Artículo de opinión

¿Por dónde empezar?

Crisis
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No hay situación que más excite los ánimos de la extrema izquierda que una gran crisis económica, conflicto bélico, desastre natural o sanitario, para cobrar protagonismo y aumentar su militancia de descontentos y utopistas. Siempre ha sido así en las doctrinas revolucionarias. Ejemplos recientes son la crisis financiera de 2008, o la pandemia de 2020, cuyas consecuencias sociales han contribuido a resucitar ideas y estrategias de acción típicamente marxistas-leninistas, ya sepultadas por la historia del s. XX. Tales ideas no hace mucho tiempo sólo eran de interés para una exigua minoría. Ahora, por el contrario, revestidas de una nueva radicalidad, se han infiltrado con éxito en los medios de comunicación, en los ambientes universitarios, e incluso en los religiosos. También en los programas políticos de la socialdemocracia y de los socialistas de todos los partidos, que diría Hayek, cuyo espacio electoral se ha visto mermado por sus propios éxitos y fracasos recientes.

El post marxismo-leninismo cultural que ha integrado en su ideario el “socialismo del siglo XXI” actualiza y amplía la batería de ideas transgresoras del movimiento cultural de mayo del 68, e inspira en mayor o menor medida la agenda política actual. Mucho más si cabe la del Gobierno de la Nación, liderado por un presidente rupturista y habitado por marxistas y leninistas declarados. La ofensiva ideológica de la izquierda multicolor pivota sobre unos cuantos ejes que han venido a suplir el agitprop de la revolución proletaria por unos renovados frentes de división y conflicto social, atizados desde la propaganda mediática, y desafortunadamente elevados a contenido legislativo: ataques a la propiedad privada y las libertades liberales clásicas; desprecio de la familia tradicional, la nación y su cultura; adoctrinamiento ideológico e imposición de un tendencioso revisionismo histórico-cultural; afán de controlar las instituciones clave de la democracia; imposición de una nueva religiosidad ecologista; y apoyo acrítico a un paradigma tecnológico, el digital, que a pesar de sus ventajas también entraña amenazas a la libertad, intimidad, y seguridad de las personas. Esto viene a ser lo que ocurre en España, si bien la barahúnda es de escala internacional, multipolar, y financieramente bien alimentada desde el globalismo y su programa político de colonización denominado Agenda 2030.

¿Cómo pueden propagarse con tanta eficacia las ideas contrarias a la libertad, a la naturaleza humana, y a los principios y valores fundamentales de la cultura occidental, que ya han fracasado históricamente? Los visionarios de la utopía y del populismo juegan con la ventaja del desconocimiento y olvido de la Historia por la gente corriente, así como los límites neurocognitivos del razonamiento, y el gregarismo característicos de nuestra especie. Sobre estas bases se puede imponer un nuevo orden social si se es hábil y resuelto en la estrategia. El referente doctrinal es Lenin.

Lenin tenía muy claro que la revolución socialista consistía en destruir las principales instituciones de la sociedad civil: la familia, el mercado y el Estado. Para ello es imprescindible llevar al límite la agitación y el conflicto social. En su folleto titulado “¿Por dónde empezar?” (1901) explicó que el objetivo prioritario para que la camarilla revolucionaria consiga el poder pasa por “unir todas las fuerzas y dirigir el movimiento… capaz de estar siempre dispuesto a apoyar toda protesta y toda explosión, aprovechando para multiplicar y fortalecer los efectivos que han de utilizarse en el combate decisivo”. Este “combate decisivo” en el pensamiento de Lenin se libra por el control del espacio público y el aparato del Estado, con el propósito de instaurar desde ahí una dictadura que conduzca a implosionar el propio Estado y sustituirlo por las arbitrariedades de un puñado de déspotas organizados.

En segundo lugar, Lenin sabía que el conseguir rápidamente las metas de su diabólico plan exigía controlar los sentimientos humanos a través de la propaganda y la formación de creencias. Por eso, en el opúsculo citado se obceca con la necesidad de unificar y controlar férreamente toda la información a través de un único periódico que, en 1918, iniciada la revolución y la Guerra Civil en Rusia, los bolcheviques pusieron el nombre de Pravda (palabra cuyo significado mesiánico no es nada más ni nada menos que “la verdad”), y que a la postre se convertiría en el único órgano de expresión de una gigantesca y cruel dictadura de partido único. Citando sus palabras nuevamente: “Antes de nada, necesitamos un periódico. Sin él sería imposible desarrollar de un modo sistemático una propaganda y agitación fieles a los principios y extensiva a todos los aspectos, que constituye la tarea constante y fundamental de la socialdemocracia y es una tarea particularmente vital en los momentos actuales en que el interés por la política, por los problemas del socialismo, se ha despertado en las más extensas capas de la población.”

Hoy en día la prensa escrita no es el único ni el principal medio de información de masas, pues las televisiones, cadenas radiofónicas, medios digitales y redes sociales cuentan con mayor penetración en el consumo informativo que los periódicos tradicionales. Ante esta revolución tecnológica el afán por controlar los nuevos medios de comunicación se ha revitalizado a escala mundial, con el propósito de utilizarlos como una herramienta de control social al servicio del pensamiento único. En países como el nuestro, donde los grandes medios públicos y privados están ampliamente concentrados, financiados y por lo tanto controlados por los poderes político-económicos, resulta más fácil su utilización para imponer una realidad consensuada por esos mismos poderes, que en la práctica acalla toda discrepancia con el programa de consenso en un proceso dirigido al deterioro cotidiano de la calidad democrática.

Los éxitos producidos en la generación y extensión de un nuevo modelo de conflicto social, de carácter mundial y multidimensional, unido una capacidad técnica extraordinaria existente hoy día para utilizar políticamente la tecnología en la “creación de realidad”, constituyen un caldo de cultivo idóneo para todo propósito revolucionario disfrazado de advenimiento espontáneo de una nueva era. Esto nos emplazaría ante una especie de déjà vu revolucionario, un siglo después de Lenin y de los episodios que cambiaron la historia encerrando a cientos de millones de seres humanos en odiosas distopías.

Estamos en un momento histórico de camino por filo de navaja, actualmente agravado por la estanflación mundial y la Guerra de Ucrania, dos acontecimientos que nos afectan directamente con importantes e imprevisibles consecuencias, tanto sociales y económicas, como políticas e incluso militares. De cómo reaccione en Occidente la sociedad libre de pequeños propietarios, que prácticamente sólo existe ahí, dependerá que caigamos hacia el lado de la esperanza o, por el contrario, lo hagamos a un posible abismo. ¿Por dónde empezar (parafraseando a Lenin)? Evitar la utopía constructivista debe ser un imperativo para la menguante y debilitada clase media, que se juega su propia supervivencia en ello. Es precisa una acción política y social organizada que responda en la batalla ideológico-cultural; pero antes y durante la misma hace falta un acto de responsabilidad y compromiso individual con la libertad y el propio proyecto de vida, a fin de evitar la poderosa atracción del gregarismo. Esto no siempre es “rentable” a corto plazo, y requiere una motivación de orden superior, un enganche emocional que permita recobrar el discernimiento crítico típico de un individualismo bien entendido y bien documentado, despojarse del sentimentalismo puritano imperante, y no dejarse engañar por los cantos de sirena de un falso bienestar cortoplacista de conciencias educadas y alimentadas por el Estado, e informadas por unos medios de comunicación ampliamente controlados y manipulados.

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