Francia y Alemania mandan sin disimulos.

MADRID, 05 (OTR/PRESS)

La Unión Europea fue hasta hace poco un proceso de cesión de soberanías nacionales y de homologación de situaciones socioeconómicas distintas realizado sin empujar a nadie. Había poderes fácticos, pero se ejercían con delicadeza y formulaciones de complicidad con casi todos los miembros de la Unión. Y España jugó un papel decisivo codo con codo con Helmun Khol y François Miterrand.

Y en esto llegó una nueva generación de no líderes. Angela Mérkel cogió el mando de una Alemania sin complejos ni responsabilidades añadidas para dominar la Unión Europea, cambiado la convicción por la imposición. El Reino Unido sigue con un euroescepticismo latente con tendencia al autismo: la prueba que es la comisaría Asthon siempre parece que está en las rebajas de Harrods. Ausente de la primera línea de la diplomacia mundial, consciente, tal vez que el Foreign Office tiene su propia representación exterior.

Los países con problemas serios como Portugal, España y Grecia han abdicado de cualquier competencia en sus leyes socioeconómicas. Esperan los dictados de Alemania para hacer sus deberes con premura. Pero las homologaciones son por arriba. La diferencia de salarios mínimos de derecho y de hecho son hasta casi tres veces mayores que España en el caso de Luxemburgo y el doble en Francia.

Si se quiere ligar salarios a competitividad y a beneficios empresariales, no sería mala idea tomar nota de los datos de los quince últimos años en las evoluciones salariales por la parte de debajo de la tabla y de los beneficios empresariales.

Zapatero y el PSOE se han convertido en colaboracionistas incondicionales de las políticas de Berlín y París. El Gobierno socialistas español no pinta nada en la Unión Europea sino es para obedecer. Dos daños de incalculables proporciones: unos directos, para los más débiles que se ven sometidos a las dinámicas de las economías más consolidadas con pocas defensas socioeconómicas. Y otros daños colaterales: lo que era un sueño amenaza con convertirse en una pesadilla. La Unión Europea se escenifica como una suerte de colonización de España en la que los amos de la Metrópoli nos visitan para ver cómo hacemos los deberes. Y los sindicatos, para sobrevivir, ponen la firma donde se les ha marcado el papel con una cruz.

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