Manuel Morillo Miranda: «Con «nocturnidad» y alevosía»

Estudiantes
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Aunque el título pueda parecer el inicio de un relato policial, este artículo obedece más al ámbito educativo y aunque no aparezca en el mismo la premeditación, ésta también está presente. Está claro que en Cataluña (desconozco si hay una misma deriva en el resto de España) corren malos tiempos para el bachillerato nocturno en general, esto no viene de ahora porque es la crónica de una muerte anunciada desde 2008, su final no lo sabemos pero el Departament d’Ensenyament está haciendo lo posible por acelerar su desaparición; cosa que me parece mezquina y ruín porque gracias a ese bachillerato nocturno yo mismo obtuve mi título allá en los 90 y pude optar a la mal llamada selectividad, ahora PAU o EBAU.

Por supuesto no es lo mismo haberlo vivido como alumno en un pasado ya lejano, que sentirlo en el presente como algo que te afecta de pleno en tu trabajo. Cuando yo estudiaba nocturno, gran parte del alumnado trabajaba por la mañana, y asistir a clase por la tarde era una gran salida, o una vía de escape según se mire, para quien quería seguir estudiando, pero almenos no nos consideraban como meros números como ahora. Desde 2008 han desaparecido en Cataluña la mitad de los centros educativos que ofertaban este tipo de enseñanza, si lo comparamos con Madrid es desolador ver que allí aún existen una treintena de institutos en los que se imparte el bachillerato nocturno, mientras que aquí no se llega tirando alto ni a la mitad. Mi propio instituto, baluarte de ese tipo de bachillerato nocturno, ya dejó de serlo hace tiempo.

La cuestión radica en preguntarse si de verdad todo es válido en la educación, los que llevan los hilos de las marionetas no nos ven solo como números, sino que además observan que no les salen los números, pero disimulan sobre el darse cuenta de que están jugando con el futuro de muchas personas, profesores y alumnos. Desde que llegó a nuestros oídos el decreto de plantillas, sabíamos que la que se avecinaba era de las gordas y que venían mal dadas, no debe ser nada agradable para quien dirige un centro, plato de no buen gusto para muchos, tener que gestionar un centro como si fuera una empresa en la que los activos no se compran ni se venden, simplemente ha de haber presencialidad. Ni tampoco debe ser algo placentero ver cómo a final de curso se llega al enfrentamiento y al mal rollo entre quiénes se consideran compañeros a principios de curso y que se acaban convirtiendo en rivales por un puesto.

Pienso que los docentes nos debemos a nuestro trabajo, duro por cierto y más en pandemia, y el mismo empieza por atender las necesidades del alumnado en su diversidad. El bachillerato nocturno, como las escuelas de adultos en secundaria, cumplen esa función social e integradora para quienes no pueden asistir a clase en turno de mañana, bien por cuestiones de trabajo o bien porque se sienten más tranquilos en petit comité. Es fácil observar que el alumnado de diurno y nocturno es totalmente opuesto en su perfil y en su preparación, el alumnado de diurno es de un perfil joven que no suele trabajar; en cambio, el perfil de nocturno es de un alumnado que repite materias pendientes, son personas con necesidades especiales, personas mayores que dejaron los estudios en su día o personas jóvenes que trabajan y han de dar sustento a sus familiares. Pero también es fácil ver que este tipo de alumnado necesita más dedicación y atención, en un grupo clase amplio se dispersarían, o simplemente abandonarían.

Y aquí entra en juego la «premeditación», se supone que la educación ha de buscar, por un lado, la excelencia en el alumno, y por otro intentar que no haya fracaso escolar. Pueden parecer cosas contrarias, pero nada más lejos de la realidad, en la labor docente deberíamos hacer sentir siempre útil al alumnado, que crean a pies juntillas que para nosotros son iguales, sin distinción, que una cosa es que saquen un 0 o un 10 (que al final es un número) y otra el trato cercano con ellos y ellas porque son personas y merecen toda nuestra atención. El problema es que sigue existiendo esa distinción entre «listos» y «tontos», sobre todo desde la aparición de las competencias básicas, que más bien son incompetencias porque le marcan al alumnado no solo el itinerario a seguir, sino que ya sabe de antemano para lo que no será útil, y no hay nada más peligroso que quitarle un sueño a alguien. Y lo grave es que parte del profesorado se aprovecha del asunto para quitarse pelusa de encima.

Por último, siguiendo con dicha «premeditación» , ya ha sido el colmo ver que la pandemia está siendo un arma de destrucción masiva para el bachillerato nocturno. Es triste observar cómo las altas esferas aprovechan cualquier grieta en un centro educativo, un cambio de equipo directivo o que no cuadren los números, p.ej, para atacar con su arsenal politico donde más duele: su seña de identidad, en este caso el bachillerato nocturno. Y las razones que aducen no son verdaderas, en vez de ir al grano se escudan en que ese tipo de alumnado de bachillerato nocturno estaría mejor en una enseñanza on-line o incluso la propia escuela de adultos…que no suele ofertar este tipo de enseñanza. Es para echarse a temblar porque la mayoría de este alumnado a duras penas tiene conocimientos de informática, y a duras penas ha sabido convivir con las clases a distancia. ¿Tanto cuesta decir la verdad y decir que todo va en base al número de alumnado porque los gastos generados son inasumibles? Eso no lo pueden decir porque se echarían piedras sobre su tejado..y la verdad es que la transparencia brilla por su ausencia en política, solo se hacen concesiones cuando hay votos de por medio.

En fin, «donde dije digo digo Diego».

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