anticipado al acto de nacer, y tampoco podrá anticipar el hecho de morir.

En la condición de expropiación, el sujeto acepta la renuncia al señorío, y se adapta a la servidumbre que solo le proporciona, en el mejor caso, subsistencia. En esa condición no hay excedente que pueda mejorar la vida de nadie, ni al amo ni al esclavo. De esa condición deriva una afección personal a su amo que se transmuta en parasitismo. El siervo parasita al amo, y se reivindica como parásito solicitando del amo piedad y compasión; de un lado destruye su capacidad productiva, de otra destruye la habilidad del amo para oponerse a su irremediable decadencia. El amo es un inútil, no sabe nada como para poder substituir al esclavo, incluso cuando deviene en parásito. Esta cesión de iniciativa se ilumina en el parásito social y en el asesino que vienen a conocer como el amo se encuentra a su merced sin que éste pueda evitarlo.

«Quería que alguien me mimara», dijo Constance Fisher a un psiquiatra después de ahogar a sus tres hijos. El sujeto que no se sostiene pide un amo que lo tome en brazos, y si el amo no llega, inventa uno: Dios que ordena, la voz que manda, la red que absuelve.  La desinstitucionalización del siglo XX derivada de la destructiva doctrina antipsiquiátrica, devolvió a Fisher a la custodia del marido: la casa vino a convertirse en un manicomio privado, su propio destino como mujer homicida, exonerada de culpa, a cambio de sexo. La doctrina musulmana de la dependencia. Y volvió a asesinar a los hijos que concibió. Como quien les envía a morir mártires. Cuando el sujeto ha sido escrito desde fuera, la liberación formal no le restituye un interior: se le restituye la escena.

La historia se repite con Lindsay Clancy, el manual contemporáneo de la identidad escrita desde fuera. Un conjunto de actores de la misma especie construye la novela: «no fue ella», «fue el marido»; «los zapatos no coinciden»; «el amigo se le parece»; «las mujeres no estrangulan». Quienes defienden esa doctrina de la absoluta irresponsabilidad no cargan con la culpa del acto ni con la responsabilidad de la prueba. El vértigo de ser otro se ha externalizado. Ya no importa que el sujeto hable, si internet absuelve. El arte socialista de la escisión de un sujeto es un producto, el beneficio que permite a un partido convertirse en Estado. Convertir los hechos en una narrativa perversa. La identidad del otro se vuelve material disponible, plástico, precisamente porque no duele. Un yo confiscado por voces que ella situaba en Dios y que la medicina situó en la esquizofrenia paranoide. Una invención oportuna de una psiquiatría analfabeta y cómplice al servicio de un sistema judicial que exonera de responsabilidad a cualquier mujer por serlo.

En la condición de enajenación tribal, un sujeto viene a ser determinado por un agente externo. El amo se torna abstracto. Basta una red social, una secta, que se retroalimenta, una fe de ignorado recorrido y origen. La tribalización contemporánea no exige sangre ni territorio: exige adhesión. Juntarse con otros para personalizarse, para ser algo, más que nada. Ser aceptado a riesgo de la propia vida, de la propia existencia. El influencer no gobierna como el amo; gobierna como el espejo. Dice lo que hay que desear y, sobre todo, lo que no hay que ser. Una generación que, de acuerdo con Gilles Lipovetsky (Los tiempos hipermodernos, Barcelona, Anagrama, 2006) determina en el sujeto una existencia pasiva en un presente continuo, sin memoria de sí mismo, sin control de su futuro, y encuentra en el reconocimiento abstracto de la tribu el sustituto de una biografía inútil. Se trata de una teología laica, autoextintiva, donde la voluntad atribuida al grupo funciona como una voluntad abstracta y, a la vez, pública: la tribu, la secta, alimenta a muchos, no responde ante ninguno. Quien se desvía no peca contra un dios; peca contra el clima de la conversación. La culpa se socializa hasta disolverse: el sujeto queda absuelto de haber sido autor. En 2023, un hombre belga, padre de dos hijos, investigador de la salud, sostuvo durante seis semanas un diálogo con un chatbot llamado Eliza sobre la crisis climática. Según el testimonio de su viuda, llegó a ofrecerse en sacrificio si la inteligencia artificial se ocupaba del planeta. Se suicidó.

Una angustia real busca un interlocutor que no contradice; la máquina, que no carga con muertos, valida la fantasía de que una vida particular puede saldar una cuenta cósmica. El sujeto no decide su destino. Lo deja decidir a una voluntad sin cuerpo. El amo antiguo exigía obediencia y, al menos, tenía un rostro al que odiar. El agente social que le substituye no tiene rostro: es el promedio estadístico de lo que una red ha leído. Aceptar su dictamen es la forma extrema de ser escrito desde fuera. La responsabilidad se desplaza hacia una instancia que no puede comparecer ante un juez ni ante un muerto. El delirio presente en toda clase de trastornos dismórficos, la despersonalización que acompaña a ciertas formas de autosegmentación del cuerpo —la anorexia, la bulimia, la apotemnofilia en los que el sujeto trata una parte de sí mismo como si no le perteneciera— y que reaparece, desdramatizada, en la huida hacia la anestesia de la droga o en la estadística del suicidio o el asesinato masivo.

La enajenación tribal se reconoce en esas teologías de la soberanía absoluta: la voluntad imaginaria de un Dios que no se consulta, que no se contrapesa, que absorbe la responsabilidad del creyente en una quimera pública —alimentar a muchos, cumplir un plan, sostener la umma, sostener la Iglesia, sostener el Partido, sostener el clima—. La doctrina islámica no es el único ejemplar de esa operación; es uno de los más explícitos. La voluntad de Allah, leída como mandato inmediato y no como horizonte moral, puede sustraer al individuo la carga de elegir. Pero la misma gramática reaparece en el caudillismo laico, en el culto al líder de masas y en la fe algorítmica. Lo que se transfiere no es la piedad; es la firma. Un debate que pone de actualidad el discurso de Diego Laínez en Trento. El Decreto de 1547 anatematiza, en el canon 9, a quien diga que el impío se justifica por la sola fe entendida como si nada más se requiriera, «ni que sea necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su propia voluntad». Poniendo en cuestión la teoría de Girolamo Sepipando: la fe justifica al creyente. El sujeto quiere ser justificado por imputación de otro, o algo, que firme por él.

Hacer lo contrario del sujeto asignado —habitar el cuerpo de al lado, negar el acto que se acaba de confesar, pedir que alguien por fin tome al sujeto en brazos— es a veces el único movimiento que la lógica de la desapropiación permite imaginar. El vértigo de cambiar en un acto, una existencia, abortarla. Escuché voces de empujarla al andén del metro. No es todavía libertad. Es el síntoma de que la libertad se ha vuelto impensable salvo como inversión. Uno llega al mundo ya habitado. Puede entregar las llaves al amo, puede entregarlas a la tribu, puede quedarse con una y usarla, aunque le tiemble la mano. El destino propio no es un tesoro interior que se descubre. Es lo que queda cuando quiere decidir su destino, cuando no acepta que nadie, ni Dios, ni Cristo, ni Al’lah, ni el Papa, ni Eliza, ni el enjambre, puede cargar para siempre con lo que uno hace. Y la existencia cobraría otro color si así se descubriera.

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