Cataluña, ese sistema pútrido con apariencia respetable

De chorizos y butifarras

La casta dirigente va a tener que elegir: purga o todos al hoyo

Pujol se quitó la careta la otra noche en una entrevista en TV3 e instó a la dirigencia pública a «no hacerse daño», como en el chiste del dentista.

En el país llamado Trincolandia había un territorio que se ufanaba de ser un oasis de civismo y progreso, una región moderna, desarrollada y feliz que creía vivír en una burbuja de particularidad identitaria al margen de los vicios corruptos del resto. Pero ha bastado que los jueces metan un poco la nariz en tan paradisíaco refugio para descubrir que el mentado oasis era una charca de aguas putrefactas, un sucio manglar en el que nadan caimanes y cocodrilos.

Nada distinto, nada especial, -escribe Ignacio Camacho en ABC- salvo acaso la curiosa simbiosis transversal con que los reptiles se reparten la carnaza sin distinción sectaria de clanes ni manadas: todos juntos en torno al botín y en medio de un espeso silencio de supervivencia. En Trincolonia, o Trincoluña, se roba igual que en todas partes aunque hasta ahora se disimulaba mejor.

Se trataba de un secreto a voces que Maragall estuvo a punto de destapar con su célebre denuncia retráctil del tres por ciento pujolista, asunto en el que quedó claro que lo único que había errado el ex president era la cuantía del porcentaje. Luego fue el propio Maragall quien propuso bajar el soufflé que amenazaba con estropear todo el banquete, quizá consciente de que en su propio bando había comensales que aún estaban en el primer plato.

El caso Millet, primero, y el de Santa Coloma después han vuelto a revelar la existencia de un sótano inconfesable en el que la distinguida burguesía catalana guarda sabrosas viandas afanadas en su larga dominancia social y política, pero ahora se empieza a atisbar que el nacionalismo convergente había entregado a los socialistas, esos charnegos, una copia de la llave. La célebre sociovergencia, el sueño hegemónico del zapaterismo frustrado por la ambición de Montilla, ha empezado por el reparto clandestino de la rapiña.

La clase política catalana, tan autista y autocomplaciente, tendría que hacerse mirar esos síntomas alarmantes que la asemejan muy a su pesar a la media de un Estado carcomido por la venalidad; se empiezan a parecer unos a otros como los rinocerontes de Ionesco.

Pujol, que algo sabe de ese sistema pútrido con apariencia respetable, se quitó la careta la otra noche en una entrevista en TV3 e instó a la dirigencia pública a «no hacerse daño», como en el chiste del dentista.

Pero ése es, por pragmático que resulte, justo el camino contrario; lo que hace falta es una catarsis que fumigue toda la corrupción subterránea. Aunque unos y otros acaben apestados como sugirió el Honorable; de todos modos ya lo están y más vale darle una oportunidad a los justos que queden en esta Sodoma de espurios intereses cruzados. Aunque eso se parezca mucho a una refundación del sistema, la casta dirigente va a tener que elegir: purga o todos al hoyo. Limpieza general o desafección ciudadana. Una democracia no puede sostenerse con los cimientos anclados en una ciénaga. No hay libertad sin honradez: Freedom for Trincolandia, freedom for Trincolonia.

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