Se trata de hacerse a la vista del público el harakiri colectivo con navajas cabriteras

El PP se ofrece como espectáculo

El éxito de la función Gürtel les debe de haber estimulado a estrenar en simultáneo la tragicomedia de Cajamadrid

La función es muy divertida y cuenta con el atractivo de una autenticidad que no se logra ni con el método Stanislavsky

Dado que el PP está dispuesto a ofrecerse como gran espectáculo de la política nacional y hacerse a la vista del público el harakiri colectivo con navajas cabriteras, debería al menos contratar a un director de escena para que ordene el tráfico de los actores y no se pisen unos a otros los papeles con el ardor arrebatado de meritorios y principiantes.

Escribe Ignacio Camacho en ABC que es tal el ímpetu dramático de sus dirigentes que no se conforman con una sola obra en cartel; el éxito de la función Gürtel les debe de haber estimulado a estrenar en simultáneo la tragicomedia de Cajamadrid, y así los espectadores poco aficionados al género fallero-picaresco pueden concentrar su interés en un drama de altas pasiones políticas y financieras, con odios africanos, rivalidades de clan tipo montescos y capulettos, intrigas de espionaje y otros viscerales ingredientes clásicos de este tipo de culebrones.

Pero se han entregado tan fogosamente a la tarea que ni siquiera ordenan los capítulos y se atropellan en una altisonante batahola propia de un vodevil de tercera.
Quizá es que, acostumbrados a perder, se aburren en los sitios donde gobiernan con mayoría absoluta y ante la ausencia de una oposición capaz de hacerles frente hayan decidido representar ellos mismos el papel de sus adversarios.

Se trata de un fenómeno propio de la hegemonía política, que el PSOE ensayó en Andalucía durante los años ochenta cuando los guerristas encarnaban la oposición a Rodríguez de la Borbolla.

Ahora en Madrid y Valencia son los populares los que orquestan su propio desdoblamiento con tal virulencia que los socialistas ni siquiera alcanzan el nivel de crítica de las facciones rivales; por mucho que suban el tono no consiguen que nadie les preste atención, fascinado como está el respetable ante el fragor cainita de la derecha. La otra noche, en la cena de los premios teatrales Juan Ignacio Luca de Tena, profesionales de rango y experiencia como José Luis Gómez o Flotats se asombraban del entrenamiento que requiere tan vehemente intensidad dramática.

Las luchas de poder y ambición son una constante de la política, tantas veces comparada con una ficción teatral, pero la novedad consiste en escenificarlas a la vista del público, en horario continuo, con un elenco de primer nivel y con la entrada gratuita.

La función es muy divertida y cuenta con el atractivo de una autenticidad que no se logra ni con el método Stanislavsky, pero como dure mucho los actores van a acabar destrozados y la compañía entera puede quedar para el arrastre porque da la sensación de que llegado este punto han olvidado el final del libreto y cada cual pretende reconstruirlo a su mayor gloria.

Ausente la dirección escénica tendría que poner orden el dueño del teatro, que está y se le espera aunque no lo parece.

 

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