No sería mala solución para un país destruido

Haití, neocolonia de EEUU

Es el único remedio al caos y la inexistencia de poderes públicos

Ha hecho falta una catástrofe de estas dimensiones para dar al mundo civilizado la oportunidad de renovar su buena conciencia

Antes de que Haití se convierta en un protectorado de la ONU, o en un Estado asociado de los Estados Unidos, es urgente, inevitable, obligada, la presencia del Ejército norteamericano. Se sigue tratando del patio trasero, pero esta vez la invasión ha de ser pacífica y constructiva. Ahora no sólo se trata del clásico derecho de injerencia por razones humanitarias, contemplado en la legislación internacional. Ahora estamos hablando del deber de injerencia por razones humanitarias.

La razón de vecindad y, sobre todo, la razón de preeminencia, obligan a esa invasión militar norteamericana de Haití como único remedio al caos, la desorganización y la inexistencia de poderes públicos. Si ya era incierta la presencia de un Estado antes del terremoto, después del terremoto es evidente que hasta la mera apariencia de Estado ha desaparecido en esta castigada parte de la isla que un día bautizó Colón como La Española.

El pillaje, la descomposición de los cuerpos, los desajustes en el reparto de la ayuda, la ruina de los edificios, etc, son retos que precisan de orden y disciplina. Imposible encontrar esa capacidad de gestión en Haití. Ha de venir de los Estados Unidos por las razones de vecindad y preeminencia antes mencionadas. En un primer momento, del estamento militar. Y después, por parte de alguna agencia federal que coordine las tareas de reconstrucción en nombre de la comunidad internacional.

Aparte de apostar por esta solución, poco más puede hacerse, amén de reiterar los llamamientos a la solidaridad con los haitianos o describir de nuevo el horror. Haití es en estos momentos un camposanto a cielo abierto donde sólo dos tareas son realmente prioritarias: rescatar a los vivos y enterrar a los muertos. Se empezó hablando de cientos, luego de miles y ya se maneja una cifra superior a los 50.000.

Víctimas de la miseria y de la ira de la Naturaleza, aunque aquí bien puede decirse que la pobreza mata y el terremoto remata, porque no es lo mismo Puerto Príncipe que Los Ángeles. Ni es lo mismo Haití que Japón, cuando rugen las entrañas de la tierra. Y cuando no rugen tampoco es lo mismo. Ha hecho falta una catástrofe de estas dimensiones para dar al mundo civilizado la oportunidad de renovar su buena conciencia. Incluido nuestro solidario entorno europeo, que en esta ocasión pone a prueba la capacidad gestora de España como coordinadora de la ayuda humanitaria de la UE.).

Haití es ya uno de los países del mundo con mayor dependencia de la ayuda internacional. Con terremoto y sin terremoto. Esa dependencia va camino de institucionalizarse. Antes o después, se tendrá que convertir en un protectorado de la ONU o, tampoco lo descartemos, una especie de neocolonia de EE. UU. No sería mala solución para un país absolutamente destruido y sin resortes propios para remontar.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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