Cualquier Gobierno será malo con Zapatero al frente

El problema del barco español es el capitán

Suena Guillermo de la Dehesa para reemplazar a la ministra Salgado en Economía

El problema del barco español es el capitán
Ministros Gobierno.

En la quiniela ministerial no faltan prebostes de la vieja guardia como Solana o fontaneros como Bernardino León

Siguiendo la norma ignaciana de «no hacer mudanza en tiempo de tribulación», parece que el usufructuario de La Moncloa ha esperado a los aprobados con alfileres del Ecofin y un FMI clemente en exceso, para proceder al cambio de Gobierno.

Todo indica que la remodelación se puede producir después de que Zapatero deje la presidencia de la UE y antes del Debate sobre el Estado de la Nación.

El problema es que la presunta calma es efímera y la tribulación económica no ha hecho más que empezar.

De aquí a los Presupuestos Generales del Estado, Zapatero tiene por delante una serie de trabajos de Hércules: por ejemplo, el vencimiento, en julio, de una deuda abultada y costosa de refinanciar, más de 25.000 millones de euros.

Una prueba que debe superar ante unos examinadores implacables: los mercados. Al mismo tiempo, se enfrenta al durísimo impacto que sobre los trabajadores va a tener la reforma laboral, y la consiguiente huelga general.

Ante el arriesgado periplo, el capitán prepara un cambio de tripulación.

Un gabinete acorde con la crisis, es decir, más delgado (podrían fusionarse varios ministerios), más pragmático (podrían irse ministros superfluos como Corredor, Sinde, Garmendia) y renovado (desaparecerían los amortizados o quemados como Corbacho o la hace tiempo caída en desgracia De la Vega, o quienes han fracasado como Moratinos, cuyo nombre suena para sustituir a Francisco Vázquez como embajador en la Santa Sede).

Y a la vez se busca vertebrar un núcleo duro con Blanco, Rubalcaba y Chacón. La gran incógnita es la inane Elena Salgado.

Ha salido a colación el nombre de Guillermo de la Dehesa para reemplazarla: sería una lástima que se mezclara con un proyecto tan inútil alguien tan experimentado como el antiguo secretario de Estado de Economía.

En la quiniela no faltan prebostes de la vieja guardia como Solana (bastante improbable) o eficaces fontaneros como Bernardino León, para el que se ha barajado hasta alguna vicepresidencia.

Los que no parece que vayan a caer son los ministros más ideológicos del zapaterismo, como Aído, e incluso suena una incorporación de este mismo sesgo: la de Pajín, con esa inconfundible mezcla de carencia de preparación técnica y sectarismo partidista marca de la casa.

Pero de quien desconfían los mercados no es de uno u otro ministro; ni son los miembros del Gobierno los que reciben los tirones de oreja de Washington; ni quien ha fracasado en la presidencia de la UE al apostar por proyectos tan descabellados e injustos como tratar de revisar la Posición Común con Cuba.

Suprimir carteras ministeriales no va a devolver el empleo a los casi cinco millones de ciudadanos que lo han perdido. La caída libre en las encuestas no se frena por cambiar al jefe de máquinas de un barco a la deriva, cuando el problema número uno es el capitán.

El Gobierno va a tener que tirar de pedagogía para explicar medidas impopulares y deberá revestirse de autoridad para reclamar sangre, sudor y lágrimas. Pero las caras nuevas del gabinete no son la panacea.

Más allá de la previsible radicalización ideológica (con el proyecto de la Ley de Libertad Religiosa en ristre), nada permite suponer que con la remodelación vaya a variar el rumbo del Gobierno. Y, sobre todo, que vaya a cambiar la mala suerte de quienes están pagando los errores de Zapatero: los españoles.

NOTA.- este artículo se publicó originalmente en La Gaceta.

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