Ramón Castro Pérez: «La luz y el mal humor»

Ramón Castro Pérez: "La luz y el mal humor"

Esta semana, queridos lectores, es la semana de la luz. Todo el mundo habla de los picos y de los valles y, en torno a unas más que deseadas cañas de cerveza, matamos el tiempo hablando sobre las horas en las que uno plancha o pone la lavadora. Incluso algún que otro despistado tendrá la oportunidad de repreguntar por los tramos. No sin razón, pues lo cierto es que es complicado llevarlos todos en la cabeza. Por si acaso, lleven foto en la galería del móvil.

Siempre se agradece la aparición de nuevos temas de conversación (y este es uno de ellos) con los que saldar una conversación inesperada (ya saben, en el ascensor con el vecino o en la cola del súper o durante el minuto interminable que dura un repostaje). Ahora bien, en esta ocasión parece que todo es negativo. En esta España nuestra (que también es de trincheras y enojos), ha venido la luz a subir ¡y nada más y nada menos que un 44 por ciento! El cabreo está servido y las comparaciones con gobiernos anteriores y con lo que usted dijo antes y dice ahora da para una buena discusión con el cuñado (si me apuran, hasta para levantarse de la mesa). Qué manía tiene la luz de ponernos a todos de mal humor.

Así que, para enfriar los ánimos, nada mejor que poner las cosas en perspectiva y pasar un rato mirando cómo han ido variando los precios de la electricidad a lo largo de estos últimos años y cómo lo han hecho el resto de precios. No es mi intención quitar hierro al asunto pues, como esta mañana me transmitía el profesor Manuel Hidalgo (@Manuj_Hidalgo) en Twitter, «es evidente el mal diseño de la formación de los precios en el mercado (de la luz)». Manuel está en lo cierto y, seguramente, sea esto lo que hay que denunciar (qué factores están causando la formación de esos precios). Tal vez, de esta forma, no asistiríamos los ciudadanos a estas subidas y bajadas tan pronunciadas que no hacen más que enfrentarnos por bandos. Si mal no recuerdo, esto ha sucedido antes y los que antes acusaban, ahora se defienden y viceversa. No obstante, esa formación anómala de precios sigue sin resolverse. Curioso, al menos.

Les decía que podríamos poner las cosas en perspectiva. Vamos a analizar la evolución del índice de precios de la electricidad durante un período amplio (2002-2021). Son casi veinte años y tenemos, gracias al INE, observaciones mensuales. Recordemos, aquí, que el índice de precios de la electricidad recoge, en una sola cifra, la información de todos los precios de la electricidad. De esta forma, cuando esa cifra aumente, quiere decir que la electricidad es más cara (y viceversa).

Además, vamos a comparar ese índice de precios con el IPC (que es el índice de precios al consumo, el cual representa, en un solo número, los precios de nuestra cesta de la compra, es decir, el coste de la vida).

Bien, pues en la siguiente gráfica se representan estos índices desde 2002 (línea azul para el índice de precios de la electricidad y línea naranja para el IPC)

Tengan la figura presente durante el resto de la lectura (si es necesario, abran otra pestaña en el navegador para ir echando un vistazo). Observándola, merecería la pena resaltar lo siguiente:

  • En primer lugar, el precio de la electricidad ha estado en niveles similares al del último dato (abril de 2021) en varias ocasiones (enero de 2021, otoño-invierno de 2018 y principios de 2019, 2014-2015, finales 2012 y principios de 2013). Incluso es llamativo el dato de enero de 2017, mes en el que la serie registró su valor más alto.
  • Por otra parte, en los primeros diez años (2002-2012), el índice de precios aumenta, aproximadamente, unos 37 puntos (desde 64,6 en enero de 2002 hasta 101,3 en enero de 2012). Este comportamiento cambia en los casi diez años restantes, donde se aprecia que el índice de precios se mueve en una banda de más menos 20 puntos, siendo su comportamiento mucho más errático (volátil).
  • En lo que respecta a la comparación de los precios de la electricidad con el IPC (el coste de la cesta de la compra, que incluye la mayoría de los bienes y servicios que consumimos), podemos observar
    • cómo el precio de la electricidad estuvo por debajo del coste de la vida en los primeros diez años del período (miren la línea azul, que transita bajo la naranja entre 2002 y 2011).
    • cómo el precio de la electricidad ha estado (casi siempre) por encima del coste de la vida en los últimos diez años (miren la línea azul, que transita sobre la naranja entre 2012 y 2021).

¿Qué podemos extraer de todas estas observaciones?

