Opinión

Niños perdidos, esperanzas perdidas

Niños perdidos, esperanzas perdidas
Un momento del acto en la Fundación María José Jove. Emilio Romay.

Organizada por la Fundación María José Jove se ha celebrado en su sede social en La Coruña un interesante y emotivo acto sobre la situación de la infancia en países en conflicto.

Tras unas breves palabras de su presidenta, Felipa Jove, que recordó la labor de protección de la infancia con problemas que desarrolla la Fundación, intervino la moderadora, la periodista Cristina De la Vega, que presentó a la ponente Rosa Maria Calaf, famosa corresponsal de RTVE con más de 25 años de experiencia profesional en áreas en guerra.

Los adultos debemos proteger a los niños y promocionar un código ético. Pero esto no es así en muchos lugares del mundo.

Cristina De la Vega citó las cifras terribles de dos millones de niños muertos, seis millones de niños heridos o mutilados, ciento quince sin escolarizar. Números terribles pero que duermen en la impunidad de cierto hastío, del escándalo que ya no escandaliza.

Porque no hace falta irse a zonas en guerra abierta para verse rodeados de dolor.

En un noble y lúcido ejercicio de crítica a la propia profesión y actividad, Rosa María Calaf nos trasmitió su preocupación por el deterioro de la profesión de periodista, como uno de los obstáculos para abordar el problema de la protección de la infancia y de la población civil en general en condiciones razonables.

Cuando no se hace un periodismo de calidad, serio, de información y se desarrollan vicios como el exceso de directo, la promoción de la espectacularidad superficial en la presentación, o la ingerencia de intereses ajenos a la labor de información, la exposición certera y el análisis y comprensión de los hechos se dificultan y la situación se deteriora.

Es preciso recuperar un periodismo libre que informe con objetividad y que no se mueva solo por intereses o negocios.

Cabe hablar de una nueva censura distinta de la clásica política o ideológica. Se trata de la censura económica que con la selección de temas y el excesivo culto a la audiencia establece de qué sí y de qué no se puede hablar en un momento determinado.

Muchas veces se hace la guerra al terrorismo pero no a la injusticia y la pobreza.

La Calaf expuso también la problemática de la deriva contemporánea del arte militar que promueve una mayor mortandad y sufrimiento entre la población civil más que incluso entre los ejércitos en lucha. Se estima que ahora en este tipo de conflictos en tormno a un noventa por ciento de las víctimas son civiles. Lo que se suele llamar daños colaterales es más bien un eufemismo de una forma de combate en la que, a diferencia de los antiguos códigos militares o de la caballería, se practica la violencia a distancia.

Y con unos medios de destrucción que se han «democratizado» y abaratado. Se calcula que existen unos quinientos millones de armas ligeras a disposición casi de cualquiera. Niños incluidos.

Sin contar las terribles minas antípersona que siembran cobardemente la muerte y desolación entre las gentes así como la pobreza en áreas que inutilizan para la actividad agraria o productiva.

Los conflictos se cierran y reabren pero aparecen y desaparecen para la opinión pública según ciertos intereses.

Pero la desaparición en los medios de un conflicto no significa necesariamente que éste haya desaparecido. Desde la creación de la ONU van censados 149 grandes conflictos con unos 23 millones de muertos. Ahora existen tres docenas de conflictos abiertos en todo el mundo.

Rosa María Calaf explicó dos nuevas y terribles variantes de la implicación de la infancia en los conflictos bélicos.

En efecto, el fenómeno de los «niño soldado» y el de la violencia sexual contra niñas como táctica bélica plantea problemas especiales.

Se estima que hay unos trescientos mil niños soldados, es decir, no nos encontramos ante algo anecdótico sino ante un fenómeno significativamente importante.

Las razones del empleo de niños soldados son varias. Aunque algunos son secuestrados, muchos son niños huérfanos, abandonados o desamparados por causa de la guerra. De modo que para algunos niños su afiliación a una banda es «voluntaria» y deviene en paradójica posibilidad de supervivencia. La disciplina ejercida sobre ellos resulta más fácil. No cobran. Sirven para muchas labores además del propio combate: mensajería, espionaje, servicios auxiliares. A veces demuestran una gran ferocidad y fanatismo propios de la edad y peripecia vital sufrida, exacerbados por un despiado adoctrinamiento.

Sin embargo, como logro legal hay que citar que la declaración de El Cabo intenta proteger a los «niños soldado» de modo que a los niños que dejen las armas no se les pueda considerar desertores.

El caso de las niñas es diferente y no menos terrible. No ya el de los casos más o menos aislados de violencia contra el débil propios de los momentos en que decaen las leyes o pautas habituales de comportamiento social. Se trata de violencia y abuso sexual sistemáticos. Se ha generalizado en determinadas áreas el secuestro y utilización de la violencia sexual contra las niñas como arma de guerra y devastación étnica.

En cualquier caso, se estima que unos diez millones de niños necesitan especial atención profesional y condiciones de protección que les permitan superar los traumas. La exposición o representaciones gráficas se han revelado como una buena terapia para expresar los traumas y superarlos. Pero para ello se precisa también la reconstrucción de condiciones de paz, tranquilidad, familiares y comunitarias. Es necesario reconstruir las redes tradicionales de solidaridad intergeneracional e inter-comunitaria en los lugares devastados por los conflictos.

En resumen, hemos tenido la suerte de asistir a un acto de gran interés humano que nos ha puesto sobre aviso no ya sólo del dolor y sdufrimiento que acompaña a la infancia en muchos países del mundo sino también sobre otros fenómenos modernos, tales como el deterioro del periodismo como actividad moral y social y la aparición en Occidente de lo que se ha venido en llamar el «síndrome de la piedad cansada», de variada etiología pero a la que no es ajena la ya citada decadencia del periodismo.

Muchas gracias a los intervenientes en este foro y a la Fundación Mará José Jove que lo ha hecho posible.

Alfonsodelavega.com

 

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Autor

Roberto Marbán Bermejo

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente cursa el grado de Ciencias Políticas por la UNED, fichó en 2010 por Periodista Digital.

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