‘Titanic’ en 3D, alegoría de la crisis de la civilización occidental

Se acaba de reponer en los cines españoles la famosa película ‘Titanic’ ahora en modalidad 3D que conmemora el inesperado hundimiento hace cien años del gran trasatlántico en su infausto viaje inaugural.

He de decir que la primera vez que la ví en su estreno inicial hace ya unos años me pareció una superproducción interesante, muy digna pero convencional al estilo americano. Con más medios que entidad estética o de pensamiento. Incluso con una historia de amor en el borde de la noñería. Acaso porque Leonardo di Caprio me resulta un galán un poco borde o porque la Winslet se muestre un poco más rolliza de lo deseable, entonces no me llegó a interesar demasiado aún reconociendo sus méritos.

La actual visión en 3D me hace rectificar esa impresión. Aunque el sistema 3D aún pueda perfeccionarse de modo que no aparezcan desenfocados o con diferencias de tamaños los primeros planos, el resultado final es muy sugestivo. Impresionante, con gran sensación de realidad y verosimilitud. A veces al espectador le parece que necesita un impermeable para no empaparse, los aspectos más dramáticos se resaltan como si se estuvieran viviendo allí no como mero observador en su butaca sino como participante en los hechos. Tremendos hechos en este caso.

‘Titanic’ es en verdad una historia terrible, cruel. Todo un símbolo de una civilización que se cree inexpugnable pero que puede naufragar por no comprender del todo su contingencia, la verdadera naturaleza de las cosas que ocurren. El ‘Titanic’ es un microcosmos con toda nuestra problemática. Con nuestras pasiones, virtudes y defectos enfrentados a la adversidad fatal que pone fin abrupto a un pequeño universo supuestamente autónomo y autosuficiente, pero que, de súbito, se revela como artificial, huero, incompetente e inútil.

La mala valoración, demasiado triunfalista, de la Ciencia y de la Técnica, el trágico trastocado de la escala de valores humanos puesta al servicio no del bien común sino de las apariencias o de las conveniencias plutocráticas. La estupidez, codicia e insensibilidad moral, intelectual, estética y humana de buena parte de la oligarquía dirigente: los que viajan en primera clase y se creen a salvo de toda contingencia. Su clasismo y estulticia. Como el aparato del Estado, es decir la tripulación del barco, se pone al servicio a-crítico de los caprichos de aquella y no de los intereses generales del pasaje y tripulación. El culto a la opinión pública y a la noticia huera o perecedera a los que se sacrifica la seguridad y bienestar de la gente.

Y el Amor. Algo que no estaba en el programa como el propio iceberg que desencadena la tragedia. Ambos son Naturaleza. Ambos de algún modo pueden considerarse catastróficos para el orden establecido al servicio de la casta dominante.

Amor, la potencia más poderosa del Universo porque es la propia de la Creación, pero de destino incierto en nuestra sociedad. Un alba de esperanza pero que en ocasiones se arroja al mar, al abismo profundo donde no llega la luz.

Amor que en la proa del imponente, majestuoso pero también frágil barco sobrevuela sobre las aguas durante una secuencia bellísima, magistral. Un momento místico sobre el abismo negro de atracción / repulsión fascinantes.

Pero también cabe preguntarse hoy si en el reestreno ahora en 3D de la película además de aspectos comerciales existen otras razones. Con el 3D el espectador no resulta ya simple observador sino también actor. Casi se puede vivir en primera persona.

‘Titanic’ es la historia de un naufragio. Acaso un símbolo de la presente crisis de la civilización occidental. Una lección trágica e inquietante de que no estamos a salvo. Que el aparato del Estado no es neutro: se encuentra al servicio de los poderosos, muchos de ellos sin escrúpulos ni barreras morales dispuestos a todo para meterse en «su» barca de salvamento al reconocer que en caso de hundimiento no hay barcas para todos.

Pero que también hay que apreciar aptitudes heroicas, de generosidad, de pensar en los demás. No ya solo de la enamorada pareja protagonista. La secuencia del oficial que en la oscuridad ambiente y con una pequeña luz busca supervivientes que rescatar del dantesco espectáculo del mar lleno de cadáveres flotantes entre las gélidas aguas, nos reconcilia con la humanidad y nos expresa que no todo está perdido, que hay héroes humildes, que sin gran reconocimiento ni fama velan por los demás, tratan de ayudar a la gente, la intenta rescatar con escasos medios del océano de estulticia, insolidaridad y barbarie en el que flotamos en precario.

Y nos anima seguir su ejemplo. Al cabo, en nosotros al igual que en el ‘Titanic’, está todo: el cálido Amor y el frígido iceberg, la Naturaleza, la codicia, la estulticia, el miedo, la hipocresía, la generosidad, el altruismo. De nosotros depende que predominen unas ú otras potencias del alma. También las posibilidades de supervivencia en caso de naufragio.

 

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