ANÁLISIS

Pedro Sánchez no quiere enterarse como hizo Zapatero y al igual que este lleva a España a la ruina

El nuevo escenario económico exige claridad de ideas, valor para ponerlas en marcha y una mayoría suficiente para desarrollarlas

Pedro Sánchez no quiere enterarse como hizo Zapatero y al igual que este lleva a España a la ruina
Zapatero y el también socialista Pedro Sánchez. EP

NO hay peor ciego que el que no quiere ver. Las variables revelan de forma implacable una desaceleración del ritmo de crecimiento de la economía española, previsto de antemano, pero al que hay que añadir cierto enrarecimiento del ambiente exterior, especialmente en zonas donde somos específicamente más sensibles.

Además, los vientos de cola que nos han impulsado para salir de la crisis están aflojando.

Tras el registro de un histórico descenso del número de turistas, las malas cifras del desempleo que se conocieron este 4 de septiembre de 2018, las peores para la Seguridad Social y en un mes de agosto desde 2008, no han hecho sino confirmar que las cosas ya no van bien y que es necesario actuar con prudencia y prepararse para un periodo de turbulencias.

En lugar de asumir su responsabilidad con un programa sólido y coherente, el Gobierno socialista no cesa de ahondar la sensación de incertidumbre con una acumulación de contradicciones flagrantes que ahuyentan a los inversores más razonables.

Pedro Sánchez no solo anuncia iniciativas a diestro y siniestro, como si tuviera un respaldo parlamentario imponente -que evidentemente no tiene-, sino que, junto al resto de su Gobierno, no deja de caer en contradicciones, incluso en los asuntos más fútiles, cuando no aparece como rehén de los objetivos maximalistas de su aliado prioritario, Podemos, o de los secesionistas del nacionalismo catalán.

Tenemos un Ejecutivo que no sabe dónde ir o que no puede ir adonde quiere -que, además, tampoco sería un sitio confortable para la economía- y que por añadidura se niega a reconocer las advertencias que le brinda la realidad para tomar medidas cuando aún estamos a tiempo.

Pedro Sánchez se ha subido al carro del poder creyendo que todo consiste en ponerse unas gafas de sol, subirse al Mystere oficial para dejarse ver en las redes sociales y aparentar que está al mando del país. En realidad, carece de programa y de proyecto, salvo el de consolidarse en La Moncloa a cualquier precio, para lo que no tiene en mente más que medidas cosméticas.

Todo lo que ha sabido hacer hasta ahora es lanzar la purga más radical -vengativa, se podría decir- en la Administración del Estado, incluyendo la radiotelevisión pública, como en los tiempos del rancio «turnismo» que tanto perjudicó al país en el siglo XIX.

Hace un par de días reconoció que si no puede aprobar los presupuestos de 2019 consideraría la opción de convocar elecciones. Esta es la única buena noticia que se puede apreciar en el inquietante panorama económico.

Dar voz a los ciudadanos sería, al menos, una salida honesta para alguien que no deja de empeorar las cosas, más aún cuando el escenario económico exige claridad de ideas, valor para ponerlas en marcha y una mayoría suficiente para desarrollarlas. Sánchez carece de todo eso.

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