En este país hay que mantener la boca cerrada; sobre todo, si se habla por el móvil

Los espías de nuestra intimidad

Se ha abusado de las intervenciones telefónicas y de las filtraciones que pueden dañar el honor de terceros

El propio inventor del correo electrónico, que este viernes recibía el premio Príncipe de Asturias, admitía que él jamás enviaría un mensaje confidencial a través del sistema que él mismo diseñó

Escribo, lo confieso, impelido por la conversación con un colega y amigo, persona pienso que de intachable honradez, que se encuentra angustiado porque, al parecer, su nombre aparece mencionado en una conversación incluida en el ‘sumario Gürtel’.

Un implicado en la trama, que habla con otra persona y que se refería a mi amigo como alguien que «me ha dado seguridades de que me tratará bien» en su medio de información.

Más o menos lo que le ha ocurrido a la superasesora de Zapatero Angélica Rubio, también colega o quizá ya ex colega, quién sabe. Con la señora Rubio, en cambio, no tengo amistad.

La conozco poco y no tengo el menor deseo de defender su trayectoria cercana al presidente. Pero me parece injusto que se involucre a la Presidencia del Gobierno, y a la propia señora Rubio, en la pringosa trama solamente porque un empresario corrupto, que sí parece estar hasta las cejas en ese fango, presuma telefónicamente ante un interlocutor de haber ido a visitar a la asesora a La Moncloa, donde ella, amable (e inexperta e imprudente) le dijo que sí, que le ayudaría en no sé qué pretensiones económicas o favores.

Como mi amable, inexperto e imprudente amigo, desconocía que en este país hay que mantener la boca cerrada. Sobre todo, si se habla por el móvil o desde un sofá monclovita.

Me parece que los casos de mi colega y amigo y de Angélica Rubio, entre otros, ilustran bien lo que quiero decir: en la instrucción del ‘caso Gürtel’, por ejemplo, se ha abusado de las intervenciones telefónicas, de las filtraciones que pueden dañar el honor de terceros que nada tienen que ver directamente con el caso y de la autorización judicial para grabar en la cárcel conversaciones nada menos que entre un abogado y su cliente preso.

Métodos sin duda que se atienen a la ley, pero que poco tienen de proporcionados.

No quisiera que esto que escribo se tomara por alegato de acusación contra algún juez (he dicho muchas veces que Garzón me provoca reacciones contrapuestas) ni como defensa de cualquiera que pueda estar incurso en tramas corruptas tan nauseabundas como la Gürtel (u otras).

Simplemente, quiero mostrar mi acuerdo con la sorprendente advertencia que nos lanzaba hace tres días el jefe de los servicios secretos españoles: atención a lo que hablamos por teléfono y a los SMS que enviamos.

El propio inventor del correo electrónico, que este viernes recibía el premio Príncipe de Asturias, admitía que él jamás enviaría un mensaje confidencial a través del sistema que él mismo diseñó.

Yo mismo he tenido alguna experiencia desagradable en este terreno, cuando, hace años, un controvertido empresario, a quien yo había criticado -me parece que justificadamente– en una radio, envió a varios medios de comunicación la transcripción de algunas conversaciones telefónicas mías con algunos colegas; nada con excesivo ‘sex appeal’, la verdad, pero jamás en mi vida me he sentido tan vejado.

El empresario pasó dos días en la cárcel, hasta que, apenado por su salud mental, retiré la querella contra él. Pero ayer recordé todo eso al recibir la confesión de mi atribulado amigo y colega, que circunstancialmente resulta que está citado en el ‘sumario Gürtel’.

¿De verdad no se podrían haber cuidado un poco más las famas y honras de quienes resulta imposible acreditar que se hayan lucrado ilícitamente?

¿Están nuestras conversaciones, nuestros mensajes de correo electrónico, sometidos al zoco del Gran Hermano Tecnológico?

¿No hay una legislación que nos proteja suficientemente de las orejas indiscretas, que violan nuestra intimidad? Es para echarse a temblar.

FERNANDO JÁUREGUI

 

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