—¡Que la luz está muy cara! —afirmarán ustedes, no sin razón. Está cara y por encima del coste de la cesta de la compra. Pero, vayamos más allá:

Está claro que los últimos veinte años pueden dividirse en dos tramos bien diferenciados. Les hablo de unos primeros años en los cuales las tarifas estaban reguladas y crecían por debajo del IPC. No solamente ocurría lo anterior, sino que los precios de la energía que las eléctricas usaban para generar electricidad crecían mucho más que las tarifas. Como resultado, se generó lo que se vino a denominar déficit tarifario. Esto ocurría durante los primeros años del período estudiado. En resumen, para usted, la luz era de lo más barato, pero el sistema iba acumulando déficit.

Esta situación cambia a partir del año 2009, en el que se reconoce que existe un déficit, que se irá amortizando a través de la tarifa. Es a partir de entonces cuando el índice de precios de la electricidad comienza a acelerarse. Podríamos decir que el sistema de mercado estaba artificialmente dormido y, al despertarlo, hubo que ponerse al día. De repente, pasamos de pagar una tarifa regulada baja a pagar por el precio de mercado de la electricidad más la deuda acumulada durante los años anteriores. Ese acelerón en los precios desde 2009 hasta 2011 explica en buena parte la subida en el índice de 37 puntos.

En la segunda parte de la gráfica (2011-2021), comprendemos qué ocurre en un mercado donde el bien que se intercambia (la electricidad) no puede almacenarse y donde la tarifa depende de la fuente de energía que las eléctricas utilizan para fabricar electricidad. El sistema es algo complejo y pueden (si tienen curiosidad) informarse aquí. A grandes rasgos, si las eléctricas se ven obligadas a generar electricidad empleando recursos caros y contaminantes, esto se verá reflejado en la tarifa. Si, por el contrario, existen condiciones favorables (menor demanda, viento, etcétera), la tarifa será menor. Y aquí es donde está la madre del cordero: son tantos y tan complejos los factores que afectan a este mercado (que además produce un bien no almacenable) que su volatilidad es inevitable. Piensen: gas, carbón, petróleo, derechos de emisión, viento, lluvias, estado de los embalses, temperaturas y hasta la propia actividad económica. Con todos estos determinantes, ¿cómo no esperar un comportamiento de precios errático?

Y es este comportamiento errático el que nos lleva al enojo y al enfrentamiento si sólo nos fijamos en el corto plazo. Miren de nuevo el gráfico: el precio de la electricidad ha estado oscilando en la misma banda (más menos 20 puntos) durante los últimos diez años. Si tomamos esta perspectiva de largo plazo, tal vez nos enfriemos un poco ¿no creen?

No es razonable sacar la bandera de un aumento del 44 por ciento en el último año. Matemáticamente, el cálculo es correcto, pero, un momento, se trata de un 44 por ciento respecto del nivel del año pasado (en pandemia), que era muy bajo (miren el gráfico). Quizá lo vean mejor con el siguiente ejemplo que suelo poner en clase:

«Si en el pasado examen sacaste un 2 y en este un 4, tu calificación aumentó un 100%. En cambio, si pasaste de un 7 a un 9, el aumento fue sólo del 28,6% ¿Es mejor el 4 o el 9?» Cuidado al interpretar crecimientos. Miren, siempre, de donde se parte.

Ocurre lo mismo con cualquier comparación que ustedes hagan con respecto al maldito año pasado. Es más, si lo saltamos y medimos la diferencia con respecto a 2019 ocurre esto:

En abril de 2021, el índice de precios de la electricidad alcanzaba un valor de 117,896. El correspondiente a abril de 2019 (dos años antes), 107,443. Si los comparamos, obtendremos un aumento medio anual del 4,75 por ciento en los últimos dos años. Es mucho, pero no es un 44 por ciento. Ni mucho menos lo es.

El mensaje final parece claro: los precios de los bienes (también el de la energía) deben comunicar al consumidor su coste. Sólo así podremos conocer por qué y cómo se forman, por lo que estaremos en disposición de poder cambiar ese proceso. Regular una tarifa por debajo de su coste es peligroso porque nos induce a pensar que la energía es barata cuando no lo es y, además, no nos permite ser conscientes de los problemas en su generación.

Por ello, lo que parece claro es que el comportamiento errático y volátil del precio de la luz es reflejo (en parte) de un mercado en el que se están combinando tecnologías limpias con otras obsoletas. También, de un mercado en el que el producto no puede ser producido cuando las condiciones son óptimas y almacenado para su posterior consumo. Esto último no puede cambiarse: la electricidad debe ser consumida cuando se produce. En cambio, lo primero sí puede transformarse (es todo un reto) y contamos con la llegada de los fondos europeos NextGen EU para hacer los deberes. ¿Seremos capaces de generar electricidad con tecnologías más baratas (y seguras)? Ojalá. De esta forma, tal vez, eliminaríamos parte de esa puñetera volatilidad que de tan mal humor nos pone.

Ramón Castro Pérez ejerce como profesor de educación secundaria, por la especialidad de Economía, en el IES Fernando de Mena (Socuéllamos, Ciudad Real).

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