La España eterna que juega a la gallinita ciega

Goyas y UTEs de socorros mutuos

El espectáculo de los artistas como sirvientes del poder

La clase titiritera y el socialismo zapateril han fundado una UTE o unión temporal de empresas para socorrerse mutuamente.

Los juglares y juglaras zejateros y zejateras agradecidos y agradecidas han ido a ofrecer sus trofeos, sus Goyas, al risueño presidente del Gobierno de Su Majestad y Señora, la Sonsoles.

Nunca entendí muy bien porqué cuando un equipo de fútbol gana un trofeo de importancia va a ofrecérselo a la Virgen o el santo local por muy milagrero, más que los mismísimos trencillas de Villar, que fuera o fuese. Se supone que la Virgen o el Santo de turno deberían ser ecuánimes y no forzar un penalti, empujar la pelotita o inspirar al guardameta por dónde hacer la palomita fastidiando a la clientela o feligresía contraria, acaso también hijos o hijas de Dios, pero menos.

Ahora, con esto del laicismo entendido al modo zapateril que rima con zascandil nuestra flor y nata de premiados y premiadas ha ido a ofrecer sus logros al nuevo soter o enviado financiado gratis total por Botín para salvarnos de la malvada derecha extrema.

Curiosas y ancestrales costumbres que recuerdan las viejas recepciones del invicto Caudillo, cuando el club ditirambo alabancioso de turno hacía sinceros homenajes a doña Carmen, le regalaba joyas pagadas con el erario o a escote por los damnificados, el pazo de la Bazán en Meirás.

Chulapas, majos y jaques, mezclados aristócratas y ganapanes, jugaban a la gallinita ciega mientras el almirante Nelson destruía nuestra flota en Trafalgar.

Pero entonces hubo un artista valiente y genial que se atrevía a retratar al Poder y sus fantoches tal cual eran. Un Goya cada vez más misántropo y horrorizado por lo que veía: Borbones que parecían figurantes grotescos, a los que la suerte de España les importaba poco o les venía demasiado grande para sus luces y voluntades. Una aristocracia frívola y sin patriotismo que gustaba de tabernas y saraos o de levantar las faldas a quien se dejase. Y un pueblo que había expulsado a Esquilache en castigo de su inopinada e intolerable pretensión de que se lavase la cara y sus vergüenzas. El mismo del «Vivan las caenas»

Goya hombre de su tiempo y, en su genialidad metafísica, de todo Lugar y todo Tiempo, no rehuye el compromiso y pone su arte al servicio de los grandes valores del hombre.

Y en momentos de especial desolación se refugiaba en la otra ribera del río para pintar sus famosas pinturas negras. Saturno devorando a sus hijos. O los dos jaques enterrados hasta la pantorrilla golpeándose fieramente. O la cabeza del perrito, la fiel clase media española, que nada a la desesperada por sobrevivir a la crisis. O el Aquelarre o reunión de brujas, titulado también El Gran Cabrón, en el que brujas sin escobas ni controladores aéreos homenajeaban a su jefe.

La España eterna que juega a la gallinita ciega.

¡Te cogí!

 

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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