Se manifestaron en un jolgorio inenarrable contra el dócil Ferrán y su CEOE

El jolgorio sindical

nadie les concederá la gracia de conocer el número exacto de liberados

Aquí los sindicatos han perdido su razón de ser, la nige griega de la que estamos hablando

Claro, preguntarle a Zapatero o a sus sosias, Cándido Méndez, si conoce lo que escribió respecto a los sindicatos un conocido (y progresista) comunicador alemán, Andrea Noll, no hace mucho tiempo, es vana tarea. Para su ilustración, dijo:

«Se asemejan a parásitos que se alimentan del cuerpo de nuestra economía».

Y hablaba de su Alemania de la segunda grosse koalition de la historia postHitler, donde, como se sabe (bueno, a lo peor, ellos no) los sindicatos vivían y viven casi por completo de las cuotas de sus miembros: el 1% del salario de cada trabajador afiliado va directamente, por ejemplo, a las arcas de ver.di, que no es don Giuseppe, sino la central mayoritaria que cubre -esta sí que los cubre- los intereses de los empleados de servicios.

Es decir, igualito que aquí, país donde sólo en subvenciones, descarten ustedes otras bagatelas, Comisiones Obreras (¿a quién se le ocurriría escribir ya CC OO, como si se tratara de la antigua Unión Soviética) y UGT recibieron en 2008 la bonita cantidad de 8 millones y 7,8 millones de euros, respectivamente. La pregunta que se le puede ocurrir a un informador medianamente inquisitivo es: «Oigan, ¿y cuántos socios tienen ustedes?».

Empeño inútil; nadie les concederá la gracia de conocer el dato exacto. Y, ¿el de los llamados liberados? Menos aún.

Esta pasada semana, la audaz presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, tuvo la malhadada ocurrencia de calificar con adjetivos meditados el escándalo que supone que sólo en la Sanidad de la región existan ahora mismo más de setecientos liberados.

Sobre ella -una salvaje liberal que pone en solfa el papel preponderante de los sindicatos- han caído rayos y centellas; ¡qué será cuando cometa la tropelía de achicar esta escandalosa cifra y dejarla por debajo de cien! Un médico de esta Sanidad, al que naturalmente no voy a hacer la faena de revelar su identidad porque sería directamente maltratado, nos dijo hace sólo unos días a tres periodistas:

«Preguntad, preguntad algo tan simple como esto: ¿cuántos de estos liberados no han trabajado nunca en los empleos sanitarios?».

AGRESIVOS SINDICALISTAS

Para qué hacerlo. Unos años atrás, los dos principales líderes del sindicalismo pastueño, agresivo, de la radio y la televisión estatal, eran dos personajes que nunca, nunca, pero que nunca, habían hecho trabajo alguno para ninguno de los dos medios, pero, eso sí, se permitían el lujo de opinar como si se apellidaran Marconi en vez de Camacho o Andújar y, naturalmente, ejercían un chantaje repulsivo sobre los sucesivos directores de la televisión.

En una ocasión, el que fue presidente de la SEPI, la sociedad que antes dirigía las propiedades, administración y finanzas de RTVE, se lamentaba así: «A Fulano de Tal ya le hemos colocado todos los hijos; ahora vamos por los sobrinos».

Fulano de Tal, un sujeto malencarado que patrocinó en su momento una escisión de UGT, había establecido una auténtica dictadura sobre la información y la opinión de los canales públicos y, ¡ay de aquel que se atreviera a no seguir sus pautas! ¡Ay de aquel!, con él se podía llegar hasta la agresión directa. Y no es exageración.

Nunca he entendido, por lo demás, que los miles de agraciados con la dádiva sindical exclusiva, acepten sin rechistar su propia denominación: «liberados», siendo así que es el calificativo que han recibido durante cincuenta años los asesinos de ETA que están directamente a sueldo de la banda.

Tengo la impresión, por mera revisión cronológica, de que los liberados del terrorismo se llamaron así antes de que los empleados de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo sr. recogieran para sus subordinados esta misma mención.

Cuando se escribe, lo reconozco, una pieza como ésta, se corren muchos ries¬os: el principal, que se le recuerde al firmante que los sindicatos son base esencial de nuestra Constitución; es más, como así sucede, que los sindicatos son una de las instituciones más citadas en nuestra Norma Suprema.

Por tanto, el que critica es, a fuer de un fascista malogrado, un enorme y enmarañado analfabeto. Para taparme de esta anticipada imputación pregunté el pasado jueves a Amando de Miguel, de dónde procedía exactamente la palabra sindicato; me lo aclaró, nos llega del griego (uno es de Ciencias) nige, que significa, nada más y nada menos que justicia o, por ser más preciso, me recordaba Amando:

«Justicia con».

Y es que, efectivamente, los sindicatos nacieron para revelarse contra las injusticias; en Alemania, por ejemplo, los admitió, ¡qué le vamos a hacer!, el canciller Bismarck, que no será, digo, un paradigma político para ejemplares tan inequívocamente de izquierda como nuestro inefable dúo intersindical.

UN GOBIERNO INUTIL

Es decir, los que se manifestaron en un jolgorio inenarrable contra el dócil Ferrán y su CEOE desaparecida de puro miedo al poder.

Los mismos, colgados de los titiriteros, que abominan de la Monarquía y luego quieren que Don Juan Carlos se moje para salvar la cara (y alguna otra parte del cuerpo) al inane Zapatero.

Aquí todos somos republicanos y tal por¬que la Corona suena a Chindasvinto pero cuando el viento sopla en contra, miramos a la Zarzuela, más que nada para, si al final Haidar muere o a los cooperantes catalanes se los liquida Al Qaeda, podamos enfatizar de forma solemne que «ven ustedes cómo la Monarquía no nos vale para nada».

Ellos, los sindicatos, apoyan al Gobierno más inútil de nuestra Historia porque nos lleva de excursión, nos forra, y el presidente, tan amable él, nos ha pedido cariño.

Para mayor gloria de Netol, echan a los liberados, a sus fami¬lias a la calle a base de treinta euros y traslado gratis total, y nos quieren convencer de que la culpa es de los empresarios chupaobreros que todavía siguen sufriendo en la revolución industrial.

En un momento en que las agencias calificadoras están apercibiéndonos de que nuestro dinero ya no vale nada en el exterior y de que aquí o cambiamos de política o nos vamos al garete, los profesionales de la movilización interesada, como piqueteros peronistas, salvan al culpable del caos y atacan a los únicos que nos pueden sacar de él.

Un ugetista arrepentido me dijo una vez:

«Está claro: no se pueden dejar las movilizaciones en manos de los sindicatos».

Aquí los sindicatos han perdido su razón de ser, la nige griega de la que estamos hablando.

¿Cuántos parados hubo en la manifestación de Madrid? A muchos de ellos, las centrales les habrán cobrado tras ser objeto de un ERE.

Esa ha sido toda su preocupación por los desempleados. El domingo pasado publicábamos la carta de uno de ellos; denunciaba que el Inem, trufado, por cierto, de sindicalistas, no le paga desde hace seis meses. ¿Le ha asistido en su demanda algún sindicato?

No: están ocupados en contribuir eficazmente a que la izquierda más desastrosa que haya conocido nunca país alguno nos entierre.

Y no lo duden: de eso habremos tenido nosotros la culpa. Rey incluido.

NOTA.- este artículo se publicó originalmente en el diario La Gaceta.

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