Al Margen.- La Tomatina.

MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Alguien decidió una vez que asegurar que con lo que cuesta un avión de combate podrían construirse y dotarse media docena de escuelas era demagógico. De entonces a acá, ese dictamen ha gozado, y no sólo entre los políticos que no le ven ninguna utilidad a las escuelas y sí alguna a los aviones de combate y a las comisiones que dejan, de gran predicamento, pero es en las «fiestas populares», por llamar de algún modo a ciertos aquelarres, donde la demonización del decoro y de la sensatez alcanza grados intimidatorios. Por ejemplo: si alguien dice que la «tomatina» de Buñol, en el curso de la cual se destruyen 120 toneladas de tomates, es un ultraje a los millones de criaturas que sucumben por no poderse llevar nada a la boca, ese alguien no sólo es un demagogo, sino también un malaje que «no comprende» la fiesta y que, además, odia al pueblo.

La «tomatina» de Buñol pretende ampararse, como tantas otras celebraciones bárbaras de nuestro país, bajo el manto sagrado de la «tradición». No importa que la costumbre anual de arrojarse tomates sanos, nutritivos, jugosos, rojos, los unos a los otros, no tenga más allá de cuarenta años, pues aquí, para que algo sea tradicional basta con que sea lo suficientemente disparatado. En efecto; no hace mucho, un grupo de amigos se lió a tomatazos, y la cosa se le antojó tan divertida al mocerío, que en poco tiempo ya venían desde luengas tierras miles de otros mozos para divertirse de esa manera, digamos, tan divertida. Entre tanto, la buena gente de Buñol que, en puridad, nunca le encontró la gracia al alimenticidio, fue perfeccionando año a año la protección de sus casas, de sus fachadas, de sus comercios y, en la medida de lo posible, de sus personas. Ahora bien; que a nadie se le ocurra decir ni pío contra la pulsión de machacar a lo tonto lo que nutre y lo que tantas fatigas cuesta cultivar, pues a ese «demagogo» se le recordará, si es que el ambiente está para refinamientos dialécticos, que la «tomatina» deja mucho dinero en el pueblo.

Puede, desde luego, que la «tomatina» deje algún dinero en Buñol, pero lo que es seguro que deja es un caldo viscoso, sucio, yermo, que a nadie puede remediar.

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