Lo legal puede ser inconveniente además de injusto

Los abusos del poder

Hay una especie de ADN colectivo que se perpetúa en el tiempo

La España de hoy se asemeja, en demasía, a la de la II República: decaen los valores y ascienden los mindundis

España, como todas las grandes y viejas naciones, es víctima de sí misma.

Existe, como en las personas, un ADN colectivo que perpetúa en el tiempo las notas más singulares y definidoras de cada Estado y, por ello, nosotros nos parecemos a nuestros abuelos y la España de hoy se asemeja, en demasía, a la de la II República: decaen los valores y ascienden los mindundis.

Afirma Manuel Martín Ferrand en ABC que una de las constantes permanentes en el genoma nacional español es la disposición generalizada para el abuso de poder.

Basta con que un peón de obras públicas reciba una bandera para regular el sentido de la marcha en unas obras de asfaltado para que se sienta impulsado a excederse en su función y termine favoreciendo a los que van con perjuicio para los que vienen. O viceversa. Somos así.

Un ejemplo clarísimo de lo que digo, con nombre y apellido –María Dolores Barragán-, es el que encarna la que fue titular del juzgado de primera instancia número dos de Úbeda.

La señora, de armas tomar, compró un perfume en Autoservicio Katty, una perfumería de la villa jienense, no le gustó su olor y reclamó al establecimiento el importe de su compra.

Supongo que utilizaría la formula canónica del abusador patrio:

«No sabe usted con quién está hablando».

Le devolvieron el dinero; pero, a mayor abundamiento, su señoría aprovechó su primera guardia para ordenar el cierre y precintado de la perfumería y, de paso, la de otro comercio del mismo propietario.

El Consejo General del Poder Judicial ha suspendido por un año en sus funciones a tan atrabiliaria señora.

¿Dónde hay más abuso de poder, en la juez del olfato arrepentido o en el Consejo que, a la vista de la incapacidad de la sancionada para ejercer con el debido equilibrio la delicada función judicial se limita a darla un palmetazo y no la separa definitivamente de la judicatura?

Si, en casos como este, invocamos las leyes estaremos rechazando la fuerza de la razón.

Lo legal puede ser inconveniente además de injusto. Son las leyes, precisamente, las que mantienen vivo el ADN español que afianza nuestro no siempre deseable comportamiento colectivo.

Es el mismo fundamento que les permite a dos grandes partidos políticos, con toda legalidad y constitucionalidad, ponerse la democracia por montera y construir un sistema no representativo y nada parlamentario.

¿No habrá llegado el momento de enterrar para siempre las viejas costumbres familiares?

 

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